El fuego nos seguirá consumiendo

Con Prometheus (Id., 2012) Riddley Scott ha conseguido realizar no sólo lo que puede ser el inicio de una nueva franquicia espacial con esta precuela de su clásico Alien, el octavo pasajero (Alien, 1979) sino, sobre todo, actualizar aquella bajo su estricto control y con aquellos parámetros que la hagan reconocible. A tenor de lo visto, podemos afirmar que Scott sigue conservando el mismo pulso narrativo que hacen que sus 124 minutos se pasen en un santiamén, la misma tensión que le hace a uno agarrarse fuertemente a la butaca o el mismo talento visual que le ha caracterizado en los último 35 años, con todas sus texturas reconocibles y una dosis extra de violencia gore que muestran a las claras la mayor libertad con la que disfruta en su trabajo según pasa el tiempo. El director de origen británico ha refrescado el mito que él llevara a la pantalla a finales de los setenta de tal manera que, además de mostrar la génesis de su criatura, ha incluido elementos que completan las reflexiones devenidas de aquella primera experiencia en el territorio sci-fi, creando con ello nuevos significados más acordes con los tiempos en los que nos estamos moviendo.

Los avances en materia genética, nuestra relación con un universo cada vez más visible y nuestro conocimiento de las culturas antiguas han forjado un punto de partida de lo más sugerente a los guionistas Jon Spaihts y Damon Lindelof para configurar interrogantes sobre nuestros orígenes y nuestro destino, estableciéndose nuestra génesis en la panspermia extraterrestre. Como ya lo hicieran a partir de la década de los sesenta las muy discutibles teorías de Erich von Däniken y Juan José Benítez, la idea de que los dioses antiguos fueran en realidad seres de otras galaxias retumba en nuestra conciencia colectiva, al mismo tiempo que se nos muestran en pantalla esas estelas antiguas repletas de seres del inframundo que amenazan con volver algún día y exterminarnos con su furia, dando pábulo a las profecías apocalípticas que señalan al final de este 2012 como el del fin de la humanidad.

Y, hasta cierto punto, eso es lo que les ocurre a los tripulantes de la Prometheus, pues como en el mito del cual toma su nombre la nave espacial, van en busca del conocimiento para quemarse con él, desatando todas las desgracias que contiene esa caja de Pandora. Aquí, la curiosidad inherente al ser humano es el detonante de un encuentro desagradable con aquellos que fueron considerados seres superiores, y que no son más que nuestros antepasados, haciendo de nosotros mismos unos inmigrantes de enésima generación en el que creemos nuestro planeta por derecho propio. Y, como fundadores de nuestra especie, tienen el deber de exterminar a su creación si ésta no ha salido como ellos pretendían. Viendo determinados aspectos perniciosos de la humanidad, peligrosos tanto para nosotros mismos como para el resto de la galaxia, ¿se les puede echar en cara tal medida aséptica?

La jugada argumental tiene su aquel, pues más allá de todas las referencias directas con su precedente alienígena de 1979 —e, incluso, con obras muy presentes en la filmografía de Scott, como es la seminal 2001: Una odisea del espacio (2001: A Space Odyssey, Stanley Kubrick, 1968), donde esa evolución humana basada en la violencia también era vigilada desde las estrellas—, en Prometheus hay una severa reflexión sobre nuestra condición a través de lo que en un futuro plausible podamos llegar a ser. Y todo ello gracias a un personaje que no sólo es clave dentro de la trama de la película, sino que se configura como un clásico de futuro dentro de la historia del cine de ciencia-ficción.

Y es que no sólo el androide David está estupendamente interpretado por un Michael Fassbender en estado de gracia, sino que su personaje es una evolución natural del concepto ligado con la inteligencia artificial desarrollado en Blade Runner (Id., 1982). Película que, a poco que se observe, parece haber influido más en la esencia de esta Prometheus que Alien, pues el peso de los replicantes planea tanto sobre él como sobre el resto de la tripulación. Desde el mismo momento en el que le observamos en la soledad de los asépticos pasillos, trata de robar el alma de todo aquello humano que se encuentra. Bien a través de la clonación de actitudes —la arrogancia desafiante del Peter O’Toole de Lawrence de Arabia (Lawrence of Arabia, David Lean, 1962), quien ejecuta en la escena mostrada un truco de prestidigitación, aparentando no quemarse con la brasa de un cigarrillo, elemento de simulación que posteriormente David pondrá en práctica con sus compañeros de expedición— o bien a través de la vampirización de los sueños —lo que le emparenta directamente con el Gaff (Edward James Olmos) de Blade Runner, quien conocía los secretos más recónditos del detective-cazador Rick Deckard (Harrison Ford)—, lo cierto es que David es una versión mejorada de los Nexus-6, participando en él un mayor componente de envidia hacia sus amos y creadores. Su falsa frialdad exterior esconde un fuego interior que, gracias a la grandiosa labor interpretativa del actor, abrasa al personaje según va avanzando la acción, desentendiéndose paulatinamente de su programación para encontrar su personalidad y el sentido de su existencia, ahondando por lo tanto en esa humanidad que constantemente se le niega —como les pasa a todos los androides de la obra de Scott—.

En sus más de dos años de incomunicación ha estado rumiando una ingente cantidad de celos producto de su superioridad, resolviendo que no sólo es el ser más indicado para entrar en contacto con la raza alienígena de ingenieros creadores, sino que en su personalidad se ha potenciado ese aspecto tan denunciado por Scott en obras anteriores, como es el del peligro de las corporaciones de intereses tan ocultos como espurios, donde la vida humana es el necesario precio a pagar por conseguir el máximo rédito comercial. Sus miradas torcidas, su coquetería a la hora de contaminar a sus compañeros de expedición —como si se tratase de meras probetas para ensayos biológicos— o su soberbia pretensión de ser el poseedor de información que se niega a compartir con los demás, hacen de su personalidad un fiel reflejo del espíritu de la corporación a la que pertenece. En la obra del realizador británico, los androides cada vez se alejan más de las benéficas tres leyes de la robótica enunciadas por Asimov, acercándose con ímpetu hacia lo que, con casi total seguridad, nos encontraremos en el futuro que hay a la vuelta de la esquina: un eco de nosotros mismos, con nuestras virtudes y nuestros defectos conviviendo a partes iguales en una misma entidad.

Al final, Prometheus tampoco es tan diferente de la obra de Herman Melville Moby Dick (1851), pues la ofuscación acaba fagocitando a todo aquel que se obsesiona con un encuentro que el destino se ha empeñado en evitar. La destrucción no sólo llega para aquellos que van en busca de respuestas, sino que, como una profecía imposible de evitar, los antiguos acaban siendo víctimas de aquella creación que intentaron eliminar, volviéndose el apocalipsis en su contra.

O, como se suele decir, cría cuervos y te sacarán los ojos.