«No he podido esperarte hasta que tuvieras 25 años, pero te he esperado toda la vida».

El estreno tardío de la penúltima película de Zhang Yimou tiene, como siempre, más que ver con las diatribas de las distribuidoras y sus tejemanejes económicos, que con la actualidad de su producción. De hecho, mientras se estrena en este país, Yimou ya cuenta en su haber con otra cinta más, Las 13 flores de Nanking. Ambas son un buen ejemplo de la dicotomía fílmica de Zhang Yimou, que presenta dos tipos de películas claramente diferenciadas: por un lado las más íntimas y personales, como Sorgo Rojo, El camino a casa o Vivir (sus primeras películas), en las que la mujer es la protagonista absoluta y en donde se muestra un tremendo respeto a los mayores, a la cultura tradicional y a los valores morales. Y, por otro lado, las más espectaculares visualmente, como La casa de las dagas voladoras o La maldición de la flor dorada, donde nos encontramos con su cine más comercial, promocionado por el discurso oficialista, para expandir la belleza y cultura china al mundo y competir con las grandes superproducciones de Hollywood. Amor bajo el espino blanco pertenece al primer grupo, aunque con diferencias, pues carece aquí de la originalidad y autoría que le caracterizaba en sus inicios. En esta ocasión el director ha sacrificado la fastuosidad de otras películas más efectistas para hacer prevalecer un sencillo relato que brilla con luz propia sin necesidad de ostentación visual, musical o de efectos especiales sobrecargados, donde la cámara está al servicio de los dos protagonistas, y permanece impasible mostrando su relación, sin grandilocuencia. Transmite tanta pasión que no necesita que la decore, tan solo que la remarque a través de una puesta en escena sobria, una fotografía y una música discreta que esté al servicio de esta unión imposible entre dos adolescentes que representan a las dos Chinas divididas: uno, el que está con el Régimen; la otra, en el lado opuesto; él representa la ilusión por el cambio y ella los valores más conservadores. Y es evidente que la relación entre dos personas tan diferentes y de sustratos tan dispares, no puede tener un final feliz, aunque rezume inocencia como solo lo puede hacer el primer amor. 

Pero esta película también destila una fuerte carga crítica hacia un sistema político que siempre tuvo más detractores que defensores y que interesa por todos los medios desprestigiar, ya que está dibujada desde el tamiz de un contra-revolucionario, de una minoría que fue perjudicada durante el régimen de Mao. Y es que el director, en su propia vida, le tocó trabajar en el campo durante la Revolución Cultural (1966-1978) y tuvo que dejar los estudios, para más tarde retomarlos (forma parte de lo que se conoce como Quinta Generación de Cine Chino), por lo que culpa al gobierno maoísta del declive del cine chino de la época. Rodó esta película después de dirigir las ceremonias de apertura y clausura de los JJOO del 2008 en Beijing para el Partido Comunista Chino actual, así que no es precisamente ahora mismo un opositor del régimen del momento, pese a sus problemas pasados con la censura. De hecho, en algunos círculos intelectuales que añoran la autenticidad de sus primeras películas, se le conoce despectivamente como “el encargado de encender los fuegos artificiales del Gobierno”. De un gobierno que, disfrazado de comunista, poco tiene ya que ver con la Revolución Cultural y, Zhang Yimou ahora, poco de disidente, pues consigue buenos réditos para el país. Además, se percibe un interés político por parte del actual PCC por denostar la Revolución Cultural al dejarle llevar a la pantalla la novela Amor bajo el espino blanco, del archiconocido Aimi Zhu, que consiguió el Premio Mejor Novela de Ficción en China.

Amable espino blanco, ¿a qué viene tanta tristeza? es una canción que está cantando él, cuando se conocen, y que funciona tanto como reflejo de la vida a la que son sometidos los no partidarios del régimen (y su re-educación en el campo), como preludio de los acontecimientos posteriores. Cuenta la leyenda que del árbol en cuestión brotan unas bayas rojas, el color que ha obsesionado desde los comienzos a este realizador, y que le sirve para reflejar una etapa que él recuerda con dolor (la de la revolución), y que está presente en esta película en todo lo referente a la estética comunista, así como, curiosamente, en el bañador de ella (en una de las escenas más dulces de esta cinta) pues simboliza también la pasión. Junto a esta alegoría, una BSO fabulosa dota de melancolía a esta historia agridulce que, por definición, todo drama romántico conlleva: la imposibilidad del amor. Que lo hace aún más deseable, y si además es entre adolescentes, el amor prohibido hace que aumente la intensidad porque además, a esa edad, el tiempo es eterno, y es que ¿quién no recuerda con nostalgia, y a la vez con alivio, su primer amor?

El espino blanco del título actúa así como metáfora de la ilusión, de la candidez, de la utopía del comunismo teórico, de la fantasmagoría del cine. Pero el abuso que hace de los intertítulos que sobreexplican lo que la fuerza de las imágenes y las potentes interpretaciones de sus protagonistas ya expresan, sobrecarga y subestima al espectador. Además la ideología reaccionaria empequeñece un filme plástico, poético, que se instala entre lo bello, lo elegante, pero también cae en el simplismo y la ingenuidad más reduccionista. Lo mejor, sin lugar a dudas, la natural interpretación de la niña, Zhou Dongyu, que obtuvo la Espiga de Oro en la Seminci en Valladolid.