Mutantes

No resulta cómodo enfrentarse a una película que toma como pretexto la ciudad fantasma de Prípiat, en las cercanías de la central nuclear de Chernóbil, cuyo reactor número 4 tuvo un enorme sobrecalentamiento y explotó el 26 de abril de 1986, emitiendo 500 veces más radiación que la bomba atómica lanzada sobre Hiroshima en 1945.

Si abandonamos ese demoledor recuerdo, que ha vuelto a reaparecer hace año y medio con la fuga radiactiva de Fukushima, Atrapados en Chernóbil presenta a seis jóvenes que se aventuran junto a un peculiar guía en la ciudad de Prípiat, dentro de la zona de exclusión (30 kilómetros a la redonda) o Zona Muerta por su cercanía con el epicentro de la catástrofe, cuyas radiaciones se mantienen hoy en un nivel demasiado alto como para poder ser viable una vida en comunidad.

Lo que parece que es un uso pirotécnico, un parque de atracciones, del espacio contaminado de la ciudad de Pripiat, donde quedan a su suerte los seis viajeros y el guía, reaparece con inusitada fuerza la idea de que lo real puede llegar a ser más terrorífico que lo imaginado. A ello ayuda que lo que significó Chernóbil no queda desaliñado sino que el espíritu de la muerte creada por las radiaciones de la central nuclear están muy presentes en la película. Esa Zona Muerta es un espacio de escasa presencia humana y de frondosa vida vegetal y animal. La ciudad de Pripiat mantiene los rasgos de lo que fue una ciudad industrial, diseñada para trabajadores de la central nuclear y que, desde la explosión, se transformó en una ciudad fantasma (resulta curioso, el terror que infunde la imagen de las atracciones de un parque ferial corroídas por la oxidación y el paso del tiempo). Es una ciudad solo habitada por científicos y militares (y algunos antiguos habitantes que decidieron asumir las consecuencias de la radiación y regresaron a su hogar), aunque sí se permite la visita de turistas con permisos especiales.

Atrapados en Chernóbil, con ciertos aspectos colaterales bastante interesantes, no es nada más que otra película sobre la base de la cancioncita de los diez negritos, en la que se basan gran parte de las películas de terror de la actualidad: “Diez negritos salieron a cenar, uno se ahogó y quedaron nueve; Nueve negritos trasnocharon mucho, uno se quedó dormido y quedaron ocho; Ocho negritos viajaron por Devon, uno se escapó y quedaron siete; Siete negritos cortaron leña, uno se cortó en dos mitades y quedaron seis; Seis negritos jugaron con una colmena, una abeja picó a uno y quedaron cinco; Cinco negritos hicieron la carrera de leyes, uno se hizo magistrado y quedaron cuatro; Cuatro negritos fueron al mar, un arenque se tragó a uno y quedaron tres; Tres negritos paseaban por el zoo, un oso mató a uno de ellos y quedaron dos; Dos negritos se sentaron al sol, uno de ellos se tostó y sólo quedó uno; Un negrito sólo se quedó, se ahorcó y no quedó ninguno”.

La más extraña virtud de la película dirigida por Bradley Parker, cuyos méritos le han permitido ascender desde el campo de los efectos visuales a ayudante del director antes de su debut con esta película, ayudado por un tópico guión de Oren Peli, autor de Paranormal Activity (2007) es que, lo que a priori podrían parecer defectos, mutan en virtud. Al no existir una individualización de cada personaje (apenas diferenciamos uno de otro, son una masa amorfa), se ubican perfectamente en un espacio de No Vida sin que desentonen, creando una perfecta simbiosis con el desolador entorno, a lo que ayuda cierta recreación de ese espacio de una ciudad con una foto fija de 1986, más el hecho de ocultar durante casi todo el metraje quién o quiénes son los que persiguen a los aventureros. ¿Son animales, que vemos cada cierto tiempo?, ¿son supervivientes que han mutado y devoran todo lo que encuentran?, ¿son vándalos que se divierten de esta forma?

Bien es cierto que como se indica al principio de la película, lo que iba a ser una excursión de dos horas porque la radiación es demasiado alta como para estar expuesto muchas horas sin perjuicio para la vida, cuando abandonan el coche donde van de paseo, los siete ya están contaminados, son parte de ese paisaje del que tratan de huir. Por desgracia la idea de que los propios personajes se vayan contaminando, desintegren su humanidad y muten en una especie diferente, no forma parte de la estructura de la película, demasiado obvia en su planteamiento y su resolución, lo que la hace menos terrorífica de lo que pudiera haber sido. Y es que, como he escrito arriba, lo real, lo que sucedió, lo que imaginamos, resulta mucho más aterrador que lo que nos muestra Atrapados en Chernóbil.