Lo malo de compartir piso

“Yo crecí con los cómics de 2000 AD” es una expresión muy molona que se acostumbra a escuchar en boca de historietistas o faranduleros en general cuando son británicos. Yo también. Más que los personajes de Marvel y DC me entusiasmaban las aventuras de Dan Dare, Robo-Hunter, los Héroes de Harlem y Flesh, con cuya adaptación cinematográfica fantaseaba porque todavía no había visto El valle de Gwangi (The Valley of Gwangi, Jim O’Connolly, 1969). Eran viñetas cargadas de aventura, gloriosas ilustraciones y violencia atroz. Al Juez Dredd, sin embargo, no lo conocí hasta la adolescencia, después ya de haber visto Robocop (Paul Verhoeven, 1987), siendo su impacto mucho menor.

Por eso, cuando se estrenó la adaptación cinematográfica a cargo de Sylvester Stallone, Juez Dredd (Judge Dredd, Danny Canon, 1995), lo que menos me molestó es que fuera más o menos fiel al original, que Dredd se quitara el casco o se pusiera una peineta. El humor tontorrón sustituyendo a la negra ironía del cómic, las escenas de acción desganadas y un insólitamente fallido servilismo hacia un Sly con el piloto automático puesto eran los mayores defectos de un film que contaba con excelentes ideas visuales (algunos aspectos de Megacity One y todo lo referente a la Tierra Maldita) y un esqueleto argumental suficientemente fiel al tono del cómic. De alguna forma, la anterior Demolition Man (Marco Brambilla, 1993), se acercaba más al espíritu 2000 AD.

La nueva revisión del personaje creado por John Wagner y Carlos Ezquerra corre a cargo del guionista Alex Garland y el director Pete Travis. El primero reincide en su afición por el impacto, claramente expuesta desde sus primeras colaboraciones con Danny Boyle: La playa (The Beach, 2000) y 28 días después (28 Days Later, 2002). En esta ocasión plantea una premisa muy sencilla que permite ir al grano, a la acción. Ahí es donde se presenta uno de los principales problemas de la película, pues Travis ya demostró con su anterior En el punto de mira (Vantage Point, 2008) no estar especialmente dotado para el género y Dredd convierte la acción en su hilo conductor desde bien temprano.

Una de las ventajas de la trama es no tener que contar el origen del personaje. Porque Joseph Dredd no tiene origen, está ahí desde antes de que Moisés se sacara las tablas en plan Doraemon. Porque él es la Ley. Así pues, todo se reduce al asalto de un edificio lleno de gentuza, una megaestructura superpoblada que es casi una ciudad dentro de otra. Algo ya visto en las anteriores La Horda (La horde, Yannick Dahan y Benjamin Rocher, 2009), Redada asesina (The Raid, Gareth Evans, 2011) o, a mayor escala, en Tropa de élite (Tropa de Elite, José Padilla, 2007). Un planteamiento que tiene su origen en el excelente prólogo de Zombi (Dawn of the Dead, Geoge A. Romero, 1978). Pero si Travis consigue dotar su obra de un ritmo similar al de aquéllas sus logros no son parejos en cuanto a la contundencia de sus, indudablemente violentas, escenas de acción.

Lo más destacable de Dredd acaba siendo el notable partido que se saca a su modesto presupuesto, con un brillante diseño de producción y unos efectos especiales ciertamente resultones. Travis se recrea en la gráfica plasmación de la violencia en una, argumentalmente justificada, cámara superlenta que deja de emplear de forma inteligente cuando ésta pierde su motivación dramática.