Cuando éramos reyes

Ahora que el Ecce Homo de Borja ha ampliado el coto de desinhibición estival que estableciera Ana Obregón, me atrevo a compartir una conjetura freudiana: la única diferencia entre los aficionados del pop o del rock radica en qué se descubrió antes, el sexo o la música. En la tierra de nadie pubescente donde comienza a librarse la guerra entre el Bien y el Mal, nociones contradictorias pugnan por emerger cual relieve del mapa de valores heredado de los adultos; frente a esos primeros impulsos y presiones que llaman insistentemente a nuestra puerta se plantea el dilema de abandonar o resistirse. Si prevalece la aceptación de la Naturaleza, seguir el Tao, regirse por una moral sexual pública —tanto da que el referente sea el Opus Dei o los foros de Putalocura—, entonces nuestra vida quedará bajo el auspicio del pop, como los personajes de Project X (Nima Nourizadeh, 2012). Por el contrario, la rock star y sus fans tratan de imponerse sobre la vida y sus estructuras mediante la expresión de sí mismos, asumiendo el sexo —y después la sociedad y la cultura— en una estética propia forjada riff a riff, pose a pose. El manto de la identidad invidual se extiende sobre la Creación hasta que una sobredosis, un productor musical o un embarazo con abogados lo levantan como unas enaguas. Gracias a Drive (Nicolas Winding Refn, 2011) el año pasado vislumbramos esa humanidad sin límites que pretende el rock.

Por otro lado, el musical de los últimos años se ha consolidado como definitiva expresión pop que retoza panza arriba en el lecho de la posmodernidad, aún calentito. Películas como Nine (Rob Marshall, 2009), Burlesque (Steve Antin, 2010) o Hairspray (Adam Shankman, 2007) no se levantan sobre la emoción, sino sobre la memoria de la misma, es decir, la nostalgia. Sus escenarios constituyen respectivas revisitaciones del imaginario colectivo, sueños en conserva que disuaden de empresas hasta el infinito y más allá, siguieren a Pixar —no por casualidad libre de una tradición musical degenerada e incompatible con sus personajes de ética fuerte— o a Neil Armstrong, cuya muerte nos coge con el pie cambiado desde aquel gran paso. Los numerosos musicales subsidiarios de espectáculos de éxito en Broadway dan fe (y así lo entiende la Gran Vía madrileña) de que esta última mutación del género teatral ha colmado la capacidad de gozo de la masa en un grado inalcanzable para el cine contemporáneo.

¿Hay cabida para una estética del individuo, disruptiva, rockera, en la traslación fílmica de este nuevo musical? El guion a tres manos de Rock of Ages, del citado Shankman, invita a pensar lo contrario: ambientado a finales de los 80, con el glam aún a la espera de su revival como los zombis de Romero, narra la historia de amor y superación de Drew (Diego Boneta) y Sherrie (Julianne Hough), dos jóvenes cantantes de rock que encuentran una oportunidad en el Bourbon, local de renombre que a su vez depende de una actuación de la leyenda Stacee Jaxx (Tom Cruise) para sanear sus cuentas y mantenerse abierto… Sin asomo de renovación, además del triángulo temático arte-negocios-romance propio del género, en el epicentro de la ficción se sitúa la figura clásica del viejo rockero que nunca muere.

Nos encontramos ante otra apropiación nostálgica de un mito, como ya hiciera The Artist —un musical sin números— al edulcorar el ácido comentario de Cantando bajo la lluvia sobre la transición al cine sonoro. De igual manera en que el aniversario de la muerte de Jim Morrison comparte espacio en los telediarios con las primeras paelladas del verano, la cinta de Shankman da cuenta de la incorporación al mainstream de tópicos provenientes de la esfera del rock. Pese a ello, los fans acostumbrados a pagar peajes como el recopilatorio de cada Navidad de éxitos de Queen agradecerán un musical jukebox con algunas adaptaciones afortunadas de grandes temas, entre los que destacan Any Way You Want It de Journey, el cual describe con elegancia el duro golpe de Sherrie con la realidad, y otra versión más de I Love Rock’n’Roll de Arrows, donde el director emplea con éxito el montaje paralelo ya ensayado en aquel campo de pruebas que fue Hairspray. A diferencia de ésta los números no emborrachan la narrativa, y permiten apreciar la reivindicación de un rock popular emanado del mismo árbol de la vida que Madonna y otros iconos pop, agregándolo al sumario de influencias de juventud en que seguramente se reconocerán muchos espectadores de Rock of Ages.

A aquellos que anhelamos la resurrección de Ronnie James Dio mientras nos anudamos la corbata cada mañana, cinéfilos y dinosaurios en general, nos queda el aliciente de Tom Cruise como ejemplar vivo de esa estirpe que impone su estética al mundo, y no al revés. Técnicamente un secundario entre tantos que sostienen sus diversos trasfondos y subtramas, no es un rostro entrañable como Alec Baldwin o un gran intérprete como Paul Giamatti, ambos espléndidos en el filme, sino una estrella de una galaxia cada vez más oscura y fría. Como su alter ego Stacee Jaxx, Cruise constituye siempre un polo de gravedad que altera la performance a su alrededor, llevándola más allá de sus hechuras comerciales (o autorales, si recordamos su deslumbrante papel en Magnolia [P. T. Anderson, 1999]). No solo es cuestión de talento: basta referirse a grandes estrenos de este verano como El Caballero Oscuro: La Leyenda Renace (The Dark Knight Rises, Christopher Nolan) o Prometheus (Ridley Scott) para constatar la proliferación de guiones y conceptos en la industria que no contemplan semejante intervención en su articulado ficcional. Cruise horada la capa de posmodernidad de Rock of Ages y canta certezas a través de las coreografías y los gestos de su cuerpo semidesnudo, antesala sexual de un reino en las profundidades.

Quizá Sherrie intuya que follar con Jaxx/Cruise equivale a internarse en el vacío irrespirable de esa estética, o quizá es el propio cantante quien decide salvarla, como a la postre hace consigo mismo. Aunque por momentos el trasvase de la fantasía entre dos mundos parece posible, como en Encantada (Enchanted, Kevin Lima, 2007), en última instancia nadie desea recorrer una autopista al infierno.