El insecto y el ámbar

Se puede afirmar, con justeza, que la mayoría de las películas de Paul Schrader, cineasta con una carrera llena de altibajos, más que por pertenecer a un sistema dramático cerrado o por los ambiciosos conflictos morales teóricos que nos presentan, se mantienen sobre todo gracias a los esfuerzos interpretativos de los actores, verdaderos catalizadores de sus dramas. Algo que resulta cierto desde Hardcore, un mundo oculto (Hardcore, 1979) hasta Aflicción (Afliction, 1997) ─que, vuelta a ver recientemente en la televisión, me sigue resultando, por cierto, su mejor film hasta el momento─, pasando por Mishima (Mishima: A Life in Four Chapters, 1985), El placer de los extraños (The Comfort of Strangers, 1990) o Posibilidad de escape (Light Sleeper, 1992). Este fugaz repaso a su filmografía, al que cabría añadir Blue Collar (Blue Collar, 1978), su primera película (y una de las más rigurosas), nos muestra el gusto de Schrader por los personajes repletos de sombras, conducidos al límite, enfrentados a un precipicio: Travis Bickle, Yukio Mishima, Patty Hearst, John LaTour, Wade Whitehouse… “Las personas que actúan en contra de su propios intereses ─ha confesado en más de una ocasión─ resultan personajes muy atractivos”. De ahí, lógica, su inclinación a trabajar con actores intensos ─de esos que, a menudo, no temen invocar a los demonios propios─, actores de mil rostros con tendencias hacia lo tenebroso (y también, claro, a veces a lo excesivo): George C. Scott, Harvey Keitel, Malcolm McDowell, Ken Ogata, Christopher Walken, Dennis Hopper, Nick Nolte, a los que se suma, ahora, Jeff Goldblum. Pero, por encima de todos ellos, Williem Dafoe, su actor-fetiche, a quien Schrader ha dirigido, con ésta, en cinco ocasiones.

 Adam resucitado (Adam Resurrected, 2008) no es distinta. Basada en la novela de Yoram Kaniuk (El hombre perro, Libros del Asteroide, 2007), la película narra la existencia de Adam Stein (Jeff Goldblum), célebre artista de music-hall judío superviviente del Holocausto. En el campo de exterminio, él (rebajado a una suerte de hombre-perro) compitió con el pastor alemán del comandante Klein (Williem Dafoe), uno de esos lobos-hombre soñados por Himmler, como animal de compañía: no solo le divierte con sus trucos de magia y sus payasadas, sino que, por el mismo precio, se encarga de entretener también a sus compañeros ─mujer e hijo incluidos─ de camino a las cámaras de gas. Un momento, ¿no nos suena esto de algo? Imposible no pensar en ese film que quizás algún día veremos, ¿quién sabe?, The Day the Clown Cried (1972), llamado a ser la chef-d’oeuvre de Jerry Lewis… Pues bien, años más tarde, olvidada ya la guerra como una pesadilla cada vez más lejana, Stein, “exterminador de sí mismo” ─como se define el propio personaje en la novela─, abrumado por la culpa, es tratado en un hospital psiquiátrico para supervivientes del Holocausto en el desierto de Néguev, Israel. El suyo es un personaje inusualmente rico, tan lleno de recovecos como una matrioska (antiguo artista de genio, seductor a tiempo completo de cuantos le rodean, loco lúcido irreverente que lidera a los enfermos del hospital, “juez penitente” en busca de la redención propia y ajena…), que le brinda a Goldblum la posibilidad de completar la interpretación de su carrera. Algo así como una mezcla improbable entre Lenny Bruce, el McMurphy de Alguien voló sobre el nido del cuco y un Jean-Baptiste Clamence hebreo. Pero, claro, las cosas no son tan fáciles: ¿es posible expiar esa culpa? ¿A través de qué medios? ¿No es la locura de Stein uno de ellos, no es, en el fondo, un mecanismo para conservar su lucidez?

Adam resucitado, que es un film ciertamente más personal que la mayoría de sus últimas propuestas, abunda en muchos temas schraderianos (de las nociones ubicuas de culpa y redención ─no en vano él fue educado en el calvinismo más estricto─ a su fascinación por las relaciones de poder y las obsesiones sexuales). Sin embargo, frente a esa intensidad que alienta sus mejores películas, en ella encontramos un desapego y una frialdad, una “cerebralidad”, que tienen algo de académico. Y es que la película, tan gélida por momentos como el pueblecito de New Hampshire en el que se ambientaba Aflicción, parece más preocupada por domesticarla novela de Kaniuk, por reformularla en términos fílmicos (¡Y no es pequeño el reto, por cierto!), que por cualquier otra cosa. Schrader, con la ayuda de Noah Stollman, su guionista, ha cartesianizado hasta el extremo una novela difícil que “baila a ritmo sincopado y exuda benzedrina y alucinógenos en todos y cada uno de sus párrafos (…) donde fluyen los pensamientos anárquicamente y la lucidez se deja entrever en breves destellos inconexos, aleatoriamente ordenados. Una prosa que apela al subconsciente que se adentra en la locura para extraer humanidad en cada una de sus frases” (Marc Charles, “El hombre perro” en Maumau Underground). Frente a  la estructura y a los modos narrativos experimentales de Kaniuk, Schrader y Stollman han simplificado y desenredado (la construcción a partir de flash-backs, sería un buen ejemplo de ello) la corriente del relato, lo que para el gran público hubiese consistido, sin duda, una lectura costosa y exigente. Al hacerlo, precisamente han perdido de vista gran parte de lo mejor que ésta tiene (su vuelo, su expresividad), muchas de sus virtudes; su propia forma, evidentemente, tan entreverada además con los temas que desarrolla… No se trata, desde luego, de llegar al extremo de Todd McCarthy, quién se ha cuestionado por qué seguir adaptando novelas consideradas “infilmables” (Ulises, Cien años de soledad, Absalom, Absalom son los ejemplos que cita). Tampoco ─ridículamente─ de argumentar en contra del cine frente a su hermana mayor, la literatura. Sino de tratar que ésta no quede atrapada en el film como el insecto en su trozo de ámbar.