Crítica de sofá

Si hay algo que se suele destacar de la cultura americana es su capacidad para analizar su propia Historia, de ahí seguramente la admiración que provoca ese don para contar historias. Historias que revierten en su propia Historia, por eso de lo que más se critica a su vez a la cultura americana es su capacidad de construir su Historia, es decir, de falsearla a través de sus historias. Cuando la falsean con propaganda barata les sale Casablanca u Objetivo Birmania, cuando se trata de reflexionar en profundidad sobre quienes son, o de dónde vienen, tienen Centauros del desierto o Sin perdón, y entre medias miles de productos de entretenimiento como El fraude. Productos bien hechos en su mayoría, por eso son peligrosos.

La cartelera actual es un buen ejemplo de las diferentes formas de captación de la realidad que tiene el cine norteamericano. En Mátalos suavemente se utiliza el género negro para mostrarnos las consecuencias de una crisis financiera que no ha tardado en revelarse como una auténtica crisis de identidad de un sistema cuya única arma que le queda es la improvisación. Un sugestivo intento de trascribir esa realidad a través de un cine con pretensiones artísticas, que logra dibujar unos vívidos personajes y algunas secuencias más que interesantes, pero que tiene ese algo difícil de definir que te deja con una sensación de película incompleta. Mientras que en Cosmopolis, el canadiense —con ayuda de producción francesa— David Cronenberg se acerca al arte abstracto para ofrecernos una realidad absolutamente inaprensible, como así es, en verdad, el mundo financiero para casi todos nosotros. Un mundo incomprensible, con infinidad de lecturas y puntos de vista, que requiere ser interpretado y traducido por gente lúcida (véase la crítica de esta revista) que dedica el tiempo y el esfuerzo para aquellos que tengan la curiosidad suficiente para leer su crítica y lograr así medio entender algo de lo que le han contado, o del mundo que le rodea. Pero un mundo aburrido al fin y al cabo, que no despierta interés general. Un mundo que es criticado por películas como El fraude, para ofrecer un espacio de evasión del mismo. Y eso sí despierta interés.

Nicholas Jarecki cuenta de entrada con dos importantes reclamos comerciales, y les saca jugo. Decide dar a uno el peso de la película, y a ella la escena clave. Richard Gere cumple, Susan Sarandon nunca decepciona y Jarecki no tiene vocación de trascender. El resultado es un thriller entretenido, previsible dentro de los límites de la decencia y con una curiosa vocación didáctica. Optando por el lado opuesto de Cronenberg, Jarecki intenta escribir un cuento donde cada elemento de la realidad está representado en la ficción y sea perfectamente identificable. La película empieza con un Richard Gere guapísimo y atractivísimo, visto a través de una cámara de televisión, que da un discurso económico sensato y comprometido. Tras presentarnos ese mundo ideal a través de los medios de comunicación —tal y como nos llega el mundo a nosotros— vamos poco a poco conociendo las mentiras de ese rico hombre de negocios, presidente de una macroempresa familiar. Engaña a su mujer con una joven artista, engaña a su comprador vendiéndole una empresa en quiebra y engaña a su hija falseando las cuentas y auditorías. Y el engaño se hace mayor con la muerte de su amante en un accidente de coche en el que él conducía, y del que intenta desaparecer sin ser relacionado. Estas mentiras tapadas con más mentiras se inflan en una burbuja que —bien podría ser inmobiliaria— le explotará en la cara. ¿Quién sufrirá las consecuencias? El pueblo. La gente corriente representada en el personaje de un joven negro que el protagonista apadrina. Un negro de los barrios bajos, con otro lenguaje, con otros códigos, es decir, que vive en otra realidad que el personaje de Richard Gere no entiende, y no entenderá. Un personaje al que su propia hija le reprocha su amoralidad pero que, como buen patriarca, casi como el Estado nos dice a nosotros día tras día, responde que lo hizo por su bien. Por nuestro bien. Una película ideal para poner en un aula dentro de diez años y explicar la historia, un ejemplo de qué fue eso de la crisis con preguntas guía del tipo ¿a quién representa el personaje del negro?

Todo ello bien contado, planteando el fraude despacito, descomponiendo sin prisas la realidad introducida al principio hasta que se muestra la verdadera cara del protagonista y, sobre todo, con esa verosimilitud clásica que te hace toda la historia creíble. Un cuento al que no le falta ningún elemento de la realidad para criticar un sistema que él mismo nos proporciona los mecanismos de evasión para que nos quedemos quietecitos en el salón y con el espíritu crítico saciado.