Tuya es la tierra, y todo lo que en ella habita

Para Mateo: siempre, bajo cualquier circunstancia, voy a estar a tu lado

Hay circunstancias vitales que cambian radicalmente tu forma de ver las cosas.La primera vez que te echan de un trabajo en el que te has roto los cuernos, y te das cuenta de que quizá el esfuerzo no valió la pena. El momento de independizarte, que es cuando descubres que tus padres tenían más razón de la que creías cuando te echaban la bronca por tener tu habitación desordenada. Cuando mueren tus abuelos, porque te hace ser mucho más consciente de tu propia mortalidad, y sobre todo de aquellos que te rodean. O tener tu primer hijo, una de las experiencias más indescriptibles que puede uno atesorar, y que como diría Carmen Machi (Actimel en mano), te renueva por dentro y se nota por fuera… Y no siempre en el mejor sentido. Mis ojeras son testigo. Porque a partir de ese momento ya no hay vuelta atrás: desde el instante en el que coges al bebé en brazos, te has convertido en progenitor, y vas a tener que ejercer ese trabajo, como dicen los americanos, 24/7. Siempre a tope.

De hecho, si no fuera padre, Una vida nueva (Yeo-haeng-ja; Ounie Lecomte, 2009) probablemente no me habría dejado una huella tan profunda. Está claro que cualquier espectador puede empatizar con una huerfanita desamparada, sobre todo si es tan mona y tiene una mirada tan triste como Kim Sae-ron –que, básicamente, repetía el mismo papel, pero en un entorno narrativo muy distinto, en la divertida El hombre sin pasado (Ajeossi; Lee Jeong-beom, 2010)–. Pero cuando has pasado horas acunando a tu hijo para aliviarle algún dolor indeterminado, te has dormido plácidamente con él abrazado a ti, has conseguido protegerlo de algún miedo con un simple gesto o unas pocas palabras, le has visto correr hacia ti con una sonrisa en los labios, le has escuchado llamarte por primera vez «Papá»… Es entonces cuando puedes entender en toda su dimensión el dolor infinito, la frustración inmensa, que significa para un niño –sobre todo, cuando ya es plenamente consciente de lo que ocurre a su alrededor– que sus padres lo abandonen, renuncien a la responsabilidad de cuidarle siempre, ocurra lo que ocurra. No es casual que, en el arranque de su película, Lecomte sólo muestre imágenes de la protagonista con su padre, dejando en off a la nueva familia que éste ha formado: éstas sirven para transmitir toda la adoración, la dependencia, que un niño siente hacia sus progenitores, pero también son un ajuste de cuentas por parte de la directora –hay que recordar que el proyecto reconstruye su propia infancia en un orfanato de Corea del Sur– hacia su propio padre, señalándole como máximo responsable de la (terrible) decisión tomada. La insistencia del personaje de Kim en negar lo ocurrido, su fe inquebrantable en que su familia volverá a por ella, puede parecer patológica desde una perspectiva adulta, pero es perfectamente comprensible partiendo de la vulnerabilidad de una mente de sólo nueve años.

Puede el lector pensar que la producción, así como la participación en la elaboración del guión, de Lee Chang-dong, condiciona estéticamente Una vida nueva. Pero lo cierto es que no es así: en el lenguaje minimalista, muy atento al detalle, de Lecomte –sin rastro de esa poética intrínseca a la obra del autor de Peppermint Candy (Bakha Satang, 1999)–, hay más de cine francés que de coreano. Como cada vez que se enmarca una historia en un orfanato y/o en un reformatorio, habría que trazar una línea imaginaria que conectaría, cómo no, con el Cero en conducta (Zéro de conduite, 1933) de Vigo y con Los 400 golpes (Les quatre cent coups, 1959) de Truffaut, pero resulta mucho más estimulante buscar en su estilo trazas del cine protagonizado por niños de Bertrand Tavernier o de Laurent Cantet. Eso sí, como todos ellos, la directora lleva un exquisito trabajo de dirección de intérpretes, y moldea de forma sutil, con notable inteligencia, la actuación de sus jóvenes protagonistas a través de la cámara y el montaje –atención, aparte de a la ya mencionada Kim, a las prestaciones tanto de Park Do-yeon como de Ko Ah-sung, a la que ya descubrimos en The Host (Gwoemul; Bong Joon-ho, 2006)–: de ahí que le dé preminencia al gesto, a la mirada, por encima del diálogo. Así construye una historia formada por supuestos tiempos muertos, que en realidad retratan con exquisita exactitud el trasfondo juguetón de la infancia, la inevitable inocencia con la que los pequeños se defienden de las situaciones más terribles.