Negro sobre (mucho) blanco

Decía Jean Renoir que él en sus rodajes dejaba la ventana del estudio entreabierta para que se colara un soplo de realidad. Cabría preguntarse si este simbólico gesto lo utilizaba también al escribir sus guiones o, como pudiera parecer más razonable, colocaba un espejo detrás de su máquina de escribir.

Hoy en día, los que hemos probado a hacer nuestros pinitos en la literatura de ficción no tenemos ese problema, puesto que la pantalla de nuestros ordenadores nos devuelven indefectiblemente el reflejo de nuestro rostro, que poco a poco se va rellenando con las palabras que completan nuestro retrato. Puesto que, al fin y al cabo, todo lo que podamos imaginar parte de nosotros mismos: de nuestras experiencias, de nuestros sueños o de nuestros anhelos.

La premisa argumental de El ladrón de palabras (The Words, Brian Klugman y Lee Sternthal, 2012) no carece de cierto interés, puesto que viene a engrosar la nómina de ejemplos cinematográficos asentados sobre la base del creador y su obra. Un escritor de prestigio, Clay Hammond (Dennis Quaid), lee su última novela, titulada precisamente The Words, ante una nutrida audiencia. En ella cuenta la historia de un joven escritor que no consigue que su talento sea reconocido, dentro de un panorama editorial marcado por intereses ajenos a lo literario. Un golpe de suerte, producto del azar, le pondrá en contacto con un manuscrito inédito, apropiándose de él y consiguiendo con ello la tan ansiada fama. Pero el verdadero autor de la novela aparecerá en su vida, haciéndole ver que su ilegal apropiación de aquellas palabras y de la vida que las forjaron es, quizás, el peor de los actos que uno pueda cometer.

El tema del artista atormentado no es nada nuevo para el medio cinematográfico. Ya se trate de cineastas, pintores, escultores o, por supuesto, escritores, la gran pantalla ha reflexionado en torno a la expresión y su vida íntima, insertando la incomprensión en un entorno social repleto de adversidad. La generación de talento como lucha por la identidad, como medio para expresar aquellas partes recónditas que tratan de aflorar, de darse a conocer, de comunicar un ideal o un sentimiento. Y, cómo no, de acaparar el reconocimiento.

Las palabras que dan sentido a una existencia, revelando los deseos de su autor. La venganza del paso del tiempo y la volatilidad de la juventud, perdida ésta en la consecución de la inmortalidad. La futilidad del éxito cuando el artista vuelva al polvo del que surgió, siendo tan sólo un recuerdo de los que aquí permanecen, ligado a la presencia de sus personajes. Algo de ello hay en la mirada de Clay Hammond que un espejo le devuelve. Su ajado rostro se cuela en los resquicios de un cortejo que le promete un polvo fácil con una joven estudiante de Literatura, Daniella (Olivia Wilde), más interesada en saber el final de la historia que en el inevitable intercambio de fluidos. No quiere comprar la novela para leerla: desea escuchar la historia de boca del propio autor, observar cómo éste reconoce la deuda con su personaje, todo lo que de éste hay en aquel y viceversa, sacando sus sentimientos a golpes como en un exorcismo. Y él transige, pues sin éste reconocimiento su obra no estaría completa. Sería, al fin y al cabo, un mero producto de consumo.

Las historias, así, se reflejan unas en otras. El protagonista de la novela, Rory Jansen (Bradley Cooper), debe confesarse ante su esposa Dora (Zoe Saldana), pues ésta cree haber reconocido en la obra de su amado aquel que pugnaba por salir, a su verdadero yo, aquel a quien tanto ansiaba por encontrar. Sin saber que ese no es él, sino un desconocido, un espectro del tiempo, decrépito por el dolor de una familia quebrada por la tragedia. Un autor de una sola obra (Jeremy Irons) que, por ser precisamente única, resplandece en todo su poderío, habiendo volcado en sus páginas el retrato de la desolación. El tormento del silencio, la soledad y la muerte. Elementos que, debido a la relativamente acomodada vida de Rory, éste tiene que apropiarse en un gesto desesperado, robando el dolor ajeno para su propio provecho. Su rostro reflejado en la pantalla de su portátil, usurpando una vida distinta a golpe de clic sobre el teclado, una partitura de palabras extrañas que rehacen su propio retrato. Quizás el mismo impulso desplegado por Clay, para quien la mala conciencia puede llegar a ser un justo precio a pagar ante la recompensa del reconocimiento general. A pesar de que el estatus adquirido sea producto del distante suplicio de un otro inventado.

A priori, este juego de matrioskas podría resultar sumamente interesante. Mucho más si tenemos en cuenta que tal dispositivo puede prolongarse indefinidamente, proyectarse hasta el infinito al incorporarse cada espectador a la nómina de relatores —incluyendo a los críticos que divagamos en torno a su argumento—, añadiendo más y más capas de usurpación. Cajas dentro de otras cajas, dilatando la historia hasta los límites de lo imaginable, desdibujando el contenido de la primera de ellas, aunque su forma haya condicionado a las que vinieran con posterioridad.

Sin embargo, hay algo que no funciona en su desarrollo, no permitiendo que cuaje su inicial y perturbadora propuesta. Sin duda, las buenas ideas de guión nunca garantizan un aceptable resultado en pantalla, pues todo aquello que se pueda destacar de un producto como El ladrón de palabras lo encontramos en su despliegue literario, en un calculado guión repleto de pliegues y encadenados vitales y argumentales, propios —como ya se ha señalado en otros análisis— de la capacidad creativa de un tipo como Paul Auster: el tapiz urdido por unas vidas destinadas a su fusión, interrelacionando expectativas, inquietudes y sentimientos.

El problema lo encontramos en el pobre despliegue de sus fórmulas dramáticas repletas de convencionalismos y en el desarrollo almibarado de su concepto sobre la redención. Dosis justas para crear la duda, pero no el malestar. Porciones contenidas de mala conciencia, controlando su efecto sobre una red de seguridad trenzada con miradas y abrazos de carácter comprensivo. El mismo retrato maniqueo de siempre, colmado de clichés, donde el límpido pasado surge para desacreditar un presente malvado, habitado por agentes literarios espurios y compromisos comerciales. La deuda forjada en el sentimiento de culpa que empuja a la confesión. El dolor como forma de expiación y el hombro cercano para enjugar las lágrimas. La revelación del delito junto a la soflama del «que me quiten lo bailao». Imágenes creadas para trazar el deseado recorrido que va del pecado a la absolución. Y, después, el cielo abierto, donde todos los pecados son perdonados. Todo tan forzado como falso.