Sherezade

Azares del destino, y de la exhibición, han dado lugar este año a la coincidencia de tres Blancanieves, un intocable y dos indomables, dos grandes obras sobre la infidelidad y la fragilidad del matrimonio, y, ahora, tres obras sobre la creación, dos de ellas ejemplares, Holy motors (L. Carax, 2012) y En la casa (Dans la maison, F. Ozon, 2012) y otra más irregular pero no exenta de interés, Ruby Sparks (J. Dayton y V. Faris, 2012). Feliz casualidad, pues, que nos permite valorar, gozar, de propuestas que se orientan hacia, se nutren de, se basan en el desencadenamiento del proceso creativo.

Mucho se ha escrito de Holy Motors. Pero no está de más recordar el exuberante repertorio de opciones narrativas y emocionales que Carax y Lavant nos muestran. Ambos, director y actor, parecen gozar mostrando, exhibiendo, su talento en una serie de posibilidades narrativas: el cine social, la ciencia ficción, el thriller, el fantastique, el melo, el musical… Hay aun tanto por hacer, tanto por contar… Son autores tirando de un hilo fecundo para que los espectadores nos sumemos a un festival de generación de historias. Una celebración del cine y de los cuentacuentos.

Ozon parece hacer otro tanto con Dans la maison. La historia, iniciada como una crónica de aprendizaje sentimental en su versión escolar, enfrentando profesor resabiado con alumno aventajado, se aleja (afortunadamente) de propuestas sentimentaloides y no tarda en revelar una opción curiosa. Inicialmente Germain, el profesor, desencadena la acción al solicitar una redacción a sus alumnos sobre el fin de semana. Los escuetos y torpes ejercicios no son sólo decepción sino también objeto de crítica acerada, hasta que uno de ellos sorprende por su estilo y su propuesta. Claude, el discreto muchacho de la última fila (la cinta se basa libremente en una obra de Juan Mayorga con este título), habla de su fascinación hacia la familia de Rapha, un compañero de pocas luces, su vivienda y su madre, Esther, una simple y típica mujer de familia media. La observación de Germain a Claude respecta al riesgo o la falta de ética por hacer comentarios mínimamente burlones de su compañero y su familia no será sino el (aparente) detonante de toda la trama. Claude opta por entablar amistad con Rapha con el pretexto de ayudarle en matemáticas, entrar en la casa deseada, observar a su padre (el segundo Rapha) y a su madre… y relatarlo puntualmente en unos ejercicios derivados en crónica social, un punto sarcástica, un punto aventurera, que Germain y su esposa devoran con avidez. Pronto el relato de la infiltración de Claude en hogar ajeno deja de relacionarse con los ejercicios escolares y cobra vida propia, para goce de sus únicos y secretos lectores.

Ozon no busca, no obstante, seguir esta crónica. O, al menos, no desde el punto de vista que s podríamos esperar. En la casa se orienta no como el referido relato de educación sentimental ni como una crónica social, sino como la creación, el desarrollo, de todos los deseos secretos de Claude, de Germain, de todos nosotros… Claude quiere entrar en la casa… e inventa cómo hacerlo. Desea observar a los Rapha y a su mujer, y también maquina el modo… De esta manera Ozon relaciona muy sutilmente los apuntes, las recomendaciones, de construcción literaria pautados primero por Germain, exigidos más adelante, con los sucesivos giros argumentales. Hasta que, finalmente, Claude se libera y la historia en sí toma vida propia buscando todas las posibles alternativas de trama y estilo… Pero, ¿y si…? Claude examina, como el autor literario, todas las posibilidades, y las apunta sucesivamente, para deleite y desesperación de su solitario lector, absolutamente dependiente de la narrativa en el momento en que comprende que ésta ha devenido completamente autónoma. Ozon goza permitiendo a Claude dar rienda suelta a su imaginación y a su capacidad artística, permitiéndose giros irónicos, curiosos, morbosos…

Hasta que finalmente Germain irrumpe en la narración de Claude. No como personaje, sino como observador. Como notario, como crítico, apuntando por así decirlo notas al pie,  y retomando el timón de una historia que finalmente vive por él y para él. Y en este momento Ozon nos permite ver, como una pirueta metaliteraria o metacinematográfica, que tal vez no estemos contemplando el duelo entre profesor y alumno, no seamos testimonios de una inversión de papeles entre maestro y aprendiz, sino que hemos sido testimonios de la esencia misma de la creación artística. No sólo Claude, como Pigmalion, consigue mediante la creación literario dar vida a su sueño e introducirse en la casa que representa la vida que él desearía.  Germain, mediante Claude, consigue elaborar la obra magna literaria que su carácter ha dejado de lado durante toda su vida y salta de su rutinario trabajo de maestro al ámbito de la creación.  Y ello nos vincula con la tercera obra aludida al inicio del artículo. Porque si Ruby Sparks es la crónica de la autoreflexión de un autor enfrentado a la materialización de su obra (además de una reflexión sobre las relaciones de pareja), En la casa se define el enfrentamiento de un autor con su criatura, quedando en el aire si el autor es Germain o Claude, si uno u otro son también productos de la imaginación de un creador. El riquísimo plano final, con los dos personajes / autores sentados frente a un edificio de apartamentos cuyas ventanas y balcones no son sino puertas a tantas y tantas situaciones, nos permite ver el motor sagrado que mueve a un autor… la chispa que estimula a crear, las inmensas posibilidades que la vida nos permite. Sin embargo, frente a tantos “¿y si…?”, Claude y Germain se revelan como las dos facetas de una misma entidad. Quien es el autor y quién la criatura es algo que Ozon deja al azar, pudiendo ser cualquiera de las dos opciones. Lo realmente importante, sin embargo, tal como al final se revela, no es la trama, lo que sucede, sino cómo se nos cuenta.  Dependerá de las habilidades de Sherezade, sea ésta uno u otro, que la narración, lo narrado, supera en interés la resolución de la propia historia. Hay en un bloque de apartamentos, tantas opciones, tantas posibilidades de contar… Ya nos lo dijo el viejo Hitch en La ventana indiscreta (Rear Window, A. Hitchcock, 1954) Hay tantas pantallas iluminadas en cada una de las ventanas y los balcones, tantas opciones que llaman la atención de potenciales espectadores que dejamos de interesarnos en quien las puede crear porque, ciertamente, la imaginación está al alcance de todos. Germain se desvanece como un alter ego o una creación de Claude, de la misma manera que Claude puede formar parte de la necesidad intelectual, vital, del frustrado Germain y no ser sino parte de la rica e infravalorada capacidad creativa del maestro. Del mismo modo que el Sr. Oscar de Holy motors se crea y se destruye sucesivamente en cuanto ha sembrado en cada espectador el interés por la historia presentada, una vez nos ha conmovido, emocionado, divertido, sacudido… Tanto da quien sea nuestra Sherazade, todos queremos una para recibir historias que nos las hagan sentir como propias.