Las mutaciones de lo fantástico

Entre todos los aficionados al cine de terror hay un sentimiento generalizado de que este género está aportando los más valiosos ejemplos para que el cine —visto como arte, como industria y/o como medio de expresión— se renueve constantemente, impidiendo una cierta tendencia hacia el anquilosamiento. El espectador habitual del cine de terror va más allá de lo que el resto del público espera del medio cinematográfico, pues las supuestas carencias artísticas y técnicas de algunos de estos productos no le impide no sólo disfrutar, sino además encontrar nuevos asideros para seguir confiando en que el futuro del género —y, si se apura, del propio cine— esté garantizado.

La metodología del terror es tan mutante como los propios monstruos y espectros que pueblan sus fotogramas, siempre atentos sus creadores a dar la oportuna vuelta de tuerca —invasión de espacios tradicionalmente vetados, cosificación de terrores insertos en la conciencia colectiva, reinterpretación de miedos ancestrales, etc.— o insertar la tecnología más cotidiana —imágenes captadas a través del móvil o de cámaras de seguridad, experiencias límite sobre la pantalla de un ordenador, etc.— para que el espectador sienta dentro de sí que, al menos, no está sólo en esos complejos producidos por un sentimiento tan connatural al ser humano como es el miedo: a lo inexplicable, a lo sobrenatural, a los demás o al destino —ya sea el individual o el colectivo—.

Parte de estos recursos y elementos los han recogido muy sabiamente Joss Whedon y el debutante en la dirección Drew Goddard con La cabaña en el bosque (The Cabin in the Woods, 2011). Habiendo sido hasta la fecha una pieza clave en la factoría J.J. Abrams —en calidad de productor o guionista para productos de la calidad y la trascendencia de Alias (Id., 2001-2006), Monstruoso (Cloverfield, Matt Reeves, 2008) o, sobre todo, Perdidos (Lost, 2004-2010)—, Goddard ha sabido acumular, de los proyectos en los que hasta la fecha ha participado, aquellos elementos identificativos más perdurables, llevando a la pantalla un relato repleto de giros e imprevistos que, lejos de ser una bizarra colección de despropósitos e incertidumbres, hacen del eclecticismo y la desorientación sus mejores virtudes.

En el trayecto que la película vive desde sus primeros fotogramas, repletos de luz y de vida, hasta sus últimos minutos, cargados de oscuridad y fatídico destino, hay todo un itinerario plagado de elementos convencionales que, poco a poco, desvelan la verdadera esencia de lo aparente. Pues si el relato se sostiene sobre ese súmmum del tópico que es una cabaña en medio del bosque a orillas de un lago —utilizado indiscriminadamente por figuras tan distantes como Sam Raimi, Eli Roth o Rob Zombie—, al mismo tiempo asistimos a otra escena paralela, vetada a los ojos y la percepción de los jóvenes protagonistas —grupo prototípico destinado nuevamente al sacrificio, con tonta-rubia-de-bote incluida—, que va desplazando nuestras certidumbres y expectativas paulatinamente hacia derroteros propios de la conspiranoia. A saber: el ciudadano manipulado sin su consentimiento, víctima propiciatoria de unos poderes ocultos que ejercen el poder en nombre del bien común.

Existe, pues, un reflejo de ese sentimiento actual tan generalizado sobre nuestras vidas y nuestra relación con un libre albedrío cada vez más cuestionado. Una sensación de férreo control por parte de unos poderes fácticos que no podemos ver, pero a los que reconocemos por sus efectos sobre nuestro entorno. La vida como un sueño —Calderón de la Barca, René Descartes— o como un espectáculo de televisión —El show de Truman (Una vida en directo) (The Truman Show, Peter Weir, 1998)—. Toda referencia es posible, pues la suma de relaciones aparentemente inconexas es la clave para desentrañar el misterio, y la más descabellada de las teorías es la que puede hacer salvar la vida.

No es, por lo tanto, absurda la aparición de un personaje como Marty (Fran Kranz) quien, por su condición de fumeta del grupo, actúa como personaje chamánico, resolviendo la clave del misterio: la presencia fuera de la realidad empírica de unos titiriteros que manejan el cotarro a su antojo. Él, desde el principio, ve lo que nadie quiere ver, yendo más allá que los demás, percibiendo los errores y las incongruencias de un sistema al que todos ellos están siendo impuestos. Él mantiene una profunda relación con lo sobrenatural a través del consumo de drogas, estableciendo la total coherencia con el final del relato, cuando éste se clausura con la aparición en pantalla de un tipo de apocalipsis en el que nadie había pensado: el regreso de los dioses iracundos, moradores del principio de los tiempos, que no perdonan a la especie humana su falta de fe y su dejadez para con los sacrificios.

Es, acaso, una materialización de aquellos terrores más profundos que, paulatinamente, la humanidad ha acabado por abandonar. Lo mismo que sucede con ese desfile de monstruos que, en un determinado momento, abandonan sus jaulas de aislamiento —en una puesta en escena que evoca el sugerente cubo de rubik propuesto en Cube (Id., Vincenzo Natali, 1998)—, desatando la furia de las pesadillas no materializadas. Personajes a los que el ser humano se ha acostumbrado, perdiendo su vigencia y su poder para aterrar y que, una vez liberados, reprimen con dureza a aquellos que han utilizado en su propio beneficio sus posibilidades como arma de destrucción masiva.

La película, en su tramo final, se convierte en un festival freak, en un sano disparate donde el terror acumulado se libera y cambiamos el pavor por una sonrisa al observar lo grotesco, ese desfile de monstruos, terrores atávicos y almas torturadas, liberada su represión para actuar bajo un objetivo común: la venganza contra aquellos que les condenaron a soportar un perpetuo tormento.

La capacidad mutante de este relato —una de las apuestas más sugerentes de la productora/distibuidora Lionsgate, auténtico soporte para la actual renovación del género— se parece más a un viaje en montaña rusa, donde antes de asimilar que se está girando a la izquierda uno se está dirigiendo a la derecha, y cuando el tripulante menos se lo espera está cabeza abajo. Así es La cabaña en el bosque, una historia repleta de requiebros, donde la capacidad de asombro se pierde con mucha frecuencia, adquiriéndose fácilmente la sensación de que lo impensable no tiene por qué ser imposible.