¿Cine para adolescentes?

Puede parecer oportunista recordarlo a estas alturas, pero cuando el proyecto de llevar a la gran pantalla la novela Crepúsculo (Twilight. Stephenie Meyer, 2005) recibió el plácet de Summit Entertainment y Aurum Pictures, poco parecían confiar sus mandamases en que la apuesta resultará exitosa. Lejos de los descomunales presupuestos con los que en 2008 contaba la serie de películas protagonizadas por Harry Potter, ya por entonces la vara de medir para todo proyecto de adaptación cinematográfica con y para adolescentes, Crepúsculo (Twilight. Catherine Hardwicke) surge como un filme más bien modesto que no sólo no trata de enmascarar tal condición sino que apuesta por un cierto tono independiente, con todos los matices que se quiera, desde el convencimiento de contar con unos personajes (supuestamente) interesantes, a los que interesaba acercarse con detenimiento. Toda vez que esa asunción no pudo resultar más errada, como abundaremos más adelante, al menos la narración se tomaba su tiempo en descubrirnos un microcosmos sugerente donde los vampiros se dejan caer por el high school y los hombres-lobo corretean libres por los montes. Un entorno que, pese a sus reticencias iniciales, acabará por subyugar totalmente a la desorientada Bella (Kristen Stewart), el punto de vista de esta historia.

Como toda saga que se precie, Crepúsculo inserta a la protagonista —y con ella, al potencial espectador— en un contexto de descubrimiento que, se presupone, debe resultar atractivo en sí mismo. Y lo cierto es que la acertada recreación de Forks y los agrestes parajes que lo circundan consigue trasmitir ese espíritu de lugar primordial, alejado de la civilización y con sus propias reglas, en el que resulte creíble que criaturas sobrenaturales, pese a ser convenientemente humanizadas por el relato, coexistan en cierto modo con el resto de lugareños. Claro que este es tan sólo el marco para una romántica —que no arrebatada— historia de amor entre la chica apocada, fuera de lugar, y el idealizado vampiro Edward (Robert Pattinson) que no pueden evitar, por descontado, caer rendidamente enamorados el uno del otro, pese a las dificultades inherentes a tal romance. Un hándicap considerable cuando, pese a los evidentes esfuerzos de Catherine Hardwicke por dotarlo de espesor dramático y poesía, el irritante esquematismo de la pareja protagonista, sumado a la nulidad interpretativa de los encargados de otorgarles credibilidad —y alma— terminaba por restringir considerablemente el interés de la propuesta, al menos para muchos de los que quedamos fuera del segmento poblacional infanto-juvenil.

Para el demográfico buscado la levedad con que era abordado tanto conflicto no resultó al parecer un problema, por lo que el éxito en taquilla propició la rauda llegada de La saga Crepúsculo: Luna nueva (The Twilight Saga: New Moon. Chris Weitz, 2009) y La saga Crepúsculo: Eclipse (The Twilight Saga: Eclipse. David Slade, 2010), tan derivativas y asumidamente circunstanciales ya desde la propia serialidad de su título. En línea con el que, a decir de los que han tenido la paciencia de llevar a cabo una lectura crítica de las novelas originales, es el principal leit motiv de la saga: la folletinesca descripción de un enamoramiento bigger than life que eclipsa, nunca mejor dicho, todo lo demás, tanto Chris Weitz como David Slade se limitan a encuadrar con asepsia funcionarial lo que millones y millones de fans anhelan ver: una agotadora sucesión de encuentros y desencuentros entre la sufrida Bella y sus vedados objetos de deseo Edward y Jacob (Taylor Lautner), introducido el joven licántropo como tercer vértice del inevitable triángulo para ponerle carnaza al asunto —sonrisa blanquísima y torso cincelado en gimnasio mediante—, alargando además la disyuntiva de la pobre muchacha —“¿con quién de los dos me estreno?” — por espacio de dos inanes entregas.

Asumiendo el nulo interés de ambas películas en términos propiamente cinematográficos, lo que resulta bien patente es hasta que punto cierto producto industrial es capaz de renunciar a las características distintivas del medio para ofrecer meras trasposiciones adulteradas de lo previamente escrito, encadenando imágenes y diálogos carentes la más mínima entidad propia. Si bien la absoluta falta de confianza mostrada por los responsables de la saga Crepúsculo —firmemente atados en corto por la propia Stephenie Meyer— en el valor distintivo del cine respecto de la literatura no es, desgraciadamente, infrecuente en estos tiempos, sí que alcanza en esta ocasión cotas difícilmente superables, desnudando merced a su obsesiva sumisión al texto de partida lo acomodaticio de una operación de marketing donde ni siquiera aquello que no atañe a las tribulaciones del trío protagonista se libra de una imperdonable dejación de funciones, macerada en topicazos y lugares comunes. Dudo mucho que los productores se sientan interpelados por esta u otras diatribas similares, pero si así fuera a buen seguro desautorizarían a este treintañero apelando al balance de resultados y lo que, por descontado, “los adolescentes quieren ver en pantalla grande”. Y ahí está el quid de la cuestión.

Y colorín, colorado…

Porque uno no termina de asumir que los más jóvenes se vean reflejados en una historia tan blanda y elusiva como la planteada, ajena a las convulsiones de una etapa vital donde todo es movimiento, agitación, novedad. Por más que las dudas e inseguridades que asolan a Bella, Edward y Jacob, condicionando por añadidura la relación con sus iguales —y mayores— sean similares en esencia a las de los que les siguen al otro lado de la pantalla, estas no afectan creíblemente a su comportamiento y actitudes, el propio de unos personajes generados para hacer progresar la narración en la dirección de la previsible —y almibarada— conclusión, pergeñada por una ideóloga con una visión ciertamente maniquea del conflicto (tardo)adolescente. Toda vez que las bajas pasiones no afloran a la superficie, y que los intérpretes elegidos se muestran incapaces de sugerirlas de modo creíble, queda la sensación de que esta suerte de coyuntural vaciado tiene más de añoranza adulta que de genuina visión juvenil sobre un amor más allá de la vida y la muerte. El que cuente con un respaldo masivo, y no sólo entre aquellos a los que teóricamente va dirigida, se explica por un fenómeno tan contemporáneo como el de la sumisión acrítica al evento mediático; era tan sólo cuestión de tiempo que surgieran visiones antagónicas, considerablemente más carnales y contestatarias, de la compleja relación entre juventud, trascendencia y vampirismo.

Así las cosas, el caldo de cultivo para que La saga Crepúsculo: Amanecer (The Twilight Saga: Breaking Dawn. Bill Condon, 2011-12) gozará cuando menos del mismo respaldo que sus (muy taquilleras) predecesoras estaba servido, aunque sólo fuera porque sus dos inmediatos precedentes estiraban la trama ad nauseam, alimentando arteramente el ansia de sus legiones de espectadores por ver con sus propios ojos ese gran final previamente leído o anticipado; pese a que la artificiosa división en dos partes no escatima en metraje de relleno, al menos la conclusión recupera algo del hálito poético del filme original, mérito que cabe atribuir ante todo a la elegante labor de Bill Condon, sólidamente pertrechado por Cartel Burwell (B.S.O.) y Guillermo Navarro (Fotografía). Si en Amanecer – Parte 1 la inminencia del fin de ciclo vital tomaba la forma de un cuento de hadas —con la boda soñada y una luna de miel digna de un anuncio de Ferrero Rocher— abruptamente interrumpido por la terrible, inesperadamente cruda realidad de un embarazo mortal, Amanecer – Parte 2 se centra, como no podía ser de otra manera, en el renacimiento de la protagonista, recién estrenada su condición de vampira, que pasa ante todo por la asunción de una maternidad deseada, obligandola a luchar contra la intolerancia de sus más poderosos congéneres.

Son los primeros compases de la película, aquellos en que vemos a Bella descubrir entusiasmada sus nuevas habilidades, correteando por el bosque tras Edward o escalando a pelo una montaña en pos de la sangre caliente de un escalador, con mucho los más estimulantes, pues permiten atisbar al fin la animalidad inherente al no-muerto, escamoteada del relato hasta entonces. Pero poco dura esta bocanada de aire fresco, pues los Vulturi —antagonistas de cartón-piedra de la saga— no tardan en aparecer, propiciando el gran enfrentamiento final contra los Cullen —ya se sabe, los buenos— y todos los aliados que estos han ido reuniendo alrededor del mundo, lo que da lugar, sorprendentemente, a que el proverbial tono folletinesco de las entregas anteriores ceda al empuje de los códigos propios del cine de superhéroes, incluido el mega-climax final en que todos tendrán ocasión de hacer uso de sus poderes sobrenaturales. Teniendo en cuenta que la trama de Amanecer – Parte 2 se articula en base a la gran batalla final, hay que decir que cuando menos decepciona: confundir desorden con espectacularidad es un error no por frecuente menos perdonable, que contribuye además a que la visceralidad que se le presupone a tanta saña desbocada no se traslade a la pantalla. Si se me permite la maldad, tal vez les hubiera convenido a los productores del asunto, a modo de penitencia, repescar al infrautilizado David Slade —recordemos, firmante de 30 días de oscuridad (30 Days of Night. 2007)— tras endilgarle esa patata caliente denominada Eclipse.

Y tras la tempestad, llega la calma; una vez templados los ánimos con los belicosos parientes, el inevitable happy ending nos recuerda lo muchísimo que se quieren Bella y Edward, Edward y Bella, que ahora sí podrán estar juntos para siempre. Un encadenado de imágenes extraídas de los títulos anteriores puntea la evolución de su amor sublimado, subrayando hasta el hartazgo, pues es el epílogo, lo que a tenor de sus responsables lega la saga Crepúsculo para la posteridad… en mi modesta opinión, la definitiva entronización de un modelo de entender el negocio cinematográfico que le niega, al cine, el pan y la sal, contando (mal) en cinco películas lo que perfectamente, y sin perder un ápice de narratividad, se hubiera podido concretar en dos, o dos y media. Pero claro, lo primero es agradar a las legiones de seguidores —sin pararse a pensar que es realmente lo que quieren—, vender entradas y merchandising alusivo y, por descontado, preservar el ego del autor/la autora de turno, que acostumbra a entender la fidelidad al original como incluir en el pastiche resultante hasta el último punto y coma. Demasiados condicionantes como para acordarse de hacer, nada más y nada menos, que entretenimientos dignos para los adolescentes de todas las edades.