El efecto Pigmalión

Cuentan Las metamorfosis cómo el desprecio que Pigmalión sentía hacia las Propétides le llevó a hacer una vida célibe, hasta que talló una estatua de marfil de tal perfección y belleza que se enamoró. Venus, benevolente siempre en cuestiones de amor, dio vida a la obra del creador y ambos contrajeron matrimonio. La historia es tan hermosa que los cuernos de la luna solo tuvieron que completar nueve veces el disco para que ella diera a luz pero, ¿cómo fue su vida en pareja? Sin haber cumplido los treinta, la nieta de Elia Kazan, y los directores Jonathan Dayton y Valerie Faris, juegan a imaginarlo.

No es infrecuente identificar originalidad con novedad, pero no menos original resulta ser novedoso con uno de los mitos que más veces ha servido de inspiración. No podía ser de otra manera, ya que Ovidio recogió en unas pocas líneas la esencia del dilema que enfrenta al creador frente a su trabajo. El tema del artista enamorado de su obra ha dado al cine algunos de sus momentos más memorables, siendo Vértigo (Alfred Hitchcock, 1958) una de las reflexiones más sublimes sobre el arte de crear, que no es otro que el de mirar, y saber expresar esa mirada. La fascinación del creador por su propia obra le lleva generalmente hacia el abismo cuando ésta adquiere vida propia, habitualmente a través de la muerte. Trueba consigue cuanto menos perfilar ese vacío en su última película, y también lo logró Aronofsky con El cisne negro, bebiendo directamente de la misma fuente que Dayton y Faris, Las zapatillas rojas (Michael Powell y Emeric Pressburger, 1948). Lo bonito —y el calificativo está puesto a propósito— es que la referencia está buscada por un primer plano, al igual que las alusiones a Billy Wilder son intencionadas, y nada más ver la película los nombres de Pirandello, Cervantes o Unamuno vienen a la mente sin ningún tipo de esfuerzo intelectual. Y si no vienen, no importa. Ese es el mérito de Ruby Sparks, ser una película compleja que se ve sin ningún esfuerzo.

Zoe Kazan aborda tal cantidad de temas que roza lo pretencioso, pero es lo suficientemente inteligente para no querer dar respuesta definitiva a ninguno de ellos. El creador enamorado, la dificultad de la creación, la búsqueda de la obra de arte y la obsesión por la perfección, son actualizados a través de la fama y la dificultad de cumplir las expectativas con un segundo trabajo. Curiosamente la situación de sus directores, que hace seis años supieron asentarse en el imaginario colectivo cinéfilo con su Pequeña Miss Sunshine. Además, en este caso el amor del artista por su obra se hace literal, lo que lleva a sus creadores a meditar sobre otro tema más prosaico: las relaciones de pareja y los sutiles mecanismos que las sostienen, las transforman o las destruyen. La película es tan equilibrada que lo que en principio era una comedia romántica basada en el mito de Pigmalión, se convierte en un drama sobre la convivencia. Las disquisiciones sobre el acto de la creación dan paso a una cascada de preguntas sobre la relación en pareja y sus luchas de poder. De las angustias de Calvin por conseguir la obra maestra, pasamos a ser testigos de su incomprensión al ver que su relación no es lo que él esperaba. Y los directores son tan sutiles en sus transiciones, que se te congela la sonrisa que todavía tienes en la boca cuando de repente asistes a una escena de maltrato tan cruel que bien podría haber sido extraída de Te doy mis ojos (Icíar Bollaín, 2003). ¿Dónde están los límites entre el yo y el otro en una relación? ¿Cuál es la frontera entre construir juntos y anular al contrario? ¿Convivencia o sumisión? En definitiva, ¿existe el libre albedrío en la pareja o somos la consecuencia de la mirada del otro? Eso conocido como el efecto Pigmalión.

Todas estas cuestiones están planteadas con gracia y sin ánimo de resultar dolorosamente trascendentales. Con un final coherente con sus planteamientos y su tono general, y que deja un estado de ánimo agradable, similar al recuerdo de Miss Sunshine. La película seguramente quedará en eso, en un recuerdo simpático. Le falta acidez y cinismo, pero eso todavía no es exigible a una joven intelectual de vida acomodada. Es la madurez, y el silencio de los días amargos, lo que da lucidez a las historias oscuras, o si no, que se lo pregunten al abuelo.