Filmar la juventud

Antes de morir prematuramente, a causa de las secuelas provocadas por un atropello, Denton Welch legó a la literatura el que tal vez sea uno de los mejores tratados sobre la adolescencia, En la juventud está el placer. A través de las peripecias de su protagonista, Orvil Pym, Welch se dedicaba a cazar cada instante de efímero placer juvenil condenado a desaparecer con los primeros síntomas de la madurez. Frente a los paseos campestres y las tormentas de verano —con qué asombrosa intensidad captura sus ritmos nuestra memoria adolescente—, la tentación del vacío y la tristeza de una incipiente mirada adulta que, tarde o temprano, olvidará cómo calibrar el brillo de aquella belleza.

El cine también ha sido ejemplo del afán por acercarse al delicado universo de la infancia-adolescencia tal y como lo filmaría un niño. Así, por ejemplo, los atolondrados y tiernos personajes de Zazie en el metro (Zazie dans le métro, Louis Malle, 1960), filmados con la visión impulsiva de una niña que quiere devorar cada palmo de la ciudad en la que apenas permanecerá unas horas; o el sensible romance de Moonrise Kingdom (Wes Anderson, 2012), cuyos paisajes parecen pintados por una mano infantil. En Submarine (Richard Ayoade, 2010) el (des)amor y la melancolía trazan una fina línea por la que camina su personaje central, Oliver Tate. Arropado por las hermosas canciones de Alex Turner, Oliver describe su complicada vida a través de esos detalles que pasan desapercibidos al control adulto: el regulador de luz de la habitación de sus padres que indica desde cuándo no mantienen relaciones; el pequeño eccema que cubre parte de la piel de Jordana; la máquina de escribir con la que redacta improbables cartas de amor; o las cintas de cassette con selecciones musicales grabadas por su padre. A través de esos diminutos gestos, Oliver construye un mundo alrededor, una pecera de grandes dimensiones en la que, de tanto en tanto, asoma un periscopio que atisba fragmentos de una realidad —el amor, la tristeza, el paso del tiempo— para la que no está preparado.

Para un adolescente, su habitación es lo más parecido a un retrato robot; en su interior almacena cada rasgo, cada elemento, que define su identidad. La habitación de Oliver podría ser el camarote de un barco, plagado de motivos marítimos y colores azules que evocan, junto al sonido de las gaviotas que sobrevuelan la orilla, ese horizonte de libertad que anhela un Oliver cuya vida parece encapsulada. Por eso, resulta significativo que los paisajes románticos que acogen el amor adolescente de Oliver se ubiquen junto al mar de Gales, el único espacio que, como sucedía con los niños protagonistas de Moonrise Kingdom, se halla fuera del alcance de cualquier mecanismo de control —la escuela, los dramas y miserias familiares, o la propia inseguridad—, de cualquier gesto reprobatorio que no entiende el funcionamiento de los corazones pequeños.

Entre el azul y el rojo, así transcurre Submarine. Del azul celeste de la pared desconchada de la habitación de Oliver al rojo intenso del abrigo de Jordana, los dos únicos colores que destacan en una paleta apagada. La evocación de ese otro mundo, de este modo, se encuentra con los primeros amores, los besos bajo el puente del pueblo, la llama de las cerillas de la marca Torpedo y las polaroids que decoran toda una pared. El rojo intenso del abrigo de Jordana marca, así, la transición de Oliver hacia el otro mundo que se despliega al otro lado de su pecera, de su camarote de barco sin ventana que dé al exterior. Un mundo que demuestra las enormes posibilidades que se ocultan tras la mirada sensible de un adolescente que empieza a dar solo sus primeros pasos en el aprendizaje sentimental.

Como Anderson o Malle, Ayoade parte en busca de una poética juvenil que ilumine cada rincón de la existencia de su protagonista. Frente a la tentación de permanecer en ese camarote que Oliver descubre en sus sueños a la deriva en mitad del mar, la decisión de entrar de pleno en una época repleta de anomalías y alteraciones; de reinventar un pueblo grisáceo de Gales con un tiempo de felicidad, tal vez efímera, que inyecte la necesaria intensidad con la que capturaremos nuestras primeras experiencias. Submarine marca, así, otra clase de transición, la que transcurre entre la mirada inocente y su temprano despertar. Y Ayoade, con toda la delicadeza que imprime al relato, escoge un espacio tan icónico como la playa para filmar el último temblor de la infancia, ese momento donde aceptamos nuestra vulnerabilidad y tomamos plena posesión de nuestros sentimientos. Allí donde mueren las olas, una pareja de adolescentes da el paso hacia otra historia posible.