El año que sucumbimos a la universidad

1 Hace dos martes, Whit Stillman vino a Barcelona a presentar Damiselas en apuros, su primera película en trece años, desde The Last Days of Disco (1998). Después de la proyección, hubo una breve charla con él y una mujer le preguntó si era o no casualidad que el verdadero apellido de Violet, el personaje de Greta Gerwig, sea Tweeter y se pronuncie igual que Twitter. Stillman dijo que el detalle no era intencionado, aunque me niego a creer que, a lo largo del proceso de escritura, producción y rodaje nadie se diera cuenta de ello. Los filmes del autor de Barcelona (1994) son como libros de aforismos o cajas de galletas de la suerte: están repletos de frases y diálogos para coleccionar, ocurrencias relativas a la vida moderna y, en particular, al mundo de las relaciones amorosas. Sin ir más lejos, admitiré que cuando me abrí una cuenta en Facebook, acababa de ver Metropolitan (1990), la opera prima de Stillman y, en el apartado de citaciones favoritas, puse una de dicha película. Una cita, para más inri, que versaba sobre citas (con mujeres).

No puedo dejar de entender Damiselas en apuros como una coda irónica y luciferina a sus tres anteriores largometrajes, en los que varios personajes trataban de descubrir hacia donde debían encaminar, y con quien, sus pasos. Aquí, los pasos son de claqué (¡y de sambola!). Nos hallamos ante una fantasía que invita, precisamente, a rebajar el tono de nuestras fantasías. Y el ficticio campus de Seven Oaks, con sus seminarios sobre la desidia y sus inquietantes asociaciones de sodomitas (¿qué es exactamente A.L.A.?), es el escenario idóneo para escenificar nada más y nada menos que el fin del mundo, que tendrá la apariencia de una bacanal romana de segunda mano y se repetirá, año tras año, sin que podamos hacer nada para evitarlo.

2 Seven Oaks no está en ninguna parte. Si acaso en los delirantes Estados Unidos que recorren el niño al volante de Motorama (Barry Shils, 1991) o Edipa Maas, la alucinada protagonista de La subasta del lote 49 de Thomas Pynchon, a la caza de una quimera con forma de trompa. No deja de sorprenderme que quienes se han acercado a Damiselas en apuros lo hayan hecho casi sin excepción vinculándola al resto de su filmografía y al musical de Fred Astaire al cual Whit Stillman guiña el ojo —Señorita en desgracia (A Damsel in Distress, George Stevens, 1937)— sin reparar en que, tras ese aspecto ingenuo de película de enseñanzas femeninas en la intersección exacta entre lo demodé y lo posmoderno, habita la película juvenil más marciana que este cronista recuerda haberse echado a la cara en mucho tiempo, excepción hecha de la inenarrable Los sueños se hacen realidad (Dreams Come True, Max Kalmanowicz, 1984). Además de unos adictivos diálogos que fluyen como torpedos directos a cargarse la línea de flotación de nuestro sentido del desconcierto, y de personajes tan absurdos como ese universitario que no sabe distinguir los colores primarios, la película está plagada de detalles insensatos. Uno de los que más me perturba es ese momento en el que Violet regresa al campus tras su periodo de duelo, ha pasado la noche llorando en un motel, y cuando a su regreso las chicas se ponen a parlotear sobre los moteles de la zona, descubrimos que estos no tienen un nombre concreto, sino que se los designa con números. ¿Será que Seven Oaks y su entorno, con su flamante e ineficaz centro de prevención del suicidio, sus moteles adyacentes y todo lo demás, no es algo así como un gran entramado de pesadilla concebido por una mente perversa con el objetivo de hacer frente a un hipotético problema de superpoblación, induciendo a darse muerte a todo aquél que tenga la desgracia de sucumbir o simplemente de no hallar la puerta de entrada a ese paraíso de sexo, alcohol y vida disoluta que promete la universidad?

3 Ignoro si estoy escribiendo presa de la paranoia, a lo Philip K. Dick, tras ver dos veces una película en la que sigo sin tener claro si Violet Wister (otro juego de palabras: ahí se agazapa el twist, que fue la primera gran epidemia mundial del baile) es un personaje digno de admiración o alguien por quien sentir lástima. Demasiado bonita para inspirar lástima, podríamos pensar, aunque una de las cosas que ella misma preconiza es que la lástima (seamos políticamente correctos: conmiseración) es un principio tan válido como cualquier otro para iniciar una hermosa historia de amor. Otra de las cosas que le preguntaron a Stillman en el post-screening es si, en el fondo, no escribió el guion queriendo ser él mismo el personaje de Greta Gerwig y crear una nueva fiebre internacional del baile. “Para nada”, contestó, sin que mediara ni un segundo de duda, aunque, igual que cuando negó todo conocimiento sobre el asunto de Twitter, habrá que poner en cuarentena su respuesta.

El pasado año, el grupo barcelonés Doble Pletina se presentaba en sociedad con un tema delicioso llamado “Música para cerrar las discotecas”. La ambición de Violet, en cambio, es que la vida sea como una discoteca y nunca cierre; eso sí, una discoteca en la que, al final de la noche, todos tengamos con quien irnos a dormir. Es una insensata, pero qué más da, todos lo somos en mayor o menos grado. Que se aparten los que no estén dispuestos a comulgar con Damiselas en apuros: Whit Stillman ha vuelto a la pista con un movimiento demasiado ágil como para que podáis resumirlo adecuadamente en un tuit o en un estado de Facebook. A mí, sinceramente, ahora mismo me preocupa el no saber bailar la sambola. No creo que fuera capaz de aprender a hacerlo.