Fracturas

Tras una adolescencia marcada por la delincuencia juvenil, Malik El Djebena es condenado a pasar seis años recluido en Brécourt. En su traslado a la prisión, Jacques Audiard filma esa travesía en furgón policial a través de las rejas del vehículo. La imagen de la realidad, de las calles, la gente y las vidas minúsculas que tienen su lugar, quedará recortada entre el hueco de los barrotes. Así comienza Un profeta (Un prophète, 2009). En ella, Audiard relata cómo la cárcel se convierte en la escuela del crimen, en un aprendizaje de la violencia que marca, con una huella indeleble, el destino de su protagonista, cuya madurez le conduce hasta la cima de la mafia. El destino es un concepto que en Audiard guarda un relieve especial. Como en la mejor novela negra —la de Thompson, la de Bunker, la de Jean-Patrick Manchette—, uno rara vez escapa de su fortuna. De ahí la tristeza del Thomas Seyr de De latir mi corazón se ha parado (De battre mon coeur s’est arrêté, 2005), cuyas manos, virtuosas para tocar el piano, se resiste a entregar al crimen.

En De óxido y huesos (De rouille et d’os, 2012), el destino embiste los mundos opuestos de sus dos protagonistas. Alejado de las coordenadas del género negro, Audiard construye un drama alrededor de dos personas marcadas. Él, Ali, una mole hipermusculada que ha conseguido ocultar sus emociones en un cuerpo consagrado a la violencia. Ella, Stéphanie, una entrenadora de orcas que ha perdido sus piernas en un accidente y no sabe cómo derribar la distancia que ha interpuesto contra el mundo. Como sucedía con el delincuente de su anterior filme, Audiard nos muestra esa visión de las pequeñas cosas, de la realidad, incapaz de soslayar sus limitaciones. Como si se tratase de una bestia salvaje, Ali solo consigue huir de su precariedad emocional a través de las peleas clandestinas, del sexo brusco a hurtadillas con alguna mujer desconocida, en esos momentos en los que el cuerpo lo puede todo. Filmado con una delicadeza especial, Ali parece vivir en el temblor de su brazo tras asestar el último golpe contra el rostro de su adversario, en el polvo, la sangre y el sudor que deja su voluminosa figura en el pedregal donde se parte la cara por unos euros. Mientras, Stéphanie lo observa junto a nosotros, con la misma distancia con la que ambos conviven, entre la timidez y el cariño, como dos personas heridas que no saben apañárselas solos.

Solo, enganchado a sus auriculares, Tom observa atentamente una grabación de vídeo en la que un pianista practica ejercicios de digitación. La imagen congela esos dedos que se deslizan sobre las teclas del piano. Cualquiera podría decir que Tom está obsesionado con esas manos, porque está convencido de que las suyas nunca podrán ser como esas. Cuando vives abocado a la violencia, como el Malik de Un profeta, solo puedes acostumbrarte al tacto frío de un arma o al calor del bolsillo del abrigo donde escondes la prueba del crimen. Sin embargo, en De óxido y huesos Audiard se empeña en demostrar lo contrario. A diferencia de sus anteriores personajes, también desde la violencia más brutal se puede encontrar la sensibilidad más insólita. Así, las manos de Ali, acostumbradas a heridas y fracturas, hallan en la piel de Stéphanie ese lugar donde explorar otra clase de contacto. Lo más cercano a ese entorno familiar que no puede mantener a flote.

¿Qué es un drama sino una historia que vierte lentamente su temor? En su último filme, Audiard nos habla de personajes al límite, consumidos en un daño que han alimentado durante demasiado tiempo; individuos que, ante el compromiso, siempre eligen la huida, la desaparición. Cuando las fracturas del pasado reabren sus heridas, nos esfumamos dejando todo atrás. Por eso, en una historia donde las manos adquieren un relieve especial, una de las imágenes más dolorosas es la del pequeño Sam, el hijo de Ali, observando —junto a nosotros— desde la oscuridad de su habitación su fuga a cualquier otro lugar, a ese nuevo espacio que le permita seguir explotando la violencia como única expresión posible. Tanto es así que, consciente del vacío abrupto de esa mano magullada, la cámara de Audiard se pegará a los bajos del camión que conduce a Ali hacia su nuevo destino.

Bajo sus cuidadas imágenes, que reflejan el brillo de la costa francesa con una intensidad sobrenatural, que retratan con brío la odisea de Ali y Steph por entenderse desde sus respectivas heridas, late el deseo de encontrar ese momento donde el dolor del drama sacuda a la violencia de las imágenes. Al fin, Ali, que se ha caracterizado por esa musculatura continuamente tensionada, preparada para asestar un golpe o follar como una bestia, encuentra la expresión de su drama. Con las manos fracturadas tras partir el hielo de un lago, Ali derrama sus primeras lágrimas mientras Audiard funde respetuosamente a negro. De pronto, aquellas manos destinadas a la violencia encuentran esas otras capaces de hallar el cariño entre los surcos de un cuerpo, los minúsculos cabellos de la cabeza de Sam o la acogedora cintura de Steph. Esa transformación que sus historias criminales nunca consiguió llevar a cabo tiene, por fin, lugar en el drama de Audiard.

Las primeras palabras del relato breve de Craig Davison que adapta el filme son, en este caso, las últimas que escucharemos por boca de Ali. Los huesos rotos de la mano, nos dirá, nunca acaban de curar del todo sus fracturas. La obligación del drama es ayudarnos a aprender cómo convivir con estas. Porque en sus cicatrices se encuentra nuestro lugar, nuestra educación, quiénes fuimos y quiénes somos. La mano, cálida y cercana, que nos acompaña en nuestro destino. Allí donde la vida ha olvidado los límites que encerraba.