Fugas

Si El bosque resulta curiosa no lo es menos el conjunto de la filmografía de su autor. Atolladero (1995), basada en una serie de comics propios, se lanzaba de cabeza a mezclar western y ciencia-ficción (género por aquel entonces poco cultivado en España); pese a su irregularidad, con mejor distribución tal vez podría llegar a ser cinta de culto. Platillos volantes (2003), tal vez su mejor obra, era otra mezcla, en esta ocasión de comedia costumbrista y ciencia-ficción, revisitando la historia de dos infelices que acabaron suicidándose en pos de un místico viaje con los extraterrestres. Jorge Guerricaechevarría coescribió una triste odisea, narrada con humor negro y corrosiva mirada sobre una sociedad gris y unos personajes que tratan de huir de ella buscando un mejor destino más allá de las estrellas. El gran Vázquez, (2010) dirigida y escrita en solitario, contemplaría de nuevo las miserias de la sociedad franquista a través de un genial dibujante de comics que pretendía triunfar mediante los mismos trucos, cambalaches, estafas y ardides que recogía en las páginas de los tebeos. Vázquez, más allá del humor, trazó testimonio de la tristeza social de su entorno más inmediato, el que él mismo pretendió burlar y que Aibar recogió con humor y realidad a partes iguales.

Cuenta Oscar Aibar en El bosque una anécdota digna de The Twilight Zone y lo cuenta con la ayuda en guion del autor de la historia, Albert Sánchez Piñol. Y, como en sus obras previas, el director se lanza a un cóctel extraño, que no indigesto,  de drama rural y ciencia-ficción. Habría que remontarse a El corazón del bosque (M. Gutiérrez Aragón, 1979) para identificar trazos del fantastique en las historias de la guerra civil aunque en aquella ocasión el referente fuera un mal abstracto como en El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad. Y aunque tenemos, mucho más próximos,  El espinazo del diablo (G. del Toro, 2011) y El laberinto del fauno (G. del Toro, 2006), la película de Aibar no bucea en el género. El bosque es escurridiza incluso en este aspecto, puesto que el toque fantastique funciona como un McGuffin, un pretexto, para hacer avanzar una historia que es un drama, de nuevo, de personajes que huyen de la realidad. Allá dónde unos buscaban extraterrestres felices y otro lujo y mujeres, bienes escasos en sus sociedades,  el payés encarnado por Alex Brendemühl huye para salvarse de la quema revolucionaria encendida con el alzamiento golpista de Franco pero, en buena parte, para tener una tranquilidad que ha perdido. Ramón tiene la opción de buscar otra vida entrando en una misteriosa bola de luz que se ilumina en su bosque dos veces al año y que parece conducir a otro mundo del que nada sabe. Empujado por la necesidad se adentra en lo desconocido, pero, curiosamente, tras su primer retorno, Ramón no plantea a su mujer Dora que marche con él. Simplemente va a visitarla, pregunta por la evolución del conflicto, deja algún souvenir del más allá y parte de nuevo. La peculiaridad de El bosque, debida tanto a la pluma de Sánchez Piñol como a Aibar, es presentar lo extraño como cotidiano y la ironía soterrada con que lo contemplan. Ramón habla tan poco de los habitantes del otro mundo, «los señores besugo», como pregunta por su hija. Él va y viene como quien toma el AVE o el puente aéreo. En contraposición Dora deberá enfrentarse a la realidad. A la mezquindad de los milicianos supuestamente anarquistas y al odio que el despechado Coix tiene hacia Ramón, no por terrateniente sino por antipático, más incluso que por haberle birlado la novia.

Aibar puntúa con las idas y venidas de Ramon el curso de la guerra hasta que su regreso definitivo coincidirá con la llegada de la guardia mora que sorprenderá al payés y al anarquista en un duelo a puñetazo y mordisco limpios (bueno, más bien sucios). El humor negro, el sarcasmo, que Aibar luce en su filmografía aparece también, aunque más aisladamente, que en las obras antes citadas. El espectador padece junto con Dora la languidez de una historia contada muchas veces a la que no se aportan grandes novedades y se narra con planos medios y primeros planos, demasiado televisivos. Es por ello que, junto a la abandonada campesina, nos sentimos viudos mientras esperamos la vuelta de Ramón, punto álgido de la narración. Pese al interés de la historia, parece que a Aibar la ruralidad le ha sentado mal y no será hasta el final y el  epílogo en que, mezclando realidad y ficción, nos estimule con su mirada… O tal vez todo sea real, baste con que sepamos ir más allá.