Los Demonios (CA)

A punto de dar el salto definitivo a la primera división del cine comercial, de la mano del presumiblemente resucitado Arnold Schwarzenegger, David Ayer se despedirá momentáneamente del subgénero que le ha sostenido como director y, sobretodo, guionista. Dejando de lado su participación en los libretos de U-571 (Jonathan Mostow, 2000), A todo gas (The Fast and the Furious, Rob Cohen, 2001) y S.W.A.T.: Los hombres de Harrelson (S.W.A.T., Clark Johnson, 2003), Ayer se ha especializado en historias de policías caracterizadas por una buscada sensación de realismo, su contextualización en un Los Angeles que parece la puerta del Infierno y la omnipresente sombra de la corrupción y las finas líneas que separan lo legal de lo moral.

Sus mejores aportaciones a la causa han coincidido siempre con sus colaboraciones con el demoniaco perro de James Ellroy. Es el caso de Dark Blue (Ron Shelton, 2002), cuyo guión escribió partiendo de una historia del autor de Sangre en la luna en la que se hacía especial hincapié en una de las obsesiones contextuales del escritor angelino: las revueltas de carácter racial que su ciudad ha vivido en distintas épocas y con diferentes protagonistas. También partía de una historia de Ellroy el mejor film de Ayer como realizador, la contundente Dueños de la calle (Street Kings, 2008). Con el firmante de La Dalia Negra, Ayer tiene varios puntos en común, como el protagonismo de policías más allá del borde de la ley o la visión de un Los Angeles pesadillesco, a tiro de piedra de un México realmente salvaje.

Eran pautas que ya se presentaban en el trabajo más reconocido del cineasta, su guión para Training Day (Antoine Fuqua, 2001), o en su primera incursión como director, Vidas al límite (Harsh Times, 2005). Si en la primera, el novato oficial Jake Hoyt (Ethan Hawke) descubría por las malas que su mentor (Denzel Washington) era un auténtico gánster con placa, en la otra se daba como posible razón a la existencia de esas anomalías morales dentro del cuerpo de policía una cierta tendencia de las fuerzas del orden por seleccionar a su personal entre lo más chungo del sistema. La violencia es una herramienta que ya se encargarán ellos de emplear correctamente. En ambos films, la ciudad californiana se presenta como una genuina jungla, un infierno contrapuesto directamente a su nombre.

Sucede lo mismo en su último film, como director y guionista, que presenta por una vez a agentes de la ley más pulidos en sus funciones pero igualmente atrapados en la pesadilla urbana y violenta de Los Angeles. Retrato de intenciones extremadamente naturalistas sobre una pareja de jóvenes agentes uniformados del LAPD, el film enlaza directamente con Colors (Dennis Hopper, 1988) para reflejar como en la ciudad han cambiado en 25 años pocas cosas más allá de los propios colores o su reparto sobre el plano de la ciudad. O lanzando la sonda temporal más allá, lo ligaríamos con el Los Angeles de los 70 dibujado en Los nuevos centuriones (The New Centurions, Richard Fleischer, 1972) por Joseph Wambaugh, maestro no en vano de Ellroy. La visión de Wambaugh, en aquella o en El campo de cebollas (The Onion Field, Harold Becker, 1979) era igual de pesadillesca e infinitamente más agria que la presentada por Ayer en su obras.

Nunca demasiado destacado en sus funciones como director, Ayer intenta aquí reforzar el naturalismo sumándose a las últimas tendencias de found footage, lanzando así un guiño a la mítica docu-serie Cops (John Langley y Malcolm Barbour, CBS, 1990-1993) y sus derivados. Nada que objetar, más allá de que no es mi opción estética favorita, porque la elección dota al film de un brío extra. Aunque es justo reconocer que los intentos de justificar dramáticamente el asunto son bastante ridículos y entran con calzador en el argumento. Lo sencillo hubiera sido tomar el camino de la excelente The Shield (Shawn Ryan, FX Network, 2002-2008), claro referente a añadir a la lista, empleando la herramienta de forma natural y sin explicaciones innecesarias.

Es curioso ver que la pareja protagonista interpretada con notable solvencia por Jake Gyllenhaal y Michael Peña  tiene un peso realmente equilibrado, sólo ligeramente inclinado hacia el lado del primero, nombre de más peso y reconocimiento. La relación entre ambos está excelentemente dibujada en sus diálogos, al tiempo que su profesionalidad se plasma en la coreografía de sus movimientos. Otro rasgo habitual, quizá más sorprendente, de la labor del director que fue capaz en su anterior film de arrancar una interpretación más que potable de Keanu Reeves.