Desamor indie

La joven que bordea la treintena y es abandonada por su novio poco antes de la boda, su mejor amiga que tiene serios problemas para ligar, los padres modernos y voluntariosos, el novio en crisis que necesita tomar distancia pero se lía con otra, la comida compulsiva en el sofá, quince canciones, la joven que se prueba vestidos obsesivamente frente al espejo, el «mejor amigo feo» del que se acaba enamorando ella pero que al final se acuesta con su mejor amiga y… hasta la hipnosis. ¿Estamos hablando de una nueva parte, versión, precuela o secuela de El diario de Bridget Jones, productos o subproductos parecidos? No. Hablamos de Lola Versus, cine indie pata negra rodado íntegramente en Nueva York, en el que se habla abiertamente de vaginas y penes y que parece querer flirtear con la sordidez aunque sin duda está mucho más dominado por la candidez.

No sé si alguna vez se ha sabido muy bien lo que es el cine indie, pero de lo que estoy seguro es de que ha llegado un momento en que no solo se ha convertido en casi un género más, sino que la etiqueta ha subvertido el propio origen de su significado, ya que a partir de un punto empezó a ser un perfecto modo de «vender el producto». Consideraciones generales al margen, y teniendo en cuenta el bajo presupuesto, el estreno minoritario, el equipo y la productora —aunque convenientemente distribuida por la Fox—, Lola Versus encaja perfectamente en el canon de un cierto cine independiente que, paradójicamente, emplea argumentos manidos provenientes del cine comercial, los empaqueta estéticamente en torno a unas variables determinadas, adereza el conjunto con la apariencia de cierta incorrección política y deja el producto perfectamente preparado para el gran mercado. Algo que no está bien ni mal en sí mismo, al menos bajo mi punto de vista, siempre y cuando seamos capaces de que no nos den gato por liebre.

Aunque lleva interpretando desde 2006, la singular actriz Greta Gerwig (Lola) ha eclosionado durante 2012 con varios trabajos para televisión, Frances Ha (Noah Baumbach) y A Roma con amor (To Rome with Love, Woody Allen). Sin duda, es la principal baza de la película, pero en absoluto suficiente. Gerwig posee un encanto especial, mezcla de esa apariencia de chica perfectamente normal de la que cualquiera podría enamorarse y excéntrica amiga con la que cualquiera podría divertirse. El problema es que recuerda demasiado, en muchos planos, a la primera Kate Winslet y, sobre todo, que no es fácil construir un relato —sobre todo cuando el relato es eminentemente convencional— sobre una mera cuestión de telegenia. Su singularidad apenas sirve para atenuar la sensación de que ya habíamos visto todo lo que Lola Versus quería que viéramos.

No se trata solo de convencionalismo, también de impericia. El personaje de Lola no acaba de estar bien definido (la vemos como camarera, impartiendo clases y diciendo que es escritora y que está preparando la tesis, sin saber muy bien en ningún momento cuál es su verdadera dedicación), el de su novio es un mero esquema (la deja antes de la boda y se lía con otra, sabemos poco más), hay temas que parecen querer cobrar importancia pero quedan en el limbo (el deseo de tener hijos como motor de la crisis de Lola), etc., etc. Pero quizá lo más molesto de Lola Versus es la sensación que ofrece de querer ser rebelde y no llegar ni siquiera a quedarse en el borde. Frases como «Tengo 29 años antes de la próxima revolución» denotan ese vivo deseo, así como la aparente libertad sexual que queda emborronada en otras afirmaciones como «Soy algo zorra, pero soy buena persona» o «Me atraen los hombres que me castigan». Incluso cuando ensaya cierta sordidez, como en la escena en la que Lola acaba completamente borracha en un club nocturno, la película rápidamente pliega velas como no queriendo ser demasiado oscura. Digamos que pretende ser una película políticamente incorrecta siempre que lo políticamente incorrecto sea aceptable, o lo que es lo mismo, la cuadratura del mismo círculo que querer hacer cine indie bajo esquemas ya ensayados por el cine comercial.

Hay un momento, un solo momento, en que Lola Versus parece que puede elevar el vuelo, que es la escena en que ella se acuesta con su mejor amigo, Henry (Hamish Linklater), es decir, cuando un segundo personaje acude en auxilio de Lola, incapaz de sostener el peso de todo el filme, y lo hace prometiendo una transformación caracterológica que luego queda frustrada. Él y ella anuncian en ese momento la interesante segunda parte de una mediocre película que su guionista prefirió no escribir. A cambio, nos dirige hacia un final en el que Lola, por fin, ha aprendido a vivir sola, o eso parece. Recuerdo haberlo visto antes.