Vi la película No en San Sebastián en una sesión nocturna maravillosa, en una proyección que empezaba a las 00.01, un minuto después de haber acabado la huelga masiva y general en Euskadi del 26 de septiembre. La vi en una sala abarrotada que sintió como suya la odisea con final feliz de un país en las carnes de un creativo, en el alma de un político y en la conciencia del mundo libre. Hice la crítica como se hacen las críticas en este tipo de evento: el mismo día o al día siguiente, en una pequeña habitación compartida, con las prisas de la publicación y el vértigo de la siguiente proyección. La sed de pinchos, el hambre de gin tonics. San Sebastián. El paraíso con cielo gris.

Solo 15 líneas donde intentar ser lo más brillante que mis limitaciones me suelen permitir, decir cosas diferentes, sacar alguna sonrisa y combatir la sentencia perezosa en twitter y la estupida modita de los cuadritos con estrellitas en los festivalitos. Yo no trabajo de esto pero no me parece profesional ese tipo de cosas. Porque yo con los festivales practico la profesionalidad del que no solo no cobra por ello, si no que además utiliza las vacaciones de su trabajo remunerado para hacerlo. Por cierto, mi trabajo es el de creativo publicitario lo que quizá hizo que la emoción se me multiplicara por dos viendo la película en cuestión.

No se estrenó el otro día en España y mi amigo Óscar Brox (el encargado de la actualidad en esta santa casa) me asignó la crítica por mi especial vinculación a lo que se cuenta y por mi ya proclamada admiración al filme de Larraín. Mi trabajo desgraciadamente no es salvar a un país, ni hacer libres a unos ciudadanos, ni enterrar la tristeza provocada por la barbarie. El de René Saavedra tampoco lo era en un principio e hizo abrir los ojos a un montón de gente. Yo me dedico a las cervezas y a los coches y lo intento con los preservativos. Podría ser una buena descripción en twitter pero es a eso a lo que le dedico casi 2/3 de mis días. Por esa exagerada dedicación (obligatoria si quieres sobrevivir en esta profesión) se me ha ido complicando esto de cumplir con la crítica de No. Por eso y porque siempre se me hace difícil volver a los lugares donde fui feliz. A los textos que ya escribí. A las sensaciones que ya volqué. Así que me he decidido a hacer un remake de lo que publiqué en septiembre. Analizando lo que pensaba y como el paso del tiempo puede haber intervenido en mis razonamientos confirmándolos, aumentándolo o desmintiéndolos. Un ejercicio parecido al que hizo Haneke con Funny Games USA. Espero que con más suerte.

“En 1988 Pinochet accedió al plebiscito porque lo tenía todo más amarrado que Franco con el Rey Juan Carlos, la transacción española y Victoria Prego”. 

Ayer descubrieron que la amante del Rey esta compinchada con Urdangarín. Una cosa loca. Pero es que este país es así. Una cosa loca. En estos meses también ha pasado lo del PP y Bárcenas y no ha dimitido nadie. En cualquier otro país habría habido dimisiones seguro. Las películas americanas nos han enseñado que incluso si el presidente americano asesina a su amante es capaz de dimitir. También es verdad que es capaz de enfrentarses con un avión a los mismísimos extraterrestres. ¿Os imagináis a Rajoy disparándole a unos marcianos? Seguimos. Ah, Victoria Prego sigue siendo igual de facha pero un poquito más vieja.

“Pero el sentir del pueblo y la magia de una campaña de publicidad hicieron que la dictadura cayera contra todo pronóstico y contra toda manipulación.”

Eso sigue igual, por fortuna.

No de Pablo Larraín, director de las sugerentes pero imperfectas Tony Manero y Post Mortem, cierra su trilogía sobre el régimen pinochetista con su inesperada muerte contando en los 115 minutos que dura su tercer filme el proceso difícil y arduo que conllevó la creación, producción y difusión de esa campaña publicitaria.”

Volviendo a ver la película e intentando ahondar en su estilo cabe resaltar algo que une a los tres últimos filmes de Larraín: La circularidad de la película con su propio contexto fílmico. Su propio concepto rodea a su materialización; respetar ciertas reglas y crear una línea llamémosla ideológica y estética con su propio planteamiento. Si Tony Manero parecía una fábula de ciencia ficción que pasaba en el interior de una persona que al mismo tiempo proyectaba hacia el exterior su propio paisaje interno (una especie de Taxi Driver sepulcral y cariacontecido, safari interior, violento y catódico), Post Mortem era un drama de época travestido de película de zombies inofensivos, ante el ejercito y su propia derrota, desde la visión del mismísimo notario de la historia (el funcionario que reporta la autopsia de Allende). No, es un anuncio de 115 minutos donde las claves del producto está presente en los puntos determinantes de la comunicación publicitaria: El arranque contundente, el giro de inflexión sorpresivo y un final vendedor y esperanzador. Hasta que llega el siguiente anuncio. Las tres películas son tres maneras de ficcionar una historia terrible, una época devastadora y un pasado aún muy presente. El escape de Tony Manero mediante la locura, el descubrimiento de la realidad desde la experiencia de Post Mortem y la victoria final mediante la abstracción, un jingle pegadizo y una estrategia indiscutible de No. La desideologización de la ideología, si se quiere. La utilización libertaria del marketing, si se puede.

“Y lo hace con un filme admirable, con una apuesta arriesgada en lo formal (está rodada íntegramente en vídeo u-matic) y en lo ideológico, con una de esas historia bigger than life que en los tiempos que corren se agradecen en lo personal y en lo cinematográfico.” 

No no tiene miedo en ningún momento a su propia propuesta. Por eso apuesta por el U-matic, por su textura, por su melancolía, por su distancia, por su formato casi doméstico, por su “verdad”. Por eso apuesta por su discurso directo y desafiante, sin otra floritura que la propia de los recursos estilísticos. Una campaña que se gana desde dentro de la agencia que está haciendo la campaña contraria. Los intereses del empresario traicionados por los del obrero que cobra de esos mismos intereses. La guerra de guerrillas como un cáncer o una revolución. Y aunque el obrero no quiera saber nada de historia ni de filosofía, aunque se haya comprado el primer microondas de Chile y vaya a todos los sitios en monopatín, el exilio de su padre, las torturas a la madre de su hijo, las amenazas a este último, las lleva en la sangre. Y de esa sangre brota el sudor, la testarudez y la creatividad. Y eso es historia y eso es filosofía. Por eso, René es casi un héroe hawksiano metido en la piel de un héroe de Capra. Un hombre bueno a pesar de sí mismo y que toma conciencia de clase cuando el mal intenta exterminarlo por las malas. De buenas a primera.

“Una de las mejores películas del año que lo es por el equilibrio de todos sus elementos, por el atrevimiento de la propuesta y porque es difícil unir la emoción a la inteligencia narrativa de una manera tan brillante y tan veraz.”

Siempre he defendido que el mejor cine (o el que a mí más me interesa) es el que consigue un equilibrio ético-estético tan grande y tan absoluto que es capaz de anular todos los prejucios que pueda tener hacia la ética que promueve o hacia la estética que construye. O hacia las dos a la vez. O hacia la admiración de sus contrarios. Pero sobre esas cuestiones creo que es casi mejor leer la animada discusión de Henrique Lage y Pablo Muñoz en esta misma revista: a cuenta de Tarantino, Lincoln y el asesinato de Osama Bin Laden. Lo de la inteligencia narrativa y la brillantez expositiva solo se puede apreciar en toda su dimensión si se ve la película con los ojos tan abiertos como el sentido crítico y el corazón. Por cierto, que palabra más fea para terminar un remake.