Sólo dos discos publicados a principios de los setenta (Cold Fact y Coming from reality) que no hicieron el menor ruido y una leyenda oscura que contaba que había muerto mientras tocaba sobre un escenario. Sixto Rodríguez, tímido cantautor callejero de Detroit, atrajo la atención de varios productores que veían en él un prometedor trovador de su época. Pero nadie sabe dónde estuvo el error, qué es lo que falló para que sus proféticas canciones no sonasen en ningún lado. Su carrera se truncó de raíz a ritmo de un triste presagio en forma de verso (“Cause I lost my job, two weeks before Christmas”) y su espigada figura se esfumó.

Sin saberse cómo, quizás por un viaje de algún turista americano a Sudáfrica con el vinilo bajo el brazo, Rodríguez alcanzó en el país africano una fama inusitada y se convirtió en icono musical de la oposición al apartheid y emblema del movimiento juvenil, al nivel de los Rolling y Dylan en los sesenta. Todos los elementos que convierten a un músico en estrella del rock se daban: ventas millonarias, discos de oro, himnos generacionales y canciones prohibidas por el gobierno sudafricano. Todo esto sin que el propio Sixto Rodríguez lo supiese. ¿Dónde estaba Sixto? ¿Qué fue del músico tras aquellos dos discos? ¿Dónde acabó sus días? A partir de estas preguntas, y con una historia detrás ciertamente alucinante, el realizador sueco Malik Bendjelloul inicia una investigación detectivesca no sólo para dar con el huidizo músico, también para saber dónde pudo acabar el dinero de las millonarias ventas en Sudáfrica y cómo pudo gestarse la leyenda del Sugar Man.

A través de Stephen “Sugar” Segerman, dueño de una tienda de discos en Ciudad del Cabo, y el periodista Brian Currin, la película mantiene en vilo al espectador iniciando un recorrido a través de las pocas pistas que se tienen de Rodríguez, algunos datos peregrinos en sus vinilos y las sugerencias que se esconden dentro de sus enigmáticas letras. Tomando como vehículo narrativo esas elocuentes canciones (largas prosas poéticas que creaban paisajes visuales de la realidad del músico), el documental equilibra el enorme éxito en Sudáfrica con el anonimato y silencio en Estados Unidos, retratando una nocturna y nebulosa Detroit que cimenta ese aura de misterio en torno a Rodríguez.

Con una acertada utilización de animaciones en momentos puntuales y del excepcional material de archivo (contadas fotografías e imágenes de vídeo aficionado en las actuaciones en Sudáfrica) Searching for Sugar Man hace justicia con el verdadero concepto de working class hero musical: un músico de extrarradio de la ciudad obrera de Detroit que (atención, posible spoiler), ajeno al éxito de sus canciones, ha seguido toda su vida trabajando en la construcción y restauración de edificios. El efecto reparador del documental al sacar a la luz la silente vida de Rodríguez y sus poderosas canciones ya justifican la importancia de esta película, brindándole un público mayor a este héroe anónimo alejado de la iconoclasta representación de mitos de la industria musical americana. La fama de Searching for Sugar Man, jalonada con el Premio Beefeater In-Edit Internacional y la nominación al Oscar al mejor documental, parece que le ha ofrecido a Sixto Rodríguez un nuevo lugar, un público que no encontró en los setenta. Sin ir más lejos, ya ha confirmado su presencia en Glastonbury, Coachella y Primavera Sound, el padre, hijo y espíritu santo de los macro-festivales. A Rodríguez se le encontró y se le pudo situar en el mapa pero, ¿y el dinero de aquellas ventas millonarias en Sudáfrica? Ni rastro. Como sugiere una de sus hijas, “a lo mejor otros sí se hicieron ricos”.