“Esto es una ceremonia”

Las palabras que dan título a este texto que es crónica antes que crítica las dijo Rakel Mandela, un personaje de género desconcertante e indefinido que no sé muy bien cómo definir, pero si su Facebook dice que es una mujer yo diré lo mismo. El sábado pasado asistimos, en el barcelonés cine Maldà (cuyas butacas gigantes me retrotrajeron a las de otro templo maravilloso, el Prince Charles Cinema de Londres), al estreno de Al Pereira vs. The Alligator Ladies (2012), la última película de Jesús Franco, el tío Jess para amigos y admiradores. Es su penúltima obra, en realidad, puesto que también ha rodado una secuela de la misma que se halla en fase de montaje. Como tan bien apostilló Rakel, la anfitriona enmascarada de la noche, el evento fue cualquier cosa menos una proyección, y se acercó más a un acto litúrgico que al visionado de una película. Una liturgia en la que los salmos, las hostias y el agua bendita se transmutaron en jubilosos improperios, cervezas en mano y suelos resbaladizos por obra y gracia de un vómito. Esa última impresión, la del vómito bajo mi suela, me llegó en oleadas: primero sentí que me deslizaba, e incluso me pareció agradable la sensación, luego empecé a atar cabos y terminé por inclinar la cabeza hacia el suelo para descubrir que algo amarillo se estaba extendiendo. Lo celebré. Quizá se trataba de un vómito simulado, puesto ahí por algún genio incomprendido que no aparece en los créditos del filme.

No creo que convenga hablar de la película en términos analíticos, habida cuenta de que lo que vimos, como anunciaba el cartel del evento, es una “VERSIÓN PSYCHO BURDEL”, en la que los escasos diálogos apenas eran audibles debido a la algarabía general, y tanto Rakel Mandela como los Retarded Rebel Rejects, el grupo del música cuyo dionisíaco estruendo animaba la velada, iban irrumpiendo a cada rato en la tarima. De hecho, la película se puso en PAUSE dos veces a lo largo de la proyección, para que el grupo tocara y nosotros pudiéramos ir al baño o a maldecir para nuestros adentros ante el congelador vacío que, un rato antes, había contenido cerveza gratis. Además, sobre la banda sonora de la película iban superponiéndose varios temas musicales pachangueros escogidos por alguna mente preclara y diabólica. Si en el pase de Spring Breakers (Harmony Korine, 2012) en el último Sitges el momento en el que James Franco toca al piano una canción de Britney Spears desató algo muy parecido a la catarsis colectiva, aquí la locura tomó forma con Mujer contra mujer de Mecano, que terminó con parte del público encendiendo mecheros al aire y meciendo los brazos como cuando, en los conciertos, el artista se marca una de esas canciones de alto voltaje emocional. La película no tiene mucho misterio: se compone, alternativamente, de largas tomas en las que dos mujeres, no siempre las mismas, se dan el lote, a menudo bajo la atenta mirada de Al Pereira (Antonio Mayans), el detective privado de vuelta de todo que ya aparecía en algunas películas anteriores de Franco y que aquí parece que no acaba de poder despertarse de un mal sueño erótico. El mismo cineasta aparece también de refilón en el filme, evidenciando su doble condición de demiurgo y voyeur. Sería fácil hablar de metacine y disertar sobre las miradas del espectador, del director y de su protagonista masculino, yendo a estrellarse todas ellas contra los cuerpos de esas mujeres que se refriegan, pero el estilo y los mecanismos, aquí, tan sólo vienen a decirnos que el cine de explotación debería empezar a superar lo narrativo y apostar por nuevas formas de engarzar imágenes, irse hacia el territorio de lo experimental. En el caso de Franco, alguien que ha reciclado en innumerables ocasiones sus mismas películas, volviendo una y otra vez sobre una serie de motivos y personajes recurrentes, es de lógica y de salud mental el reinventarse. Sin otra ambición, creo yo, que la de seguir haciendo lo que le gusta, que es rodar. Filmar a mujeres.

Admito que, aunque empecé on fire, tratando de ingeniar gritos rituales y chanzas que obtuvieran la aprobación de la platea, sin demasiado éxito, llegó un momento en el que entré en un estado de ensoñación, del que iba saliendo para descubrir que la película avanzaba hacia un tramo algo más narrativo, aunque tan sólo podía oír retazos de las conversaciones, consignas como “¡Malditos sindicalistas!” y las muestras de pícaro desprecio que las chicas le lanzaban a Al Pereira, poniendo constantemente en duda su hombría y su sexualidad. Unas monjas cogiéndose de la mano y cantando tonadas folklóricas catalanas (Baixant de la font del gat). Me quedó para el recuerdo una imagen poderosa que a mis amigos tampoco se les pasó por alto: hacia el final de la película, el bueno de Pereira sigue diciendo tonterías, mientras en segundo plano, al fondo, las chicas bailan. Rakel Mandela se sumó a ellas, colocándose en el lugar exacto del plano, en el umbral de los sueños, y empezó a contorsionar su cuerpo, acompasando sus movimientos con los de las actrices de la película, fusionándose con el celuloide y brindándonos un momento de auténtica y nada forzada tridimensionalidad, para el que no hubo necesidad de ponerse las gafas de rigor.