La existencia como pregunta

En El mito de Sísifo, Albert Camus planteó una cuestión que ha sido trascendental en el siglo XX, el suicidio. Autores como Émile Durkheim o Viktor Frankl ya lo habían tratado con anterioridad, pero Camus lo alejó de las corrientes médicas, o de las corrientes que lo estudiaban como un fenómeno social, y lo trató como un problema filosófico relacionando el pensamiento y actitud individual, exento de nihilismo, con el pensamiento y acto del suicidio. Quitarse la vida aparecería como única respuesta posible en una consciencia minada, que rehusa toda razón para vivir.

El director bielorruso Sergei Loznitsa, reconocido director dentro del campo documental, realiza en su segunda película dentro de la ficción una película eminentemente filosófica, porque en esos términos se determina el presente y los actos de su protagonista. La acción se desarrolla en 1942 en algún lugar de la URSS occidental, entonces ocupada por los nazis, donde Sushenya es detenido junto a un grupo de partisanos por sabotear un tren. Los nazis deciden ahorcar a todos los saboteadores, lo hacen a la vista de todo el pueblo. A Sushenya lo dejan en libertad. Desde ese momento, y a pesar de no haber colaborado directamente en el sabotaje, es acusado silenciosamente de traición por los que hasta entonces eran sus amigos.

La recuperada libertad física, esa vida nueva después de estar cerca de la muerte, conlleva una culpa pública, que mina cualquier atisbo de felicidad y acerca la vida a la fatalidad. Sushenya se aleja completamente de la comunidad en la que vive, incluida su esposa quien se suma a la corriente mayoritaria y sospecha del colaboracionismo de su esposo. Condenado en silencio es llevado por dos de los partisanos al bosque donde vuelven a ser atacados por los nazis. Su existencia se ve turbada por un acontecimiento que trastoca su existencia y le lleva a replantearse las consecuencias de cada acto y de cada omisión. Junto a los dos partisanos vaga sin rumbo alguno en las entrañas de un bosque, mientras las relaciones entre los tres se dirimen entre los conceptos de culpa, duda y decisión.

Artesano del sonido

Conviene reseñar que el trabajo de Sergei Loznitsa, antes de entrar en el campo de la ficción era el de un diseccionador/taxidermista de imágenes. Así lo reflejan trabajos como Blokada (2006), compuesto de imágenes del sitio de Leningrado, o sus retratos sobre el trabajo en la vida moderna, a través de imágenes depuradas y a través de un cuidadoso uso del sonido ambiental para construir espacios sonoros que refuerzan ciertos significados que ofrecen las imágenes, Portret (2002), Northern Light (2008) o Fabrika (2004).

Sus trabajos reclaman la contundencia de ser retablos de imágenes de archivo pero tratadas con un espacio sonoro particular, generando un universo personal en donde se recuerda la incesante reiteración de sonidos que asociamos a imágenes, muchas veces desgarradoras. En este sentido su trabajo bien puede equipararse al de la pareja de entomólogos que representan Gervant Yianikian y Angela Ricci Lucci, reconocidos especialmente  por Oh, uomo! (2004).

En En la niebla hay poco que se parezca a una película al uso de/sobre la Segunda Guerra Mundial. Loznitsa utiliza el territorio de la Segunda Guerra Mundial y sus devastadoras consecuencias (gulags y campos de concentración) para reflexionar sobre el arte y la vida en términos derivados de la conocida máxima de Adorno sobre el arte después de Auschwitz, y que el director hace suyas a través de las palabras del escritor soviético y superviviente de la represión estalinista, Varlam Shalamanov: “El arte no tiene derecho a moralizar. El arte no mejora a la gente. Nadie puede enseñar a nadie, nadie tiene derecho a hacerlo, ni les hace más nobles”.

Lo que está presente en la película de Loznitsa es la presencia de un bosque como espacio inmaterial, como reducto de sombras, de fantasmas que recorren la película, espectros que parecen acomodarse en la conciencia de su protagonista, incapaz de expresar su inocencia, no ya de ser juzgado sino de poder expresar con gestos o palabras que no es culpable. En ese espacio arbóreo y húmedo transita En la niebla, y se plantea la pregunta con letras mayúsculas: ¿se puede vivir con la culpa de haber sobrevivido?

Concentrada en planos secuencia de larga duración y armonioso movimiento, desarrollada casi en un espacio casi único, un bosque fantasmal tratado como un personaje cuyos sonidos abruman, aíslan, asustan, Loznitsa consigue que la película contenga en el corte de cada plano el abismo, pues es en esa abrupta sucesión de planos, en esos cortes, donde el protagonista trata de sobrevivir, donde trata de salir ileso del bosque, sacar la cabeza para gritar su inocencia y que se le crea, volver a la vida. Pero lo que resulta es que después del conocer el horror ético, es imposible volver a vivir con la felicidad de no haber vivido en el horror. Lo mismo que les pasó a tantos escritores supervivientes de los diversos campos de concentración.