¿Por qué la ficción?

En la edición del festival de Cannes de 2007. Ermanno Olmi presentó Cien clavos (Centochiodi, 2007) con la que anunciaba el final de su obra cinematográfica de ficción y su vuelta a sus orígenes, el documental. Las razones aparentes podían atender a su edad, 76 años entonces, y/o a las dificultades para producir una película de ficción. Pero en sus declaraciones se vislumbraba algo más, muy cercano a lo que han sido sus preocupaciones filosóficas: “Creo que el cine (…) está siendo asediado por otras formas de comunicación visual. Un cineasta o cualquiera que es capaz de usar una cámara hoy en día, ha tenido que encontrar otra función, porque el cine ha perdido su función de representar el mundo a través de imágenes en movimiento como lo ha hecho hasta ahora. No desaparecerá. Tiene que encontrar su propia alma, especialmente cuando se ve desafiado por todas estas otras formas de comunicación, y volver a sus orígenes y a su esencia como todas las artes figurativas están haciendo hoy en día. De algún modo volver a las cavernas con sus grabados o en la roca, la pintura rupestre. Tiene que ser capaz de deshacerse de todo lo que es inútil, que no pertenece a sus formas de expresión. Por eso ya no haré más cine de ficción… para hacer cine”.

La pregunta que nos haríamos ahora es: ¿Qué ha sucedido para que Ermanno Olmi regrese cuatro años después al cine de ficción con Il villaggio di cartone (2011)?

Volver a los orígenes

El director, nacido en 1931 en Bérgamo pero milanés de adopción, siempre se ha distinguido de sus coetáneos italianos por sus orígenes campesinos y sus creencias católicas. Hay que apuntarlo porque son fundamentales para comprender su trabajo. Conviene recordar, por poner un ejemplo, que Olmi maneja un uso del tiempo cinematográfico, un tiempo suspendido singular, pero que recordaría al tiempo estacional, donde nada parece pasar, donde un instante puede durar la eternidad y donde todo está pasando. Derivado de sus raíces campesinas se encuentran las raíces católicas del director, presente como un elemento central en gran parte de su filmografía, pero indispensable para comprender sus dos últimos largometrajes.

Con dieciséis años entró a trabajar como operario en la empresa Edison Volta. Interesado por el cine, consiguió convencer a la empresa para que le permitiera rodar pequeños documentales sobre el trabajo, como forma de promoción de la empresa. Poco a poco, formó un equipo estable de personas con los que formaría un equipo de producción. Entre 1953 y 1960 filmó cincuenta documentales para la misma. En ellas aprendió el oficio en todas sus fases, lo cual explica como una película tan compleja como El árbol de los zuecos (L’albero degli zoccoli, 1978) acapare en su persona la dirección, guión, fotografía y montaje.

Libros contaminantes

Para comprender Il villaggio di cartone hay que ver qué es lo que quedaba en el aire de Cien clavos; qué faltaba para que Olmi volviera a la ficción y culminara, ésta vez sí, con un letrero contundente, una alabanza de la acción: «o noi cambiamo il corso impresso alla Storia o sarà la storia a cambiare noi» («o cambiamos el curso de la Historia o la historia nos cambiará a nosotros»). Historia con mayúscula, historia con minúscula.

Cien clavos se articula como una metáfora, un cuento, una parábola para narrar “la historia de un hombre que se parece mucho a Cristo pero que no es Cristo”. Un profesor de Filosofía de una universidad católica abandona sus bienes terrenales y marcha a los arrabales de la ciudad donde comienza a vivir, con lo mínimo, en las orilla de un río. Es buscado por la policía por un horrendo crimen: haber clavado cien códices en el suelo. Esta imagen, de las más poderosas y escalofriantes que he visto en años, produce angustia y terror, porque va contracorriente de lo que es la cultura hoy en día, pero que obedece a los orígenes del director: “Mi educación se limitaba a la experiencia de la calle, a la experiencia directa de la vida, en un ambiente preciso, campesino y obrero. Creo que la convergencia de todos estos elementos generó, en un determinado momento, una forma particular de acercarme al cine: porque, más que tomar como referente al propio cine, mis trabajos se refieren a mi vida, a mi realidad y a mi mundo. A mi no me interesan el cine y la cultura como patrimonio de privilegios intelectuales: me interesa la vida, que siempre es un misterio extraordinario en el que participamos quizá de manera demasiado distraída y, por esa atracción pasional por la vida, me comporto de una manera específica y poseo o genero un rastro cultural. Pero insisto, la cultura es la consecuencia de la vida, no al revés (Carlos Muguiro (ed.) Ermanno Olmi. Seis encuentros y otros instantes, Pamplona, 2008, p.169).

Esos libros y lo que contienen, apunta el director en la película, son culpables de no ofrecer soluciones, sino de crear problemas, de convertirse en objetos de liturgia, a los que adorar falsamente. «Todos los libros no valen un café con un amigo», afirma con sensatez y sencillez el protagonista frente a lo que parece ser un acto de herejía, el enclavado de los códices.

En la orilla del río se establece un modo de vida campesino, donde el tiempo lo marca el sol, no un reloj. Con un grupo de amigos, compañeros, que aparecen como discípulos, se establece una comunidad de lazos tenues. Cuando al protagonista lo localiza la policía, ningún arrebato de violencia aparece. Apenas nadie protesta. Ahí es donde se queda Cien clavos, y ahí es donde quería parar su director. Hay algo de conformista en esa situación, la de la no lucha, no porque no haya con que luchar, sino porque todavía la contaminación de los libros afecta a las personas y ese café que tomamos con un amigo todavía no ha calado lo suficiente para hacernos pensar y reconsiderar nuestra postura y afrontar parcelas de la vida alteradas por los libros.

Sin libros, hay acción

Es evidente que desde 2007 numerosos sucesos han convulsionado la vida de millones de personas. Entre los numerosos sucesos siempre se duda qué es lo que afecta a uno, en este caso Olmi, para sentarse a escribir un guión y dirigirlo. Es evidente que, por lo menos desde 2009, la avalancha de pateras provenientes del norte de África a la isla de Lampedusa, a 113 kilómetros de Túnez y a 205 kilómetros de Sicilia, fueron un germen. Pero lo realmente impresionante en la película es la resolución suspendida de la película, una llamada al movimiento insólita en su obra.

Faltaba en la filmografía del director de El oficio de las armas (Il mestiere delle armi, 2001) la reflexión final, la acción. Y a esa idea se encomienda la película de Olmi. Un grupo de inmigrantes se refugia en una iglesia desmantelada, donde su párroco vive entristecido. Ese espacio sagrado ha sido desmantelado en el prólogo de la película: vemos como descuelgan el Cristo que toda iglesia tiene, se produce el desalojo del altar, y cómo lo que era un espacio de vida ya solo quedan los bancos a los que darán vida esos inmigrantes que construirán en ese espacio desacralizado su aldea de cartón. El párroco se debate entre la obediencia a la ley o la acción, en lo que es una decisión que habrán de tomar muchas de las personas que ayudan a inmigrantes indocumentados en España, señalados como delincuentes por el actual ministro de Justicia, tras la cacareada reforma del Código Penal.

En esa tesitura el párroco de un espacio que ya no es iglesia, se convierte en un fuera de la ley cuando acepta que vivan en ese espacio deshabitado, y afirma con dureza: «Cuando la caridad entraña un riesgo, es el momento de la caridad». Allí, el retablo de personas conviven bajo el amenazador ruido de un helicóptero que sobrevuela la iglesia, el silencio de esa televisión que ofrece imágenes pero no sonidos, y bajo el ojo de Dios desde el que brotan lágrimas porque «para hacer el bien no es necesaria la fe».

Hay una llamada a la acción, por primera vez en Olmi, donde no distingue entre acciones pacíficas y no pacíficas. Entre el grupo de inmigrantes hay una joven pareja que porta un cinturón de cartuchos de dinamita. Entre ese párroco que acepta estar fuera de la ley y la de la pareja de jóvenes que planifican con violencia un ataque indeterminado se encuentran los extremos de la acción. En ese abanico está el estado de la cuestión. Estoy seguro que Ermanno Olmi nunca creyó que debía de llegar tan lejos. Con Il villaggio di cartone lo ha hecho.