Viejos diablos, nuevos dilemas

Si te pegan, duele. Si te disparan, sangras. Se diría que es una verdad de perogrullo, pero lo cierto es que, en los últimos años, una máxima tan básica parece haber desaparecido del mapa del cine de acción contemporáneo. Demasiado CGI, demasiados cables, demasiada influencia de los videojuegos. Hace 25 años, en La jungla de cristal (Die Hard; John McTiernan, 1988), Bruce Willis tenía que vendarse los pies con su propia camiseta imperio por haber corrido descalzo sobre cristales rotos; en cambio en La jungla: Un buen día para morir (A Good Day to Die Hard; John Moore, 2013), a pesar de que ya ni siquiera tiene canas que peinar, sobrevive a caídas, tiroteos y todo tipo de castigos físicos como si fuera un auténtico Terminator. Frente a todo ello, Una bala en la cabeza (Bullet to the Head, 2013) acaba siendo como meterse en una máquina del tiempo cinematográfica, una mirada nostálgica hacia el pasado, a los años en los que el actioner era cosa de tipos duros, de héroes encallecidos. Walter Hill ha tenido que resurgir de su ostracismo de los últimos años para recuperar esa fisicidad vibrante, casi dolorosa, características de su cine, aprovechando la veteranía de otro perro viejo como Sylvester Stallone —que, como director, ya demostró su nostalgia de los 80 en su muy sanguinolenta John Rambo (Rambo, 2008)— para crear, con su complicidad, unas secuencias de acción brutales, despiadadas, en las que ni director ni protagonista se andan con medias tintas. Y gracias a ello, recuperan ese vértigo testosterónico, esa tensión visceral, que caracteriza al buen cine de acción.  El de las hostias old school.

Una bala en la cabeza no está, ni mucho menos, entre los mejores trabajos de Hill. Si se parece a algo, es a su obra más comercial, más enfocada a agradar al público, como sus buddy movies Límite: 48 horas (48 Hrs., 1982) o Danko: Calor rojo (Red Heat, 1988). Y aun así, es inequívocamente obra suya. No en vano, ha recuperado a su director de fotografía preferido, Lloyd Ahern —junto al que ha extraído a Nueva Orleans, que debido a las rebajas fiscales parece centralizar la mitad de los rodajes hollywoodienses, un destacable aire noir, con una atmósfera entre cálida y asfixiante que impregna cada fotograma—, y ha contratado a un compositor, Steve Mazzaro, que intenta reproducir, con todas las distancias entre ambos, la misma sonoridad sureña, regionalista y personalísima, que aportó Ry Cooder a los mejores largometrajes del director californiano, empezando por Forajidos de leyenda (The Long Riders, 1980). Y de no haber sido por la falta de carisma y de solidez interpretativa de Sung Kang —¡cuánto habría ganado el filme de haberse conservado a Thomas Jane para el papel!—, Hill seguramente habría conseguido también crear otra de sus historias de complicidad masculina, con esa intensidad heredada de su maestro Sam Peckinpah, en lugar de verse obligado a centrar la narración de forma casi exclusiva en el personaje de Stallone. De hecho, pese a no estar acreditado, me atrevo a aventurar que Hill realizó alguna reescritura del guión de Alessandro Camon para acercarlo a su estilo personal: el uso de la voz en off, profundamente noir —imprescindible ver el filme en versión original para disfrutar de la voz rasgada, rasposa, de su estrella—, y la sequedad y la contundencia de los diálogos, que definen a los personajes con una sutilidad poco habitual en el cine contemporáneo, desprenden un agradable clasicismo plenamente identificable con su autor.

De la misma manera que no me parece casual que gran parte de la acción de largometraje se centre en el enfrentamiento entre Stallone y un Jason Momoa físicamente descomunal —atención al partido que le extrae Hill, y que permite intuir qué vieron en él los productores de Conan el Bárbaro (Conan the Barbarian; Marcus Nispel, 2011) para postularlo como heredero de Schwarzenegger—, que quiere ser una representación cinematográfica, de una brutalidad física extraordinaria, del choque entre dos formas diferentes de entender el cine de acción: el de la contundencia eficaz y directa propia del actioner de los 80, frente a la espectacularidad exhibicionista, un tanto saltimbanqui, que se ha convertido en estándar en los últimos años. De la misma manera, Hill lanza a la cara al espectador una metáfora sobre su obligada ausencia del cine contemporáneo, porque, igual que el Jimmy Bobo que interpreta su protagonista, se le considera un director chapado a la antigua, porque mantiene unos códigos y unas maneras de trabajar que hace tiempo que se valoran como démodés… Cuando, en realidad, quizás resulten más eficientes y más contundentes que otras que se consideran más contemporáneas. Esa batalla final, hacha en mano, es un recordatorio perfecto de lo que los viejos zorros del cine de acción podrían legar al género si los ejecutivos de Hollywood les dieran lo oportunidad de volver al ruedo. Como siempre, nuestra sociedad desprecia la experiencia, el callo vital, y da preferencia a una juventud que no siempre equivale ni a mayor entusiasmo ni a mayor visceralidad. Así nos va, en todos los sentidos.