Un nazi entre dos mundos

El segundo largometraje de ficción de Santiago A. Zannou me parece muy desconcertante. Quizá haber visto El truco del manco —su primer y reconocido largo, con tres Premios Goya, incluyendo el de Mejor Director Novel— o haber leído la novela de Carlos Bardem en la que se basa Alacrán enamorado, me ayudaría a resolver la confusión sobre el modo en que Zannou pone en escena el relato. La intuición me dice que la extrañeza que provoca la película tiene que ver con que hay un fondo narrativo interesante que proviene de la novela de Bardem y con que Zannou no acierta a darle una forma homogénea, sino que se deja llevar por la visceralidad en algunos pasajes y en otros se convierte en un mero ilustrador. Si describo con mayor precisión el sentimiento que me provoca el filme quizá consiga hacerme entender más fácilmente.

La imagen inicial de la película es un primer plano —casi primerísimo primer plano, porque ni siquiera vemos la cara completa— del rostro de un boxeador ensangrentado, donde el recurso del ralentí destaca especialmente. Dicho de otro modo, es uno de los peores modos de comenzar una película; primero, porque coloca al espectador, muy inicialmente, en una situación de gran impacto, que será difícil superar, es decir, que muy pronto se coloca el listón dramático demasiado alto; segundo, porque parece anunciar un filme repleto de recursos facilones, subrayados innecesarios y cierta tendencia hacia el efectismo. Esta idea —que se va reforzando durante la primera media hora de metraje con unos cuantos tópicos sobre la organización de los grupos violentos de ultraderecha, el universo del boxeo y la épica de los perdedores—, sin embargo, salta en mil pedazos a medida que el guión va perfilando a los personajes, aparecen nuevas historias (la relación romántica) y el chirrido provocado por algunos de los recursos audiovisuales (una música poco inspirada que suena a fondo de archivo, por ejemplo) deja paso a una extraña lírica capaz de emocionar y de llevar al espectador por derroteros de cierta profundidad ética.

Poco a poco, Alacrán enamorado acaba olvidándose de los grandes efectos y centrándose en los pequeños detalles, hasta esa escena magnífica, quizá la mejor de la película, en la que el dueño del gimnasio en el que trabaja (y vive) su amigo, el ex boxeador Carlomonte (Carlos Bardem), le regala una camiseta con su antiguo nombre de guerra y le invita en la azotea del edificio a un whisky sin hielo y una tarta de cumpleaños; el gesto de amistad, el escenario escogido, la ausencia total de énfasis y sentimentalismo, la crudeza fotográfica, la prudencia en las interpretaciones, la posición de la cámara… todo lo que contiene esa escena, que es lo mejor que también contiene el filme, es de una verdad y de una profundidad ética muy raras en el cine contemporáneo, español o no.

Y ahí llegamos al concepto clave de la película, que es quizá también la idea en torno a la que bascula el desconcierto que me produce: la verdad. El relato que nos cuenta Alacrán enamorado atesora mucha verdad. Y eso, que es difícil ocultarlo durante hora y media, acaba surgiendo pasada la mitad de la película y muy especialmente en la escena mencionada. Se trata de una verdad formada por personajes atrapados en cárceles de las que no pueden salir, por pasados que arrasan futuros, por cotidianidades gravosas que solo generan frustración y por errores que quizá no se puedan corregir; pero también por la felicidad de un whisky compartido, por el inmenso y arrollador deseo de superación o por la capacidad del placer y del amor para ayudar a impulsar la catarsis.

Lo que ocurre es que Zannou, durante buena parte del comienzo de la película y esporádicamente en su desarrollo, a causa de sus decisiones como director, cubre esa verdad con diferentes velos que no hacen honor, en mi opinión, a las cualidades intrínsecas del relato original. Si definimos la creación de la película en tres fases (redacción de la novela original por parte de Carlos Bardem, construcción del guión entre Bardem y Zannou, y dirección por parte de Santiago Zannou) da la impresión —sin haber leído la novela original, insisto— de que en cada paso se va perdiendo intensidad y naturalidad. Y eso es lo que probablemente acaba determinando esa ambigüedad entre lo auténtico y lo forzado, entre lo emotivo y lo ilustrativo, entre lo esencial y lo prescindible; ambigüedad y desconcierto que, creo, constituyen el elemento principal del filme.

Si echamos la vista a dos películas contemporáneas que tienen elementos en común, como son la excelente Million Dollar Baby (Clint Eastwood, 2004), con guión de Paul Haggis basado en la obra de F. X. Toole, y la notable El luchador (The Wrestler; Darren Aronofsky, 2008), con guión original de Robert D. Siegel, observamos que algunas de las virtudes que redondeaban aquellas son carencias en la película que nos ocupa. En el filme de Eastwood es el tono medido y austero, casi frío en ocasiones, lo que tiñe de una inolvidable emoción la relación entre los personajes, y lo que potencia un final de impacto, en un in crescendo narrativo construido casi al contrario que en el filme de Zannou donde, como decía, uno de los planos más impactantes es el primero. Aronofsky encuentra estrategias de puesta en escena mucho más sofisticadas —hasta el punto de que nos muestra al decadente luchador protagonista, Randy (Mickey Rourke), más tiempo de espaldas que de frente— para compensar la dureza de las imágenes físicas; de ese modo, además, el mundo social al que pertenece Randy (puesto en imágenes con cierta espectacularidad, aunque más cruda que efectista) queda muy lejos dramáticamente de su universo personal (intimista, convencional). Una sesión con estas tres películas sería muy pedagógica para demostrar cómo escenas escritas con intenciones parecidas acaban siendo completamente diferentes por la forma de rodarlas.

Alacrán enamorado es una película interesante que podría haber sido algo más. Describe con cierto esquematismo corrientes sociales preocupantes y verosímiles, que logra fijar con bastante terror en la escena en que el mejor amigo del protagonista, con vestimenta neonazi y hablando alemán, acorrala a la chica; ofrece personajes excelentes (Carlomonte, muy bien Carlos Bardem) y entrañables (la chica mulata, Alyssa, tierna y prometedora Judith Diakhate), junto a otros un tanto difuminados (el propio protagonista, muy mejorable Álex González) o apenas bosquejados (el líder ultraderechista, un Javier Bardem con el piloto automático); acierta en el retrato de algunas emociones profundas y nada adulteradas, pero impide conocer mejor otras veladas por tópicos e inercias dramatúrgicas; compone un universo ético que apela al espectador, que trata de concernirle, y que sin duda acaba llegando en el terreno de lo individual, pero que queda anegado por lugares comunes en el ámbito de lo social. Podría, en fin, haber sido una película sobre la desigual lucha entre la fuerza creciente de un fascismo de nuevo cuño y una sociedad desnortada y frágil, pero acaba pareciendo más el relato de un nazi entre dos mundos.