Las cosas tal y como las recordamos

Cuando yo era niña intentaba evitar el tiempo muerto a toda costa. El aburrimiento era altamente venenoso. Más tóxico incluso que la botella de ácido clorhídrico que había escondida debajo del fregadero. Por eso procuraba que en todos y cada uno de los minutos que marcaba el reloj sucediese algo. Aunque fuese algo trivial, anecdótico, insignificante para la mayoría de personas. Porque claro, cuando eres pequeño las cosas insignificantes no existen. O al menos, todavía no has descubierto su insignificancia ya que estás demasiado ocupado descubriendo las cosas en sí. Cuando yo era niña odiaba aburrirme, pero si esto sucedía me empeñaba en que el mundo entero fuese consciente de mi desesperada situación. Atacaba el hastío de modo obstinado e incluso a veces un tanto violento. Hablaba con amigos imaginarios, infringía normas que no me interesaba cumplir y me obsesionaba con cualquier objeto que tuviese a mi alrededor, abordándolo desde un punto de vista inédito con el único fin de olvidarme al menos durante un rato de esas rutinas que se agazapan por los rincones.

Cuando Dominga Sotomayor —la directora de la película que nos ocupa— era niña se subió sobre el portaequipajes de un coche, junto a su primo. Dentro del coche estaban sus padres. El coche arrancó, empezó a moverse lentamente, alguien tomó una fotografía. Esa fotografía se quedó probablemente guardada en un cajón, o en un álbum de fotos, o entre las páginas de un libro que hace mucho tiempo que nadie lee. Es decir, los típicos lugares donde acostumbran a acabar las fotografías del pasado. Sí, ya sé, todas las fotografías son “del pasado”, pero ya sabéis a lo que me refiero. Pues bien: esa fotografía, como iba diciendo, capta un instante que posiblemente jamás se vuelva a repetir. No me refiero a los hechos per se, por supuesto. Podríamos viajar hasta el norte de Chile, subir a dos niños cualquiera sobre el portaequipajes de un coche cualquiera y empezar a conducirlo para intentar reproducir la misma escena. Pero lo que en realidad sucede, lo que pasa por la cabeza de esos dos niños cuando están subidos allá arriba, esa sensación de peligro, de aventura, de emoción, de infringir las normas establecidas, nunca se volverá a repetir. Al menos, no del mismo modo.

Algunos seres humanos (y más concretamente algunos de los seres humanos que se dedican a esto del cine) muestran un gran empeño en que las películas se conviertan en una especie de fijador de recuerdos que la memoria por sí sola no es capaz de retener eternamente. Recuerdos reales o recuerdos ficticios, eso es algo que en el fondo carece de importancia. Podríamos definir la ópera prima de esta joven directora chilena como una suerte de puzzle que mezcla estos dos tipos de recuerdos: los reales y los imaginarios. Y por extraño que parezca, todas las piezas encajan. Porque cuando el tiempo pasa las diferencias se desvanecen, y todo aquello que creíamos que permanecería perfectamente definido por los siglos de los siglos, un buen día se empieza a desdibujar de modo inevitable, y es entonces cuando se asemeja a esos recuerdos de cosas que en realidad nunca sucedieron, recuerdos que día a día cobran una mayor presencia tan sólo porque nos empecinamos.

De Jueves a domingo es una historia que pone el énfasis en los tiempos muertos, en los kilómetros que separan el lugar de origen y el de destino, en las elipsis, en los fuera de plano, en los silencios, en las cosas que pensamos pero nunca llegamos a decir. Recoge todos estos elementos y los filtra a través de la mirada de Lucía, la niña protagonista. Lucía tiene diez años, tres más que su hermano Manuel. Habla menos que él, escucha más que él. Tiene esa edad en la que empiezas a comprender las cosas sin ser del todo consciente de que las estás comprendiendo. Lucía se queda siempre en el asiento trasero del coche y hace como que juega, pero se da cuenta de que su madre está llorando. Lucía sabe que algo está a punto de cambiar en su vida. Lucía calla y escucha. Observa, imagina, descubre, reflexiona, asimila.