Marvel Party

Con Iron Man 3 (íd., Shane Black, 2013) da comienzo la Fase 2 como ya pasará con Iron Man (íd., Jon Favreau, 2008) respecto a la Fase 1. Una categorización a la que nos hemos acostumbrado a fuerza de leerla y escucharla machaconamente pero que, y conviene no olvidarlo, constituye todo un hito en la conceptualización del fenómeno blockbuster al que merece la pena dedicar unas líneas. El que la todopoderosa Marvel Comics tenga finalmente su propia marca cinematográfica, tras años de producir adaptaciones de sus franquicias más representativas en complejos equilibrios con otros grandes estudios, se deriva principalmente de la inapelable lógica comercial que preside toda decisión de semejante calado; claro que, de manera harto coherente, la estrategia no se ha quedado en una lúcida jugada mercantilista: a partir del todopoderoso Kevin Feige, a la sazón máximo responsable creativo de Marvel Studios, se ha diseñado una estrategia de producción consistente en trasladar el modelo de grandes sagas secuenciales característico de los comic books a la gran pantalla, de manera que todos los títulos vayan encajando, uno tras otro, en un gran tapiz de inequívoca vocación recapituladora.

Tras esta apuesta ciertamente revolucionaria, la confianza depositada en que las legiones de lectores de varias generaciones, sumados a los adictos al hype y demás consumidores de estímulos visuales configuren la masa crítica suficiente para que la operación resulte exitosa, a razón de dos, tres películas anuales de mareante presupuesto. Es en este punto donde surge otro nombre a retener, que no es otro que Bob Iger —principal dirigente de The Walt Disney Company—, el artífice de la depredadora campaña de expansión empresarial que ha llevado a su compañía a anexionarse, por el momento, Pixar Pictures, Marvel Studios y Lucasfilm, previo pago de unos cuantos miles de millones de dólares. La configuración de semejante monopolio, que le lleva a uno a preguntarse si en Hollywood tiene jurisdicción algo digno de denominarse Tribunal de Defensa de la Competencia, determina desde ya la necesidad de dar luz verde a toda aquella secuela, remake, reboot, spin-off, cross-over y demás conjunción de anglicismos que imaginarse pueda, como vía rápida de recuperar la fenomenal inversión comprometida. Algo que, evidentemente, refuerza aún más la apuesta puesta en marcha desde Marvel Studios unos años antes de su adquisición/absorción.

Es en este punto donde surge la necesidad de que el espectador de a pie desarrolle un mínimo juicio crítico, aunque sólo sea para no dejarse arrastrar sumisamente por el automatismo inherente a tanta mercadotecnia; para ello resulta fundamental tener presente antes, durante y después del visionado que a la fidelidad debida impuesta a toda obra adscrita al cine de superhéroes que parte de celebérrimos precedentes literarios, Iron Man, Iron Man 2 (íd., Jon Favreau, 2010), Thor (íd., Kenneth Branagh, 2011) y El Capitán América: el primer vengador (Captain America: The First Avenger, Joe Johnston, 2011) añaden la necesidad de conformar entre ellas una unidad temática, lo que no deja de ser otro condicionante al trabajo de productores, guionistas y directores. Ante esta tesitura, el que los filmes resultantes hagan gala de cierta libertad creativa, así como de unas soluciones temáticas y visuales interesantes por si mismas, sin cortapisas o deudas contraídas resultaría, en caso de lograrse, doblemente meritorio.

En mayor medida que El increíble Hulk (The Incredible Hulk, Louis Leterrier, 2008), estrenada el mismo año, Iron Man nace con la premisa de inaugurar el camino que conduce a Los Vengadores (The Avengers, Joss Whedon, 2012), lo que afortunadamente no constituyó un problema para que sus responsables le confirieran una acusada personalidad propia, sustentando su estructura narrativa en la evolución de Tony Stark (Robert Downey Jr.) de insufrible playboy multimillonario a paladín revestido de metal, tomándose su tiempo en reflejar las dificultades inherentes al transito, tópico inexcusable en toda película de orígenes que se precie pero que en esta ocasión resulta (exitosamente) violentado por una desarmante vis cómica, que emana tanto del desmitificador retrato del inefable Tony como del contexto de descubrimiento a que este se ve abocado, dando lugar a una catarata de gags francamente divertidos, cortesía del mejor Favreau. Pese a contar con unos espléndidos efectos visuales, Iron Man no asentaba su apuesta comercial en la pirotecnia inane, sino en la presentación de un héroe carismático el cual, dada su particular manera de encarar la cotidianeidad, conseguía meterse al público en el bolsillo.

Paisaje después de la batalla

El éxito cosechado, aparte de despejar el camino para los restantes jalones de la Fase 1, fue tomado como un aval para proseguir con la exploración del personaje desde la misma óptica, y es la conjunción de ambos intereses lo que avoca a Iron Man 2 a su irresoluble irregularidad, producto de la infinidad de caracteres escasamente desarrollados campando de acá para allá, una trama que enlaza pasado y presente sin mucha convicción y, especialmente, la incapacidad de Robert Downey Jr. para dejar su rictus autocomplaciente de lado y dotar a su rol de cierta dimensión trágica, la deseable en alguien que se debate buena parte del metraje entre la vida y la muerte. En los pasajes en que se impone la reflexión sobre las consecuencias derivadas de la difícil aceptación del alter ego heroico esta sorprende por su lucidez, pero el propio registro paródico impuesto por Jon Favreau —y el guionista Justin Theroux—, excesivo en no pocas ocasiones, cortocircuita sin remedio esta interesante premisa. Si algo dejaba claro Iron Man 2 es que Tony Stark/Iron Man ostentaba una primacía excesiva en su propia saga, relegando temerariamente a villanos y aliados al papel de meros comparsas. Entre los considerables méritos de Los Vengadores, que no deja de ser en muchos aspectos una nueva secuela de Iron Man, está el rodearle de varios compañeros de correrías —por no hablar de cierta deidad asgardiana henchida de narcisismo— que le aguantan estupendamente el plano al bueno de Robert.

En Iron Man 3  la inconteninencia de nuestro multimillonario favorito vuelve a hacer acto de presencia en inicio pero algo, evidentemente, ha cambiado. Los sucesos acaecidos en Nueva York le han dejado psicológicamente maltrecho, con episodios de estrés postraumático cada vez más frecuentes, y sus pueriles bravatas no sirven para poner a salvo a los ciudadanos americanos, amenazados por un implacable terrorista que parece ir varios pasos por delante de los fútiles intentos de las autoridades estadounidenses por poner fin a sus actividades delictivas. Si toda película de superhéroes que se precie tiene en el antagonismo bien-mal su razón última de ser, Iron Man encuentra en El Mandarín (Ben Kingsley) al primer enemigo digno de tal consideración de la serie; y eso influye, y de que manera, en el resultado final. A este respecto resulta sumamente ilustrativo el correctivo a que es sometido Tony Stark tras retar, en un calentón ante la prensa, a su misterioso oponente: la reacción se llevará por delante su carísima mansión de Malibu Beach y toda la parafernalia hi-tech que le rodea, y a punto estará de cobrarse su vida y la de Pepper Potts (Gwyneth Paltrow), irremplazable asidero afectivo. Ante la constatación de la propia fragilidad y la cura de humildad consecuente, toca levantarse para volver a luchar.

La desigual confrontación entre ambos, desde el suelo y a cara descubierta, es lo que permite marcar distancias con las entregas precedentes, mostrándonos al otrora superhombre vulnerable y derrotado, obligado a usar tanto el ingenio como los habituales cachivaches tecnológicos para no morir en el intento. En un filme en que vemos mucho el rostro del protagonista, la fisicidad tenía por fuerza que ganar presencia, cortesía de una labor de dirección que revoluciona cámara y montaje aumentando exponencialmente la contundencia de los combates, la acción en su sentido más dinámico. Es en las vibrantes, espléndidas set pieces repartidas generosamente a lo largo del metraje donde la labor de Shane Black brilla especialmente, pero el carácter eminentemente festivo de los pasajes más humorísticos, devenidos en leit motiv irrenunciable de la saga, se benefician igualmente de una mayor impronta cartoon que aúna con efectividad replica mordaz y gag visual. A este respecto un servidor hubiera deseado que los divertidísimos diálogos entre Tony Stark, Pepper Potts y Maya Hansen (Rebecca Hall) del comienzo, deudores de la alta comedia clásica —y en los que se percibe con claridad la mano de Joss Whedon— tuvieran más presencia en la trama, pero los vericuetos del sinuoso guión no tardan en separarles, escamoteando ese hilo argumental en detrimento de la sucesión de explosiones e hilarantes salidas de tono.

Tal vez  Iron Man 3 peque de (la inevitable) dispersión narrativa y a algunos personajes se les vea menos de lo deseable, pero en contrapartida ofrece un divertimento avasallador y de sanísimo carácter multi-genérico, saliendo airosa del difícil reto de mantener las esencias del héroe sin renunciar a una nueva mirada respecto a su ser y estar en el mundo, bastante más revulsiva de lo que cabía esperar en base a los sucesivos trailers. Para atreverse a aventurar el impacto que la película tendrá en el mainstream de última generación, cada vez más competitivo y exigente, uno se autoimpone algún visionado más a la espera de conocer el juicio, inexorable, del tiempo. Parece claro que si la saga finaliza con esta entrega, a lo que apunta su carácter en apariencia conclusivo, se habrá conseguido algo a priori tan complicado como es evitar sucumbir al influjo de Los Vengadores, de la manera más inteligente posible: aprovechando su estela para llevar la historia a un nuevo terreno, convirtiendo en catalizador lo que, en manos de profesionales menos habilidosos, habría derivado en insalvable rémora. Iron Man 3 viene a demostrar, en resumidas cuentas, que la labor de un equipo bien engrasado puede más que la proverbial esclerosis de Hollywood, los devaneos totalitarios de Walt Disney Pictures, las veleidades inquisitoriales de los fans del ala dura. Y eso es algo que, con la que está cayendo, a uno le permite seguir manteniendo intacta su confianza en el futuro del (buen) cine comercial.