Once upon a time…

La mejor manera de acercarse a El gran Gatsby (The Great Gatsby, Baz Luhrmann, 2013) es recuperando previamente el anuncio que el cineasta rodara para Channel Nº 5 en 2004, un sentido homenaje al poder de sugestión del cine y, derivado de ello, la imagen más icónica e imperecedera de la ciudad de Nueva York. Siguiendo la estela de Moulin Rouge (íd., 2001), el director australiano prolongaba exitosamente su ideario estético condensando en apenas dos minutos y con un tempo más medido lo que en su obra de cabecera se extendía por espacio de dos horas. Claro que aún estaba por producirse el sonado fracaso de Australia (íd., 2008), que venía a certificar las limitaciones del estilo Luhrmann a la hora de recrear de manera convincente los postulados del melodrama clásico en formato largometraje, principalmente por carecer de los más elementales sentido de la medida y concisión narrativa, puntales ambos, como quedó meridianamente demostrado, irrenunciables del género. Se produzca o no tras un periodo de reflexión, su sonado regreso se traduce en una película que ante todo pretende, y consigue, devolvernos intacta pero conveniente customizada la fascinación innerente a una época inolvidable.

Hay en esta evocadora revisitación de uno de los grandes iconos literarios norteamericanos un generoso muestrario de los intereses que Baz Luhrmann ha venido desarrollando a lo largo de su filmografía previa, lo que tampoco ha de constituir una sorpresa para aquellos que hayan leído previamente la inmortal novela de F. Scott Fitzgerald. Trayendo al primer plano la fastuosa estilización de una era deslumbrante a la que se mira con la soñadora añoranza que da el tiempo no vivido, el firmante de Moulin Rouge se vale de su consabida pericia para erigir secuencias de poderosa impronta visual como vía para trasladarnos a unos años plasmados con una minuciosa, rayana en lo obsesivo, pasión por el detalle. De los cromados de los deportivos a los interiores art déco pasando por elegantes vestimentas de damas y caballeros, todos los departamentos de producción afinan con esmero su labor posibilitando, lo que no es pequeño logro, la inmersión total del espectador en una década tan mitificada como ya lo fuera, en la mirada contemporánea a lo narrado, de El gran Gatsby original.

Lo que no podía ser de otra manera al adoptarse el punto de vista de Nick Carraway (Tobey Maguire), recién llegado a la ciudad dorada en busca de nuevas experiencias. El tono que caracteriza este segmento de la película, elegante y sugestivo, se deriva de la visión deslumbrada de un anodino muchacho arrastrado, de la noche a la mañana, a los ambientes más sofisticados —y decadentes— de Long Island, esas glamurosas fiestas en esplendorosas mansiones desde las que se intuyen, en el horizonte, las luces de la metrópoli. Si un intérprete tan limitado como Tobey Maguire resulta en esta ocasión especialmente apropiado para trasmitir a su personaje el aire alelado del que se encuentra en todo momento fuera de lugar, me cuesta concebir una elección mejor para encarnar a Jay Gatsby: desde el momento en que Leonardo Dicaprio corporeiza el mito, el conflicto de un hombre herido por amor, aquel que ha convertido su vida en un simulacro de lujo y voluptuosidad con el fin de atraer hacia si a la etérea Daisy Buchanan (Carey Mulligan) emerge con fuerza, adueñándose para bien del relato. Aflora entonces el romanticismo exacerbado, al margen a los convencionalismos sociales, convertido nuevamente en la medida de todas las cosas: la espléndida secuencia en que los tres protagonistas pasan la tarde en el ostentoso palacio de Gatsby, con Nick en un prudente segundo plano, vuelve a demostrar la maestría de Luhrmann para plasmar cinematográficamente toda la efímera belleza de esos momentos intensamente vividos en los que, siquiera por unos instantes, alcanzar la plenitud amorosa parece posible.

Claro que el principal handicap de El Gran Gatsby, y llueve sobre mojado, surge del mismo tronco que sus aciertos; como ya pasara en Australia —si bien en menor medida que aquella— el tono grandilocuente resulta veneno para los pasajes dramáticos, que se suceden hacia la (en exceso alargada) conclusión de la historia, sepultando bajo el trazo grueso —e inclusive unos, se diría que involuntarios, apuntes autoparódicos— lo que pide a gritos ser íntimo, introspectivo. Si en la novela original yace, bajo el brillo de los oropeles, la amarga reflexión sobre la imposibilidad de ser quien no se es, su más reciente adaptación cinematográfica no consigue ir más allá, en sus mejores momentos, de una exaltación hedonista, dionisíaca, de la pasión amorosa. Lo que no se le puede reprochar a Baz Luhrmann es determinación en el empeño, producto de lo cual su Gatsby vuelve a ser, por encima de todo, un evocador espectáculo, postmoderno por convicción, que recupera, merced a la magia de la gran pantalla, el espíritu deliciosamente retro de los dorados años veinte. Con semejantes mimbres, ¡qué lastima no haberse atrevido nuevamente con el musical!