Escasa luz bajo los escombros

El desastre narrativo, musical y —sobre todo— fotográfico en que naufraga La mula hace prácticamente imposible realizar un análisis medianamente objetivo de todos los matices propios de la dramaturgia cinematográfica, y complica severamente la valorización de algunas de sus virtudes, que las tiene. El filme ofrece un aspecto inacabado, romo, rugoso, visualmente nada amable, como si no estuviera completamente etalonado, como si el montaje se hubiera interrumpido de manera abrupta, como si, en fin, se tratara de una película a medio terminar.

Algo hay de eso en la historia tumultuosa de un proyecto difícil en tiempos de crisis. Desde que en mayo de 2006 Michael Radford, director de El cartero (y Pablo Neruda), anunció que dirigiría la película, rodada íntegramente en Andalucía y basada en la novela de Juan Eslava Galán, han pasado nada menos que siete años. Hasta finales de 2006 no se acabaron de cerrar detalles de la financiación; en enero de 2007 se anunció el rodaje para la primavera de aquel año y se aseguraba ya la presencia de María Valverde y Óscar Jaenada; no se supo nada hasta 2009, cuando ya se define la coproducción anglo (20%)-hispano (67%)-irlandesa (13%), con la participación de Alejandra Frade (Gheko Films) y el propio Radford; en julio, Mario Casas sustituye a Jaenada y se confirma el rodaje para ese otoño; a menos de una semana para terminar, en noviembre, Radford abandona el proyecto por problemas financieros que atribuye a Frade, y Gheko Films recurre a Sebastien Grousset para terminarla. A partir de ahí —y de eso hace cuatro largos años— son los tribunales quienes deben dirimir un conflicto que comenzó por acusaciones mutuas de incumplimientos y que acabó con el riesgo de que no se pudiera estrenar, ante la intermediación del entonces director del ICAA, Ignasi Guardans, a favor de Radford. Así transcurren 2010 y 2011, hasta que en abril de 2012 el juzgado de primera instancia de Madrid dictó sentencia condenando a la productora de Radford (Workhouse) a pagar 270.000€; algunas querellas después, en noviembre de 2012, se produce la victoria judicial definitiva de Frade que permite estrenar la película, para que llegue al Festival de Málaga el pasado mes de abril, y a las salas este viernes 10 de mayo de 2013, justo siete años después del primer anuncio sobre el proyecto.

Por desgracia, en este caso, lo ajeno a la creación artística deja una huella indeleble en la obra, y no solo no queda más remedio que dar cuenta de ello, sino que además oscurece lamentablemente casi todo lo demás, hasta el punto de que una de las sensaciones más amargas que deja el filme es el desaprovechamiento de unos mimbres que, en el fondo, no estaban tan mal. Quizá lo que más impide entrar de lleno en el relato de Eslava Galán es la hecatombe fotográfica de la película, que obliga a preguntarnos cómo es posible que una productora decida estrenar una película en esas condiciones: secuencias donde en la misma línea temporal, unos planos parecen nocturnos y otros diurnos, imágenes pertenecientes a la misma unidad dramática completamente desenfocadas y otras nítidas, ínfima calidad en la mayoría de las tomas hasta llegar a una degradación de la imagen parecida al pixelado y, en fin, absoluta heterogeneidad de tonos, colores, foco y profundidad. Un caos completo. Podrá entenderse que en esas condiciones es complicado fijar la vista en muchas más cosas.

No es menos cierto que el mismo relato cuenta con sus propias debilidades, que tampoco ayudan. Un planteamiento arriesgado desde el origen, que trata de ofrecer una comedia en mitad de la Guerra Civil, y que parece en exceso deudora de La vaquilla (Luis García Berlanga, 1985), a la que no logra superar en gracia ni en capacidad metafórica, y un guión muy fragmentado en el que abundan las escenas prescindibles y se echa de menos una continuidad sólida de las líneas importantes, incluida la historia de amor entre el cabo Juan Castro (Mario Casas) y la joven Conchi (María Valverde).

Y sin embargo, a pesar de todo, por entre las brumas de una fotografía imposible y la niebla de una historia espesa, se adivinan rayos de luz que podrían haber dibujado otra película, o haber iluminado las peores partes de sombra de la que ya existe. Quizá lo más interesante es el intento de indagar en la intrahistoria de la Guerra Civil, introduciendo las cámaras por entre la miseria de las trincheras improvisadas y las conversaciones de españoles analfabetos que de repente tuvieron que empuñar un fusil para matar a sus hermanos, en ocasiones en medio del bando equivocado. En ese ámbito encontramos retazos de una emoción propia de la sencillez con que transcurre una cotidianeidad luego narrada por los libros de Historia bajo el prisma de la épica, la elegía o la tragedia; miradas y gestos auténticos que conforman un universo humano con el que podemos sentirnos identificados y hasta comprometidos moralmente; y un relato utópico sobre la libertad utópica que, aunque algo simple y manido a estas alturas de la dramática e hipócrita Historia de Occidente, consigue atravesar, aunque sea fugazmente, el caparazón de cinismo con que nos conducimos por esta España y esta Europa.

Todo lo anterior es posible gracias al esforzado empeño de los actores, todos con un buen trabajado acento andaluz, aunque no siempre plenamente conseguido. Con la excepción positiva de una María Valverde magnífica, en un registro completamente desconocido para ella, de soberbia y pizpireta niña bien, que acabará superada por el amor hacia un cabo que en absoluto es de su clase y al que acabará rechazando por esa misma razón; Valverde encaja a la perfección en su traje de joven andaluza engreída, muy lejano de todo lo que ha hecho hasta el momento y que le permite ofrecer registros novedosos —la dicción, su punto más débil, aquí casi perfecta al tener que componer un acento que no es el suyo— y subir un peldaño más en una carrera que la puede llevar todo lo lejos que quiera, si continúa trabajando tanto cada uno de sus personajes. Ella es lo mejor de un reparto que a su vez aporta lo mejor de la película: fogonazos de emoción auténtica en medio de un erial.

El cine español no puede permitirse estrenos como este. Ya sé que no es sencillo, ni quizá justo, juzgar proyectos que han tenido las enormes dificultades para salir adelante ya descritas, pero no es menos cierto que la situación cinematográfica en nuestro país va mucho más allá de lo precario, al borde de la catástrofe, y estrenos así solo confirman las sospechas y prejuicios de una gran parte de los espectadores hacia el cine hecho aquí. Si ya de por sí el estigma de la Guerra Civil permanece como uno de los tópicos insoslayables al hablar de cine español, ese prejuicio de cutrez y de amateurismo que muchos tienen sobre nuestras películas se confirma aquí plenamente. No debería estrenarse nunca una película en estas condiciones. Sobre todo, por el respeto al trabajo de quienes han intentado, en mayor o menor medida, dar lo mejor de sí mismos; y, por supuesto, por los espectadores, que tienen que pagar —como promedio— seis euros para verla, y que probablemente la próxima vez —sobre todo si es española— se lo pensarán más de dos veces.