Enamorados de entre las ruinas 

Hacer cine es una ilusión. La ilusión de muchos, lo ha sido siempre. Hacer una película es un proyecto iluso, como enamorarse, como trabajar haciendo lo que uno sabe.  Hoy quizá sólo como trabajar. Como seguir conservando películas en VHS, llamar una persona que vimos sólo una vez, o pretender que Javier Rebollo nos haga caso. Como seguir empeñándonos en invitar a esas cañas. Un acto iluso, un acto resistente, una necesidad.

Los ilusos es una película que no sabía si finalmente llegaría a serlo y deviene en puro cine resistente, poético y heroico. Rodada sin guión previo, con amigos y a ratos, entre una cosa y otra, con celuloide sobrante de otras pelis, una cámara prestada y gente que, en ese momento, no tenía nada mejor que hacer. Como  debe filmarse una película sobre el deseo de hacer cine, sobre lo que hace la gente que hace cine mientras no lo está haciendo. Con medios que otros considerarían precarios, dice Jonás Trueba que Los ilusos es una película lujosa y debe serlo, porque se ha rodado, montado y exhibido sin atadura alguna, pero también  porque regala a quien la ve la sensación de que aún somos o podemos ser  dueños de nuestro tiempo. El personal y el otro.

El metraje de Los ilusos está poblado de cineastas que habitan en la periferia del cine metafórica y físicamente, orbitando  los alrededores de la filmoteca, parándose frente a los Renoir, caminando a paso vivo por el subterráneo de los Princesa y llevando a chicas al Pequeño Cine Estudio, que siempre también se ha hecho y visto mucho cine con el  cierto objetivo de ligar. Son gente que lee mucho, que prepara vagos proyectos, que busca otros. En su trayecto se cuelan claquetas, micrófonos, pruebas de luz y, a ratos, un director merodeando. Encantadores diletantes que vagan por un  Madrid en blanco y negro bellísimamente fotografiado cuyas modestas tascas solo pueden ser suyas o bien las de París, según con el humor del cristal con que se miren.

Y en Los ilusos hay mucho humor. No solo en las escenas de comedia, que las tiene, sino en la mirada con que Trueba aborda la situación de su pandilla de soñadores, sin ápice de trascendencia, artificio o pretenciosidad, sino con la honestidad que emana a cada paso del que se intuye enorme parecido entre la troupe que crea la película y la que en ella se ve retratada (los mismos escenarios, vidas, libros, bares, intenciones  y circunstancias) con la ironía y la melancolía en dosis justas para convertir en la sala de montaje sus errantes escenas en una historia a modo de canción, de crónica de un instante si se quiere, de impecable coherencia en sus planteamientos y desarrollo,  necesariamente inacabada por lo que cuenta y por lo que trasmite, pero que permanecerá en el tiempo y crecerá. 

Lo que cuenta es la historia de León (Francesco Carril) un director que busca una película entre las grietas que dejan los libros sobre la muerte del cine y el suicidio (una impostura filmar sobre el suicidio, recuerda Trueba a Rivette, puesto que nunca nos hemos suicidado antes) y la acaba encontrando en los resquicios de una historia de amor y en  la certeza de que esa muerte del cine, en tiempos en que los cines como tantas cosas mueren, sólo puede ser un nuevo principio: el de hacer las cosas de otra manera, que no necesariamente pasa por rodar con un móvil sino que se puede permitirse los 16 milímetros, el blanco y negro, la poesía y la delicadeza, porque tiene algo que decir. Y lo que trasmite es ganas de hacer más de entre las ruinas, de hacer cualquier cosa, ligereza en los pies, una sonrisa y un delicioso sabor de boca. Cita Trueba al joven poeta suicida Chusé Izuel: «Puede que me equivoque, pero existe un momento en la vida, sólo un momento, en que somos conscientes de que somos genios o enamorados. La cuestión es sencilla, ridícula. O una cosa u otra, imposible ambas». Si los enamorados del cine hacen películas así, puede que me equivoque, quizá lo que nos sobren sean genios.