McClane al servicio secreto de su majestad

Uno se pregunta qué coño está pasando actualmente por algunas cabezas de Hollywood, pues parece haber una consigna oficial sobre la persistencia de la guerra preventiva contra todo tipo de amenazas —algunas factibles, otras más teóricas—. Será porque desde hace unos cuantos años tienen en los USA a un presidente demócrata —y afroamericano, para más señas: pecado y delito para algunos—, que se presentó como el adalid de la concordia mundial —con premio Nobel de la Paz incluido— y de la transparencia guantanamera, aunque al final haya sucumbido a la traición de su propia voluntad. Es entonces cuando, ahora que el negro ha renovado su mandato, tenemos los más deleznables ejemplos de justificación bélica, haciendo las delicias del Tea Party.

Lo cierto es que llevamos un añito que parece más propio de la administración del semi-idiota George W. Bush que del predicador Barack H. Obama, pues con la falsamente ambigua La noche más oscura (Zero Dark Thirty, Kathryn Bigelow, 2012) y la sobrevalorada Argo (Id., Ben Affleck, 2012) ha venido a formar equipo Objetivo: La Casa Blanca (Olympus Has Fallen, Antoine Fuqua, 2013), otro vergonzoso pastiche autojustificativo sobre los peligros de la tibieza en materia de política exterior. Su argumento es delirante, y hay que hacer un serio ejercicio de memoria y reflexión —o todo lo contrario: instalarse en el encefalograma plano— para tratar de encontrar las causas de por qué los Estados Unidos mostrados en la pantalla aparecen tan endebles y acomplejados, frágiles en una seguridad interna que les mantienen expuestos a que un puñado de norcoreanos logren asaltar la Casa Blanca y tomar como rehenes a la plana mayor del poder ejecutivo norteamericano, con unos ciudadanos como testigos tan traumatizados como su propio presidente Benjamin Asher (Aaron Eckhart), todos ellos perplejos e inmovilizados, sin poder de reacción, asistiendo a cómo les golpean en su centro neurálgico, recibiendo una patada en sus mismísimas pelotas como aviso de su debilidad.

Pero lo más interesante de esta propuesta no está en su trastornado y psicótico guión —escrito por dos debutantes en dicho menester, y que quizás lo único que pretenden es hacer méritos para aparecer como tertulianos en el ultraconservador canal Fox—, sino en la doble labor que Gerard Butler se ha reservado, como protagonista de su propia producción. Y es que al bueno de Gerard no le cabe la testosterona en sus calzoncillos, y por si alguien se había tomado en serio la dudosa sexualidad que emanaba su Leónidas en 300 (Id., Zack Snyder, 2006) —film que Jordi Costa definió a la perfección con estas brillantes palabras: «la película desgrana una sucesión de preciosistas tableaux vivants que revisitan la marmórea grandilocuencia de Cecil B. DeMille con estética de aerografiada postal filogay inconsciente de estar al servicio de un subtexto homófobo» (“Esparta anabolizada”, El País, 23 de marzo de 2007)—, se ha juntado con todos los productores de Los mercenarios (The Expendables, Sylvester Stallone, 2010) para crear un incorruptible héroe a su medida: abnegado, implacable y letal, su Mike Banning —un remedo del John McClane popularizado por Bruce Willis en la saga Die Hard—es tipo tranquilo hasta que unos desconocidos le hinchan las narices y comienza a clavar cuchillos en cabezas ajenas a ritmo del Born in the USA, haciendo gala de los complejos que llevan a cualquier extranjero —Butler, por su origen escocés, lo es en hogar de los libres— a ser más patriota que los propios nativos, en un brutal proceso de integración donde no ha de caber la más mínima duda sobre el índice de lealtad adquirido.

La película contiene momentos tan memorables como bochornosos: lo deslenguada que se torna la Secretaria de Defensa Ruth McMillan (Melissa Leo) al ser presionada para que ofrezca una clave de seguridad; la cara de Mr. Hyde con la que el traidor Forbes (Dylan McDermott) se presenta ante su antiguo jefe; el giro trascendental con el que el personaje de Morgan Freeman —encasillado en su papel de Presidente de los Estados Unidos, esta vez en funciones— toma conciencia de los peligros de ser condescendiente con los enemigos de América; o esa alocución a su pueblo del recién liberado líder supremo —todas las naciones tienen el suyo— donde, entre otras muchas chorradas, dice haber librado a los Estados Unidos de la contaminación —¿comunismo? ¿claudicación?— que esos terroristas freelance tenían como objetivo.

Sin embargo, como no todo deben ser malas noticias, hay que destacar la labor de su realizador, Antoine Fuqua. Y no sólo como buen coreógrafo en las escenas donde abundan los disparos y las explosiones, sino, sobre todo, logrando crear con la deteriorada imagen de la Casa Blanca un espacio de pesadilla. Más allá de justificar las agresiones defensivas de su país, fijando el inconsciente colectivo sobre la otrora inmaculada superficie de dicha residencia oficial —convertida ahora en diana de prácticas de tiro, tornando su blancura en quemaduras y desconchones, con una de sus alas amputada—, la puesta en escena transforma estancias y pasillos de sobra conocidos en imagen de la desolación, donde la acción política es sustituida por la acción sin más y el presidente Lincoln aparece en escena —por enésima vez en el último año— para, con su férrea cabeza en forma de martillo pilón, ayudar al héroe a deshacerse de sus enemigos.

Fuqua, en nombre del entretenimiento cinematográfico más desprejuiciado, logra crear un confuso laberinto donde el espacio se dilata para crear, en tan cerrado escenario, un amplio campo de batalla con varios niveles de representación y peligro. Así, las paredes de la Casa Blanca se maquillan con pinturas de guerra y desorden, convirtiendo en fragilidad el poder civil frente a un mando militar atrincherado en un espacio indefinido, en un más allá fortificado y virtual —la única comunicación con el exterior son las macropantallas en HD, que convierten la crisis en espectáculo, casi en un videojuego—, donde la nota de cordura la impone el tal Trumbull —pues es difícil decirle que no a un señor que se parece tanto a Nelson Mandela— frente a los arrebatos bélicos del general Edward Clegg —un Robert Forster que en ocasiones se parece al Jack Ripper (Sterling Hayden) de ¿Teléfono rojo?, volamos hacia Moscú (Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb, Stanley Kubrick, 1964).

Y sin embargo, sin pretenderlo, Fuqua ha podido establecer un paralelismo visual entre el asalto al escondrijo de Bin Laden de la película de Bigelow y esta agresión al corazón del imperio, donde algún espectador sensible —aquí y allí— pueda comprender cómo se siente uno al recibir visitas no deseadas, vulnerando el sagrado espacio del hogar familiar. Una visión que pueden poseer algunos espectadores, pues en ningún momento se ha tratado de establecer dicha comparativa como núcleo del relato. Más bien, es lo que a algunos nos hubiera gustado.