Un lugar en el mundo

Chaika (Valentina Tereshkova) fue la primera mujer que viajó al espacio, convirtiéndose por ello en un símbolo de esperanza, en el ideal de progreso de toda una sociedad. Chaika es también otra mujer que, 50 años después de este suceso, viaja nómada, luchando por encontrar su lugar en el mundo. Conocemos la historia de Ahysa (Chaika) por su hijo Tursyn, que está buscando sus raíces, ahondando, preguntando a su abuelo por el misterio de su madre (que recuerda a Katya y la búsqueda de su madre Lara, en Dr. Zhivago). También es la historia del refugio que encuentra Ahysa en Asylbek y del amor unidireccional que la profesa, cuidando de ella y de su hijo Tursyn, al que bautiza como “déjalo estar vivo”. Chaika es, pues, la historia existencialista sobre esta desubicada mujer rusa (de la antigua URSS, ahora Kazajstán). Huir, huir, esa es la cuestión, hacia dónde, para qué, no se lo pregunta, solo huir, ese es el leitmotiv de Chaika, que vaga sin encontrar su espacio, porque no es un sitio físico, es un estado de ánimo, es encontrarse a uno mismo. La huida de Ahysa, Chaika (gaviota en ruso) es una muestra de la huida de su pueblo, que elude enfrentarse a su propia desaparición, que sobrevive a las cenizas de un imperio extinto: ilusiones perdidas de lo que pudo ser la URSS, que evoca también a la España de hoy, post-estado del medio-estar y, por esto, la cinta es universal, porque la náusea de Chaika es la metáfora de la sociedad actual post-capitalista y post-comunista, sin norte.

Desmitificando la idea ingenua que tenemos sobre la vida en estas regiones, reflejadas con pasión y alabanza en las optimistas y dispares Dersu Uzala, Hyazgar o La boda de Tuya, Miguel Ángel Jiménez, en cambio, nos descubre unos parajes desoladores y unas más áridas relaciones humanas, en un lugar recóndito en el mundo, conformando una auténtica poética de la desolación. Así, esta coproducción ruso-georgiana-española es un filme pausado tanto a nivel visual como acústico, puesto que cuenta con una continua y conmovedora guitarra de fondo que cautiva y acompaña a unas imágenes bellas a la par que trágicas, una Georgia y un Kazajstán yermos, donde destacan los extremos: él y ella, esperanza y desesperanza, este-oeste, un invierno gélido de la recóndita estepa georgiana (ejemplificado por la familia inhospitalaria de Asylbek) frente al verano tórrido, representado por la acogedora familia de ella. Pero sobre todo resalta el fuerte contraste que trasmite la imagen de la chatarra de un cohete en mitad de la árida Georgia, parábola de la abismal disparidad entre tecnología-miseria, la tecnología en declive por un lado, y la miseria de una sociedad que deambula entre el nomadismo de supervivencia extrema o el explotado asentamiento en las ciudades, por otro. Esta cinta narra, así, con melancolía, la pérdida de valores y de las tradiciones ancestrales, y el desequilibrio emocional que ello conlleva, aludiendo a las expectativas soviéticas de intentar internacionalizar la política comunista y la frustración al no conseguirlo.

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Hay muchos chaikas en la actualidad, herederos de la sociedad post-comunista, donde el sentimiento de grupo y de lucha ha sido reemplazado por el individualismo, la corrupción y el mercado, y estos factores no traen consigo sino el caos. Chaika es una víctima de este caos existencial, está perdida en el limbo, en una frontera que provoca des-ubicación porque, como dice su hijo: “en esta mierda de vida hay gente que muere donde ha nacido, otros nunca encuentran su lugar y pasan el resto de su vida buscándolo”. Y esta desorientación se presenta por triplete (geográfica, cultural y personal). Geográfica por la propia linde entre Asia-Europa; cultural, por la condición de los kazajos, porque, como Tursyn proclama: “son la estepa de la llanura del mundo y su final”; y personal por la forma de ser de Chaika.

Pese al montaje, en algunos momentos disperso, en conjunto es una propuesta valiente, interesante, lúcida y provista de una opción estética nada gratuita, a través de una cuidada y esmerada fotografía, a cargo de Gorka Gómez Andreu (también productor de la cinta), donde se ven las piruetas de un director en ciernes que sugiere, no muestra, se toma su tiempo para expresar la soledad de ella y de él, unos desconocidos pero convincentes Salome Demuria y Giorgi Gabunia, sin los cuales esta historia tan intimista no hubiese sido posible. Así, lejos del documental y de la complacencia de, por otro lado, maravillosos cuentos como La historia del camello que llora, estamos ante una pequeña muestra de lo que el cine de autor y artístico está demostrando en este país, que no corresponde con el arquetipo de cine español al uso, pero que, por suerte, es también cine español y, por supuesto, cine con nombre propio, cine de Miguel Ángel Jiménez, un director que busca su sitio sin prisa, pero sin pausa. Ori pasó desapercibida, espero que no ocurra lo mismo con Chaika, que encuentre su sitio en la cartelera y un hueco en el ceñido grupo de talentos patrios. Ya tiene varios premios tras nuestras fronteras, como siempre, falta que se le considere dentro, a este filme post-apocalíptico que narra las miserias y la lucha por la supervivencia en la era de los contrastes entre ricos y pobres, donde los pobres como Chaika, continúan luchando por encontrar su lugar en el mundo, los eternos nómadas.