Imágenes que no piensan

Hannah Arendt, la última película dirigida por Margarethe Von Trotta, cuenta el proceso de elaboración del que seguramente es el libro más popular de la filósofa alemana: Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal [1]. Alrededor de este asunto, la película narra también cómo afectan el seguimiento del juicio contra Adolf Eichmann y la escritura del libro a las relaciones de Arendt con su marido, que teme que todo ello lleve a su mujer a un doloroso pasado marcado por la persecución, la reclusión en un campo de internamiento y finalmente el exilio; las suspicacias provocadas por los artículos de Arendt en The New Yorker, encargado de publicarlos; los conflictos generados a Arendt una vez publicados los artículos, tanto en Israel como con muchos de sus amigos neoyorkinos —básicamente por dos razones: por la negativa de Arendt a considerar a Eichmann un monstruo, considerándolo más bien como un personaje mediocre, algo imbécil y no especialmente malvado, cuya principal motivación, tan frecuente en cualquier tiempo, fue adaptarse al clima de la época para medrar; y por el tratamiento que realiza en los artículos, que luego se convirtieron en libro, del papel desempeñado por los Consejos Judíos en las sucesivas fases que llevaron al exterminio de su propio pueblo, algo que antes que Arendt ya había estudiado minuciosamente Raul Hilberg en el esencial La destrucción de los judíos europeos [2]—, así como en la Universidad en que Arendt impartía clases,.. La película también aborda, en flashbacks, las tensas relaciones de la filósofa de origen judío con su maestro, Martin Heiddeger, afecto al régimen nazi, así como incluye a dos personajes que sirven de confidentes a la autora de Los orígenes del totalitarismo, la amiga típicamente cínica pero entrañable, función desempeñada por la escritora Mary McCarthy, y la abnegada secretaria, Lotte Köhler. Hay, pues, que decir ya claramente lo que solo está sugerido en estas líneas: Hannah Arendt es una película banal.

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Es este un problema no precisamente intrascendente a la hora de abordar un asunto como el que ocupa a Von Trotta en su película. Pues las conexiones, a sensu contrario, entre los avatares de Eichmann durante el tiempo de puesta en práctica de lo que los nazis llamaron la “Solución final”, y los de la filósofa de origen judío durante los años —especialmente— de la escritura del libro dedicado al proceso de Eichmann, no son pocos. Si Arendt señalaba que en la época del tercer Reich solo personas excepcionales se comportaron con normalidad, lo cierto es que la escritura y publicación de su libro mostró de nuevo que solo una persona excepcional es capaz de mantenerse al margen del “pensamiento único” que domina su época, ese que obedientemente siguen las personas normales, ya sea en los tiempos del tercer Reich, en los primeros sesenta en que se celebra el juicio contra Eichmann o en nuestros días: la vida y la obra de Hannah Arendt ejemplifican magníficamente cómo el pensamiento independiente es en realidad el único verdadero pensamiento, y, como consecuencia, el único que puede oponerse a los males que puedan sobrevenir. Es cierto que la película de Von Trotta alude a esa perseverancia por pensar, ese afán encomiable por comprender hasta donde sea posible, que caracteriza la obra de Arendt, y especialmente una como Eichmann en Jerusalén: las primeras y las últimas imágenes de la protagonista la muestran en una actividad similar: tumbada en un sofá con un cigarrillo entre los dedos, pensando. Pero desgraciadamente, y esto es lo importante, esto jamás se encarna en sus imágenes.

Pues Hannah Arendt es precisamente una película que no reflexiona por sí misma, liberada de los lugares comunes. Su escritura no puede ser más previsible y anodina. Imágenes de una pensadora, pero que no piensan. Y es que resulta muy relevante a la hora de abordar una película como esta que es precisamente el lenguaje un tema capital del libro de Arendt, y que es a través del lenguaje, del usado por Eichmann, que en buena medida Arendt analiza la banalidad del personaje: “su lenguaje llegó a ser burocrático porque Eichmann era verdaderamente incapaz de expresar una sola frase que no fuera una frase hecha […] su incapacidad para hablar iba estrechamente unida a su incapacidad para pensar, particularmente, para pensar desde el punto de vista de otra persona. Y finalmente la autora arriba a su famosísimo concepto de “la banalidad del mal” tras juzgar la grotesca estupidez de sus últimas palabras, minutos antes de ser ajusticiado, y constatar que “incluso ante la muerte, Eichmann encontró el cliché propio de la oratoria fúnebre”. Es en este sentido que no puede ser más lamentable que Hannah Arendt sea una película escrita por completo con frases hechas, tan impersonal como una declaración de Eichmann.

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Y es que esa es la cuestión principal de cualquier acercamiento —por indirecto que sea, como es el caso de la película de Von Trotta— al tema del Holocausto: el lenguaje. Frente a esa corrupción del lenguaje efectuada por los nazis —de la que, como se ha asegurado en alguna ocasión, acaso el alemán tarde muchos años en recuperarse—, perversión lingüística que Viktor Klemperer denominó la lengua del tercer Reich y que fue “la más segura de las protecciones contra las palabras y la presencia de otros, y por ende contra la realidad como tal”, en palabras ahora de Hannah Arendt, frente a ello, digo, la necesidad de articular con el lenguaje una realidad sin precedentes, que bordea lo inefable, para la que las palabras se han vuelto impotentes, horriblemente imprecisas. Y no otra ha sido, pues, la principal preocupación de los escritores que, después de sobrevivir a los campos de concentración o de exterminio, trataron de dar testimonio del horror por escrito: “del mismo modo que nuestra hambre no es la sensación de quien ha perdido una comida, así nuestro modo de tener frío exigiría un nombre particular. Decimos «hambre», decimos «cansancio», «miedo» y «dolor», decimos «invierno», y son otras cosas”, decía Primo Levi en Si esto es un hombre [3]. Si algo falta en una película como Hannah Arendt es la turbación, la incertidumbre, el temblor, la trágica batalla librada por las palabras que tratan de abrirse camino, de vislumbrar en la oscuridad, de huir del discurso dominante y así ayudar a explicar lo que roza lo inexplicable —propósito nuclear de la escritora alemana, enfrentado incluso al de numerosos escritores que han abordado este terrible capítulo de la historia y en muchos casos de sus vidas—.

Si existe alguna esperanza —también en nuestro tiempo—, esta pasa por que logremos desplazar a las palabras falsas —a las imágenes falaces, es lo mismo—, por que algún día llamemos a las cosas por su nombre, como no en vano afirmara con confianza Tadeusz Borowski, por que una escritura de la revelación, por muy insuficiente e insegura que sea, o precisamente por eso mismo, luche contra el lenguaje cristalino y seguro de sí mismo al servicio de la ocultación, por la convicción de que la posibilidad de transformación es una cuestión de mirada, de que antes de construir una realidad diferente hay que pensarla. El cine —o lo audiovisual, me da igual— podría cumplir aquí algún papel, incluso uno trascendental; no, desde luego, una película como Hannah Arendt.


[1] Publicado en España por la editorial Lumen.

[2] Publicado en España por la editorial Akal.

[3] Publicada en España por Muchnik Editores.