A propósito de Alan

En una de las primeras escenas de R3sacón, Alan (Zach Galifianakis) recibe con desenfadada indiferencia el durísimo rapapolvo que le suelta su padre, hastiado del comportamiento irresponsable de su hijo, cuya última travesura ha concluido con una jirafa decapitada y un accidente de tráfico múltiple. Repantigado en el cómodo sofá, Alan se pone un par de auriculares, neutralizando el sonido ambiente y dejándose llevar por las reconfortantes palabras de Billy Joel en My life: «I don’t care what you say anymore, this is my life / Go ahead with your own life, leave me alone». A su espalda, un infarto fulminante acaba con la vida de su progenitor ante la impotencia de madre y hermana. Apenas unos instantes le bastan a Todd Phillips para congelarnos la sonrisa y enfrentarnos, por primera vez en la trilogía, no solo a la tragedia de la muerte —inminente, repentina, irrevocable—, sino a la faceta más antipática de un personaje cuyas tropelías han despertado nuestra simpatía y complicidad en las dos entregas anteriores.

La dura realidad —hiperbolizada, eso sí— queda revelada ante nuestros ojos: el «entrañable» gordito barbudo de voz aflautada no es más que un tarado egoísta con evidentes problemas psiquiátricos; aunque también, como descubriremos posteriormente, un ser de torrencial humanidad e inquebrantable sentido de la lealtad. El desmadrado histrionismo de Zach Galifianakis bascula entre lo divertido y lo irritante pero, paradójicamente, es en su desestabilizada figura donde Phillips encuentra el equilibrio perfecto entre humor y sentimentalidad: una confesión emotiva, atenuada por un gag en el momento justo, vale más que mil discursitos sensibleros sobre la amistad, los afectos o la culpa. Me remito al conciso y precioso reencuentro entre Alan y el que fuera su «hijo adoptivo» en Resacón en Las Vegas (The Hangover, 2009).

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Si Resacón 2: ¡Ahora en Tailandia! (The Hangover, Part II, 2011) parodiaba el clónico mimetismo de algunas secuelas de películas de éxito comercial, R3sacón imita el modelo de final épico de trilogía al estilo de El Caballero Oscuro: La leyenda renace (Dark Knight Rises, Christopher Nolan, 2012), sucediéndose los aparatosos tiroteos, persecuciones y robos entre giros de guión ejecutados con una precisión notable. El regreso a la Ciudad del Pecado trasciende la condición de autohomenaje: Las Vegas, infinitamente hortera e imponente, se erige como irónico purgatorio, habiendo sido la génesis de una larguísima serie de catastróficas desdichas. Todd Phillips, cada vez más preocupado por la forma y la puesta en escena, rueda con virtuosismo y sentido de la imaginación las frenéticas e imposibles correrías de los protagonistas. Algo inusual, debemos decirlo, entre el grueso de los artífices de la llamada Nueva Comedia Americana.

Resulta indudablemente coherente que sea Alan el encargado de cerrar la historia, de tomar entre sus dedos el hilo narrativo y dar la última puntada. Sin él, no existiría ese wolfpack que integra junto a Phil (Bradley Couper) y Stu (Ed Helms), pues fueron su afán de cariño y reconocimiento y su pueril sentido de la amistad los detonantes de las aventuras relatadas a lo largo de las dos primeras partes. Fue él quien selló el pacto con el mefistofélico Leslie Chow (Ken Jeong) y, por tanto, el único capacitado para deshacerlo, librando a sus compañeros del oscuro influjo del gangster chino, culpable primordial de los embrollos a los que han ido enfrentándose película tras película. De esta manera, reparamos en que Alan fue siempre la pieza central, y R3sacón no es sino el relato de su redentora transición de la niñez a la madurez —sin pasar por la adolescencia—, de su despertar sexual, de su descubrimiento del amor y la muerte y de su aproximación a los conflictos afectivos de la  paternidad. Y, hacia el final, un homenaje a Grupo salvaje (Wild Bunch, Sam Peckinpah, 1969) nos recuerda que, a pesar de los pesares, en este atolondrado sociópata perviven unos valores en extinción, exiliados por el signo de nuestros tiempos.