Los caprichosos hijos de Henry

Si hay una verdad inmutable que los historiadores reivindican es que el estudio del pasado nos aproxima a nuestro presente. Conocer los hechos pretéritos otorga alcance al análisis de nuestros días por medio de la comparativa, arrancando conclusiones positivas de cómo hemos llegado a donde estamos, contrastando las sociedades y sus momentos.

Todo aquel que haya podido ver Los asesinos de la luna de miel (The Honeymoon Killers, Leonard Kastle, 1969) no dejará de evocar sus fotogramas al ver Sightseers (íd., Ben Wheatley, 2012). Aquella, influenciada notablemente por el duro realismo que John Cassavetes estaba realizando por aquellas fechas, rememoraba un hecho real acaecido un par de década atrás, donde dos corazones solitarios se unían para desfalcar a mujeres desesperadas —solteronas, viudas, madres abandonadas, etc.—, encontrando en el asesinato una técnica rápida para conseguir sus objetivos.

La historia de estos dos asesinos en serie resucitaba los fantasmas de una década oscura y opresiva, como fue la de los años 50. Bajo la brillante pátina de un país que libaba las mieles de la victoria en la Segunda Guerra Mundial y que se dirigía con paso firme hacia la hegemonía de su entorno, coexistía una sociedad enfermiza donde habitaban los fantasmas de la represión del Comité de Actividades Norteamericanas —valedora de unas libertades cuya sola existencia amenazaba con conculcar— y los cadáveres escondidos en el sótano de Ed Gein, cuya historia daría a aquella sociedad un sonoro tortazo a ritmo de cuchillo cebollero en Psicosis (Psycho, Alfred Hitchcock, 1960).

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Martha Beck (Shirley Stoler) y Raymond Fernandez (Tony Lo Bianco), los psicópatas protagonistas del único film de Kastle, llegaron para bajar de las nubes a unos norteamericanos soñadores que se habían dejado mecer en los brazos del flower power —un movimiento fundado en la candidez y el buenismo— y que habían alcanzado el sueño de caminar sobre la superficie de la luna. Su inocencia era comparable a la de El principito de Saint-Exupéry montado sobre el cuerpo celeste B-612 —que, por su nombre, más que un asteroide parecía un esteroide o cualquier alucinógeno—, y los asesinos llegaron para matar el candor de la ceguera, plantando ante los atónitos ojos del planeta USA la verdad de su momento: las selvas de Vietnam distraían a la opinión pública de la verdadera amenaza de la muerte, ésta interior, forjada en los pasados —y casi olvidados— días donde los norteamericanos creían haber logrado su tan ansiada felicidad.

Sightseers anuncia con la misma potencia los males ocultos en la sociedad de nuestros días, denunciando la incomodidad de un luminoso panorama que oculta las mismas frustraciones vitales y sociales de hace casi medio siglo. Y lo hace a través de la comparación y el contraste con aquella obra que hemos tomado como su precedente: allí donde había dramática tensión ahora hay cómica distensión, allí donde se ejecutaba cara a cara ahora hay porrazos por la espalda, y allí donde había un fin último —por muy espurio que fuera el robo a mujeres confiadas e indefensas— ahora se encuentra el odio fundado en la envidia y los celos.

Quizás este último sea el aspecto que mejor retrata el diagnóstico de Sightseers: el nihilismo instalado en la sociedad contemporánea a través de dos personajes mediocres y con unas ambiciones superiores a sus posibilidades. Dos seres perdedores, atrapados por sus condicionantes vitales, que tratan de escapar con la casa a cuestas, en una caravana que les representa en su vulgaridad y vacío. Tina (Alice Lowe) y Chris (Steve Oram) se inscriben dentro de esa clase social que, con la llegada de la crisis económica, ha perdido toda posibilidad de ascenso social, víctimas del estancamiento que les propone el paisaje general: permanecer ella viviendo para siempre con la loca de su madre; no ver cumplidos él sus sueños de escribir un libro, tras haber perdido su trabajo.

Sus sueños pasan, como los del conjunto, por unas efímeras y modestas vacaciones, una fuga de la triste y dura realidad que les enfrentará con otros seres mejor situados que ellos en la escala social. Su ruta —trazada con un cordel atado con chinchetas a un plano de su comarca mientras visualizamos los títulos de crédito iniciales— les predispone en su huída de sus problemas diarios, marcando puntos de inflexión tan pequeños como ridículos: museos dedicados al tranvía o la historia del lapicero, colinas con vistas panorámicas y rutas de senderismo que no llevan a ninguna parte. Su itinerario, prefijado como el de Los asesinos de la luna de miel, invoca a la parada como forma de saciar su apetito de libertad. Como sus precedentes, Tina y Chris irán encontrando en cada mojón de su camino seres más felices que ellos, dispuestos a disfrutar de la vida que a ellos se les niega. Y, como Martha y Ray, esta pareja tratará de tomar para sí y a la fuerza lo que creen que por derecho les pertenece.

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La diferencia es que, aquí y ahora, no hay materialidad que valga. En sus gestos asesinos sólo hay rencor y suspicacia hacia los demás, hacia ese otro que ha tenido más suerte o un rendimiento mayor de sus esfuerzos. Es la mirada atravesada lo que guiará sus pasos y sus actos, perdiendo paulatinamente sensibilidad hacia lo que significa la vida ajena, usurpándolas para sí como quien se apropia en las redes sociales de identidades más notables que la propia. Debido a ello, incluso el propio Ben Wheatley adquiere ese carácter vampirizador, robando para su proyecto el imaginario de Kastle y mezclándolo con la violencia vacía de Henry, retrato de un asesino (Henry: Portrait of a Serial Killer, John McNaughton, 1986), pasando la mezcla a través de ese tamiz friki —tan moderno y popular como en franca decadencia— de personajes marginales y algo retardados, víctimas del desafecto emocional y cuyo encuentro desata las más bajas pasiones.

Sightseers navega entre la comedia negra —impecablemente británica, en este aspecto— y la road movie para resaltar los engendros que el statu quo forja en su seno. Productos antes que víctimas, Tina y Chris llegan a ser dos usuarios de una efímera impunidad que les empuja a transformar sus vacaciones en un ajuste de cuentas con sus frustraciones, materializando las oscuras fantasías vengadoras que habitan en el inconsciente colectivo: poner a cada uno en su sitio, sin leyes ni contratos sociales más allá del propio individuo como único juez y la mirada atravesada como código penal. Un callejón sin salida, un salto al vacío que a la postre resulta traicionero y falaz, descubriendo las miserias más ocultas de una sociedad enferma de referentes éticos, atenazada por su incapacidad de generar felicidad más allá de la destrucción de lo ajeno. Ante ellos, ante nosotros, el abismo. Algo malo está pasando cuando los psicópatas ofrecen su reflejo para que toda una sociedad se reconozca.