Creer en algo. Temer a todo

No soy de Saw y no he pertenecido nunca al club de los que admiran con deleite y efusividad la menuda figura de James Wan. A su cine le he visto el cartón casi siempre para bien y para mal, su literatura, su cinefilia y sus imposibles trucajes. Pido disculpas por ello mientras me reafirmo, negándome, en ello. Porque encontrándole siempre su puntillo nunca le encontré ni su quid ni su cuestión. Ni al artefacto mitómano y fundacional del torture porn de Saw, ni al ejercicio nostálgico de terror vintage y caduco (aunque hábilmente posicionado dentro del ecosistema del biotopo del horror contemporáneo) de Silencio desde el mal, ni el divertido y malsano pero naif (y finalmente fallido) ejercicio de hacer del vengador tradicional un poeta de lo hemoglobínico de Sentencia de muerte, ni siquiera el ochentero despelote fantasmagórico y posesional de Insidious. Ninguno llegó a convencerme para unirme orgulloso en sus cada vez más numerosos fieles. Hasta que llegó mi hora, hasta que arribó Expediente Warren y su mala baba basada en hechos reales. Y creo que lo consigue porque más que el final de un trayecto o la depuración de un estilo me parece la consecución de unos principios: el cine de genero como evolución de sus propios defectos, como transformación o exorcismo de los fundamentos y los andamiajes de su propia esencia escénica.

THE CONJURING

Es como cuando una comedia te hace reír o un drama te hace llorar. Wan hace arañar las butacas de los cines modernos con fórmulas antiguas. Con nuestros miedos benditos y nuestras malditas certezas. Con el querer poder y el poder de llevarlo a cabo de cabo a rabo. Creer en algo, temer a todo como dogma. Respirar entrecortado como manera de subsistencia. Gritar para ti mismo y asustar a los demás. La risa nerviosa que se contagia porque estamos infectados de ese veneno puro que es sentir miedo acompañados. Recordarlo cuando estemos solos. El miedo nos aprisiona en nuestra vida real (la crisis, el paro, Rajoy, tener una relación, no tenerla) por eso a veces necesitamos exorcizarlo mediante una pantalla en la oscuridad. Y hacerlo con los mejores argumentos y de la mejor manera para que volver a nuestra vida sea casi placentero.

La nueva película de James Wan parece la respuesta de un aspirante a otro aspirante al trono contemporáneo del terror, del que ha dirigido esta película a Rob Zombie y su The Lords of Salem, ejercicio de terror que también ahonda en la misma mitología y en semejantes pulsiones. Expediente Warren es un recetario para provocar terror en el espectador mientras que el ex cantante heavy se dedica a cocinar una de esas recetas con parsimonia, talento, cariño y fuego lento. James Wan juega con el espectador como si lo acabara de conocer. Zombie es el típico amigo que solo te va a hacer una broma al año pero es la que más te puede doler. Wan construye sobre la realidad y sobre lo autorreferencial un laberinto esquinado repleto de iconos reconocibles. Rob destruye, como si fuera un albañil loco pagado por horas, un pasillo interminable forrado con puertas donde las cruces que la adornan están dadas la vuelta. Ambos no se conforman con que vayas al cine y ya. Ambos creen en el terror como liturgia. Como terapia.

Ambos basan su potencia en la puesta en escena maléfica, alambicada y contundente. Es el secreto de Expediente Warren, la disposición de los elementos, lo que se escucha cuando algo no se ve, lo que se ve cuando nada se oye, lo que entendemos, lo que nunca llegaremos a comprender, ni con la cabeza ni con las manos. Lo que nos somete. El plano secuencia como actitud, como trayectoria de un brazo que va a acabar rompiéndonos los dientes, como baile ancestral iniciático y de descubrimiento(s), como un regate taimado, como una moto que te sobrepasa en la autopista. Por ejemplo, la primera entrada de los Perron en casa convierte un momento festivo en un plano inquietante mediante a un movimiento de cámara que remite a una película que se hizo en los mismos años en los que se desarrolla este filme: El resplandor (The Shining, Stanley Kubrick, 1980). El tratamiento hiperrealista tanto a nivel fotográfico como de concepto (basado en hechos reales desde su increíble prólogo) es enlazado (unido, profanado) por esa forma/desde esa fórmula con un clasicismo cinematográfico que sirve para mezclar “lo real” con “lo fantástico”. No es necesario el found footage para introducir al espectador en una pesadilla. Eso ya es tan 2011.

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El salto de calidad desde Insidious a lo mejor tiene que ver con el tiempo y con que ésta tenga su propia secuela dirigida también por Wan. Pero en Expediente Warren sí se atisba una madurez a la hora de cerrar puertas y ventanas al propio significado de la obra total. Por eso quizá se despacha tan rápido la conclusión, con ese imposible final feliz, aunque la historia (y las fotos finales) nos corroboren que así fue. Porque el final que al director le importa no es el de lo que pasó, de lo que vivió el matrimonio Warren y la familia Perron, si no el de las cosas que descansan en la habitación que no queremos que nuestros hijos ni nuestros seres queridos abran nunca. La habitación del pánico, de los miedos, de los objetos que fueron poseídos por nuestros demonios. Seguir creyendo en algo para poder temerle a todo. Porque como bien dice Ed Warren según yo lo interpreto, Dios y el Diablo (allá cada uno con su santoral) puede que existan, pero El Bien y el Mal son impepinables. Y viven en las mismas personas. Y comparten los mismos pisos.