La Ciudad de Dios

I

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Vista Guerra Mundial Z, se comprende qué atrajo a Brad Pitt del relato polifónico escrito por Max Brooks sobre una plaga de muertos vivientes a nivel global: Desde 2005, Pitt y su mujer, Angelina Jolie, han adoptado niños en Camboya, Etiopía y Vietnam, y tenido hijos propios en Francia y Namibia. Ambos suelen también viajar, en ocasiones bajo mandato de ACNUR, a rincones varios del planeta asolados por erupciones volcánicas o tsunamis, y han fundado alguna que otra organización benéfica de alcance internacional.

La novela de Brooks podía interpretarse como una sátira sobre la rebelión de las masas contra los órdenes sociopolíticos regentes de nuestro mundo; órdenes opacos a ese lo real en sí que solo en circunstancias catastróficas o revolucionarias puede manifestar su inmensa fuerza destructora, tonificante. No en balde, los testimonios orales que integran el libro se remiten a un pasado, el ahora, inequívocamente peor al tiempo posterior a la victoria sobre la plaga zombi. Un pasado de individuos «egoístas, intolerantes y jodidos entre ellos», muy distinto a una época en la que «todos compartimos una experiencia en común». Brooks es muy explícito al dedicar Guerra Mundial Z a su hijo Henry Michael «porque me hace desear cambiar las cosas».

La película auspiciada por Brad Pitt, en cambio, hace gala de un ánimo edificante, institucional, conjugado en presente. Sumiso al presente. Componen la acción set pieces ubicadas en Filadelfia, Corea del Sur, Israel y Gales. Pero el hilo conductor de las mismas —si cabe hablar de hilo conductor en una historia mal planteada y peor expuesta por Marc Forster, historia víctima de innumerables problemas de producción y montaje— es un único protagonista: Gerry Lane (Pitt), científico al servicio de la ONU que busca el origen de la infección zombi para desarrollar un remedio eficaz contra ella.

II

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Gerry cumple un papel de mediador entre los restantes personajes y el espectador, similar al de los entrevistadores en el relato original. Guerra Mundial Z intenta honrar así la estructura coral, digna de un retablo medieval apocalíptico, ideada por Max Brooks. Si bien la presencia continua en el plano de una gran estrella como Pitt —cómplice por añadidura, en tanto co-productor, de un blockbuster obligado por su desorbitado coste a satisfacer a todos los públicos— cuestiona el sentido terrorífico y hasta ideológico de las hordas de no-muertos que se nos han vendido como gran atractivo de la película. Hordas diríase que ostentosamente digitales.

Porque la evanescencia en Guerra Mundial Z de los muertos vivientes; la ausencia de la carne y la sangre consustanciales a ellos; lo incomprensible de su naturaleza si no se han visto otras películas del subgénero zombi; su desaparición como amenaza directa, cuerpo a cuerpo, son características muy ligadas a la mirada omnipresente que Gerry deposita sobre ellos. Una mirada vacua, impasible. Cuando arranca el film, se nos informa de que Gerry ha cumplido con éxito varias misiones para Naciones Unidas, lo que hace de él un candidato idóneo para cumplir con el encargo descrito. Pero pronto queda en evidencia que, pese a su estética de cooperante comprometido, nos hallamos ante un funcionario, ante un esbirro tan privilegiado como hastiado de un organismo menos ansioso tradicionalmente por arreglar desigualdades en el mundo que por salvaguardar el statu quo entre los poderes que la constituyen. «La ONU es un agente de los cinco estados que poseen derecho a veto en su Consejo de Seguridad» (Noam Chomsky).

Cuando sus superiores —con métodos mafiosos, por cierto— logren que acepte la encomienda, el científico la acometerá con una mezcla de abulia y paternalismo que incluirá por ejemplo el recomendar, a una familia de inmigrantes hispanos posados en Nueva Jersey, que «el movimiento es vida»; cosa que Gerry y los suyos han practicado y practicarán a lo largo del metraje, pero con medios y seguridad inaccesibles para el común de los mortales. Y, cuando concluya su misión, aunque se nos asegure que «la guerra no ha terminado, acaba de empezar», certificará la vuelta a la normalidad el reencuentro impoluto de Gerry con su familia, que ha sumado un nuevo miembro: el benjamín del citado clan hispano, que podrá dormir tranquilo por fin en brazos de la nívea Angelina Jolie —perdón, Mireille Enos—.

III

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Como puede apreciarse, Guerra Mundial Z hace gala de un espíritu tan alienado como el que caracterizaba 2012 (íd. Roland Emmerich, 2009) o Lo imposible (J.A. Bayona, 2012). Aunque la película de Forster sea mucho menos honesta que las citadas, al desvirtuar literal y metafóricamente un subgénero tan primordial como el de los zombis en nombre de la calificación moral PG-13, indicativa de una “guía paternal estricta” que es también paternalista. Los muertos vivientes dejan de ser el símbolo de «una humanidad desconocedora de sí misma, errante, peligrosa» (Jorge Fernández Gonzalo), para devenir conveniente desastre de orden casi fenoménico.

Algo que enuncian los propios diálogos, de los que se deduce una consideración del zombi menos como problema que como síntoma ambiguo de otros problemas aun más ambiguos, incognoscibles. Parece ser suficiente la esperanza de que una vacuna baste para disipar cualesquiera efectos desestabilizadores. Una visión conservadora, moribunda, bienpensante, refractaria a unos tiempos que han delatado, volvemos a Fernández Gonzalo, «cómo en la construcción del hombre en tanto ser moral había intereses de orden político y socioeconómico, lo que obliga a revisar los conceptos y los discursos heredados al haber llegado todo a su máximo desgaste».

Al respecto, vale la pena señalar que las películas de zombis acostumbran a enfrentar a estos con microcosmos humanos que revelan alegóricamente nuestras imposturas en tanto animales amaestrados por lo psicológico y lo social. Al apostar Guerra Mundial Z por el macrocosmos, por una panorámica de conjunto en la que se reitera la idea del acoso, invasión y derribo de la ciudad tal y como se entiende hoy, la alegoría amplia su efecto sea o no su intención, precisamente cuando «lo urbano es planetario y lo atraviesan fisuras, inseguridades y desarrollos geográficos desiguales […] la calidad de la vida urbana se cifra en el turismo, el consumismo, la cultura y el espectáculo, facetas de la economía política urbana y valor de cambio para los pudientes […] los desposeídos tienen derecho a su ciudad, derecho a cambiar el mundo y la vida y a reinventar lo urbano de acuerdo con sus propios deseos […] la revolución de nuestra época tiene que ser urbana, o no será» (David Harvey).

IV

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Decía Antístenes que «las ciudades perecen en el momento en que no pueden distinguir a los malos de los buenos». Refrendaba su opinión el título fundacional sobre el zombi contemporáneo: La noche de los muertos vivientes (Night Of The Living Dead. George A. Romero, 1968). En sus primeros minutos, un joven asustaba a su hermana simulando ser un zombi, y era víctima de un zombi auténtico. En los minutos postreros, Ben (Duane Jones), que había actuado como un ser humano ejemplar, era víctima de un auténtico ser humano. Buenos y malos confundían sus rasgos entre las llamas. Buenos y malos compartían entusiasmo a la hora de matar. La carne corrompida ansiaba corromper. La carne viva hacía lo que fuera para no dejarse corromper. Incluso, corromperse.

Guerra Mundial Z deja en cambio claro desde el minuto uno quién y cómo es el bueno y quiénes y cuándo son los malos. Corrijamos: ni siquiera se concibe la posibilidad de que haya malos. Se está enfermo, o se está sano. Pero solo cuando se está sano se tiene derecho a habitar La Ciudad de Dios agustiniana. La poetisa Dorothea Lasky ha captado con precisión el sentimiento que ello nos despierta: «Da miedo / Porque lo que es peor que el terror / No es el terror / Sino la salud».