Una historia demasiado próxima

Hace poco regresé de Tajikistan. Emociona, como viajero, pensar siempre qué hay más allá. Encontrar algo más, descubrir nuevas culturas, ver nuevos horizontes… Sin embargo, existe siempre la prevención de lo inesperado, del riesgo, del peligro. Al otro lado del río, tentador, está Afganistán. Espacio ahora poco hollado por viajeros. Pero allí aumenta el peligro. Asaltos, secuestros o muerte son conceptos que pueden destruir, por completo, la ilusión del viaje. En el caso concreto del secuestro, el temor de la violencia física, de la tortura, de violación. La incertidumbre de si jamás se podrá regresar a casa, ver los seres queridos. Las dudas acerca de la motivación de los captores y de sus expectativas. Porque hay delincuentes con aspecto de malvados y otros más agradables. ¿Son estos más fiables o por el contrario son peores? ¿Debemos relacionarnos con ellos? ¿Es un tema de necesidad biológica, social o emocional? ¿Y, si nadie nos rescata? De nuevo, ¿Por qué? ¿No interesamos a nadie?. En definitiva, ¿teníamos que haber estado allí, dónde fuimos capturados? Son numerosos los interrogantes, las dudas, que surgen en torno a un secuestro, dejando de lado las motivaciones políticas del mismo, si las hay. Y esto es lo que Brillante M. Mendoza hace en Cautiva. Revisar los caleidoscópicos factores que forman parte de un secuestro. De las sensaciones, miedos y sufrimientos de su protagonistas.

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Mendoza recurre al movimiento como eje estético de su propuesta. Movimiento de la cámara pero, especialmente, de los personajes en una errancia incierta. De las secuencias iniciales del secuestro, al desplazamiento por el mar, las largas caminatas por la selva, los movimientos agónicos, reptantes, durante los diversos tiroteos en el hospital o la maleza… El movimiento como eje de  una tragedia que se alargó durante casi dos años y que el director filipino representa, progresivamente, como una pesadilla. De la especificidad inicial en cuanto a tiempo, lugar, motivaciones y objetivos, se evoluciona a un desplazamiento en el que el objetivo financiero y político no sólo se mezclan sino que se diluyen mediante grandes elipsis que llegan a dar una sensación global de desubicación y falta de sentido llevando al espectador cerca (muy relativamente, por supuesto) del estado de los personajes. La selva, la espesura, presente y representada muy físicamente, con la dificultad para ver más allá de las narices, dando lugar a tiroteos cruzados, con las plantas que queman y pinchan pero también que curan, con su encarnación de la confusión organizativa y mental, es el segundo y muy valorable recurso del que Mendoza echa mano.

No acierto a intuir si los sesenta minutos descartados por el director enriquecían la cinta o la hacían más morosa. En cualquier caso, queda patente la redundancia en la que cae en los momentos en que Mendoza introduce insertos de la amenaza que significa la selva o, muy especialmente, en las secuencias de inmovilidad pasada la mitad del metraje, que lleva a los personajes (y demasiado a menudo al protagonista encarnado por Isabelle Huppert de modo un tanto plano) a lugares comunes. Sólo la intermitente historia de la enfermera asediada, casada por el rito islámico con uno de los secuestradores, embarazada y finalmente, por ello, dominadora de su situación consigue hilar cierta coherencia.  Defectos que impiden que la obra alcance la rotundidad de películas previas del director —tan diversas como Service (2008), o Kinatay (2009)— pero que no invalidan la fuerza de una historia que deberíamos sentir muy cercana. A mi regreso de Tajikistan, sano y salvo, tras un desplazamiento propio de turista más que de viajero, me entero con alegría de la liberación de Montse y Blanca, secuestradas durante su cooperación con MSF hace 21 meses. Su drama debe haber estado muy cercano al contado por Mendoza.