I

El eurocentrismo histórico, por mucha buena voluntad o información que tengamos a mano, es un pecado perenne. Con google o sin él seguimos sabiendo poco, demasiado poco, de países de los que hablamos mucho para decir poco.

México se ha convertido en los últimos años en un país sin ley y sin gobierno, un caudal de crímenes impunes, en donde el criminal, el político y el policía parecen de la misma condición, y por tanto son efecto de un sistema, una lógica y unas reglas  que producen que las noticias que nos llegan sean apenas las de violencia y pobreza. No hay más que poner México en el buscador del El País para comprobarlo. Hace veinte años la rebelión zapatista se encontraba a la cabeza de las noticias, movimiento invisibilizado tras la figura mediática del subcomandante Marcos. Y ésa es una de las lógicas del sistema mexicano: negar la existencia de movimientos de oposición, individualizarlos con un nombre propio al que la prensa da todo el crédito y luego, con facilidad, se vitupera, se hunde al protagonista creado y de paso al movimiento opositor. Puede decirse que es una estrategia del poder.

Por eso, ver Colosio: el asesinato requiere cierta contextualización. Luis Donaldo Colosio fue asesinado el 23 de marzo de 1994, poco después de ser investido como candidato a la Presidencia para las elecciones de ese mismo año. Podríamos hablar de magnicidio, por las peculiares características del Partido Revolucionario Institucional (PRI), que llevaba en el poder más de setenta años ininterrumpidos.

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El crimen, según fuentes oficiales, fue perpetrado por una única persona, pero las evidencias apuntaban a que era un crimen ordenado desde las tripas del partido o, mejor, desde su cabeza. Desde su creación, en 1929 y hasta el año 2000, el PRI ha gobernado México, hasta 1938 con el nombre de Partido Nacional Revolucionario, y desde esa fecha y hasta 1946, como Partido de la Revolución Mexicana. Hasta 1988 no tuvo oposición alguna, pero en ese año Carlos Salinas de Gortari ganó con el 50,70% de los votos, al parecer mediante un fraude, reconocido años después por el anterior Presidente de México Miguel de la Madrid. El gobierno de Salinas realizó la completa liberalización de los servicios públicos, la firma del Tratado de Libre Comercio de los tres países de América del Norte y la reforma de la Constitución, desmontando uno de los mayores logros de la Revolución Mexicana, cuyo artículo 27 afirma: Pertenecen a la nación las tierras, aguas y recursos naturales comprendidas dentro de los límites del territorio nacional, ya sea debajo o encima de la tierra. Regula el manejo de las tierras y recursos de la Nación.

Estas políticas fueron ensalzadas por los economistas del gobierno estadounidense y se elevó el reconocimiento a la República Mexicana por ser el país que había puesto en marcha todo el protocolo neoliberal. A consecuencia de estas nuevas políticas, en 1994 México entró en la crisis más grande de su historia, la conocida como efecto tequila, de la que aún no ha salido.

Colosio fue elegido a dedo por el déspota Carlos Salinas, quien solía asegurarse la total fidelidad de su candidato sucesor para mantener su poder en la sombra, alejado de las dos facciones más poderosas dentro del PRI, autodenominadas como los tecnócratas y los políticos.

Sorprendentemente, Colosio se desmarcó de Salinas en un recordado discurso del 6 de marzo de 1994, en el cual habló de indígenas, de desigualdades y de necesidad de cohesión social, incluso de autocrítica hacia los anteriores presidentes que no supieron ver las necesidades de la gente común… El 1 de enero, en el Estado de Chiapas, un grupo de indígenas había tomado las sedes del Estado federado, se había levantado contra el gobierno de la nación, presentándose como ejército insurgente. De entre todos, una voz hizo temblar al mundo desde Internet, era la mítica figura del subcomandante Marcos, un nuevo Emiliano Zapata, con su calidad humana y su sensatez revolucionaria… Un héroe romántico de enorme arraigo mexicano, personalización de la mismísima Revolución Mejicana de Villa y Zapata.

Pero los que ya gobernaron no tienen que ganar elecciones sino subordinaciones: se puso en funcionamiento el mecanismo para eliminar a Colosio y elegir otro sucesor más dócil… Salinas siguió gobernando tras la fachada del nuevo Presidente Ernesto Zedillo, pero en el año 2000 se produjo la primera derrota electoral del PRI en su historia, al vencer Vicente Fox del Partido de Acción Nacional (PAN). La gran crisis mexicana creada por el PRI significó su caída. El PAN sin embargo siguió la misma línea priísta, afianzó la dependencia de los países del norte, abandonó las políticas sociales, favoreció a los grandes grupos transnacionales, debilitó al funcionariado que ha profundizado su corrupción y pactó con la Santa Sede concordatos que rompen otra de las líneas de la Constitución proveniente de la Revolución de 1910: la autonomía del Estado respecto de la Iglesia. Hoy México es uno de los países con mayores desequilibrios y donde menos vale la vida humana.

II

Hemos visto que la historia de México es poco conocida, su presente también si nos atenemos a las noticias de la prensa nacional, mientras el cine que llega a las pantallas españolas está igual de alejado de las historias de mexicanos y mexicanas. Apenas nos llega cine mexicano, pese a la evidente proximidad cultural y fraternal. Más allá de la fulgurante internacionalización de Alejandro González Iñárritu, con o sin Guillermo Arriaga, y de Guillermo del Toro, los rastros de cine mexicano que se estrena se reduce, en la actualidad, al nombre de Carlos Reygadas, al que acompañan el estreno de la ópera prima de Michael Rowe y el último largometraje de Gerardo Naranjo. Ni siquiera el enfant terrible, Amat Escalante, ha estrenado aquí. Otros, que si lo hicieron en el pasado, han desaparecido, como Arturo Ripstein, Fernando Eimbcke, Rodrigo Plá, Luis Mandoki, Jorge Fons, y también está olvidado un director tan capacitado para desentrañar la historia de México como Luis Estrada, quien con una excelente trilogía La ley de Herodes (1999), la única estrenada, Un mundo maravilloso (2006) y El infierno (2010)— consiguió un retablo cruel y realista de la sociedad mexicana. Por no citar al documental más polémico de los últimos años en México, Presunto culpable (Roberto Hernández, Geoffrey Smith, 2008).

En 2010 se celebró con pocos fastos el bicentenario de la independencia mexicana y el centenario de la revolución mexicana. La película Revolución (2010) congregó a una decena de directores, nueve mexicanos más el colombiano Rodrigo García. Uno de los episodios, 30/30 dirigido por Rodrigo Plá muestra la esencia de la política mexicana posrevolucionaria o priísta. En ella, uno de los muchos nietos de Pancho Villa es llevado de un lugar a otro por políticos que utilizan el nombre del mítico revolucionario al que traicionaron y también asesinaron— para lucimiento personal del politiquillo de turno. Dicen hacer valer la Revolución Mexicana con concursos de belleza, palabras vacías que se mezclan impidiendo que el nieto siquiera pueda leer un pequeño discurso.

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Dicho vaciamiento de la Revolución Mexicana, lucir el símbolo pero cerrando la boca al pueblo, queda también reflejado en el episodio de Rodrigo García La Séptima y Alvarado, donde un magnífico desfile de revolucionarios y soldaderas pasa desapercibido a ojos de los transeúntes que se cruzan afanados en resolver sus problemas de la vida diaria, donde ningún efecto tiene ya aquella Revolución emancipatoria. Y la misma realidad de anulación de la Revolución se encuentra en el episodio de Fernando Eimbcke, La bienvenida donde, como en Bienvenido Mr. Marshall (Luís García Berlanga, 1953), los preparativos esforzados para recibir a un político en pueblos recónditos, esperanza de que alguien les escuche y atienda, se desvanecen.

Es ya recurrente que cuando algún político pretende dar contenido a la Constitución emanada de la Revolución Mexicana (supuestamente triunfante), cuando aunque sea mínimamente decide desviarse de la política pactada por los grupos de poder, como sucedió con Colosio, solo queda esperar la catástrofe o el atentado. Nadie está a salvo de las garras del PRI. Queda poca escapatoria al sistema y como única esperanza de mejora, la emigración al Norte, que siempre comporta un retorno. El infierno clava el acento en las diferencias existentes entre el México de quien emigró hace una quincena de años y el que se encuentra cuando vuelve, expulsado por ilegal y sin haber podido ahorrar. Regresa y ha de optar por elegir a que lado de la violencia se coloca, para así sacar a su familia de la miseria. Entre tanto, en el sur no puede buscarse alternativa alguna: Belice, Guatemala, Honduras…, la emigración hondureña hacia México es igualmente cruenta y desconocida con quienes llegan, aunque sea de paso para seguir yendo al Norte. La vida precoz y breve de Sabina Rivas (Luis Mandoki, 2012) es un clarísimo ejemplo. Los que emigran, siempre que sean pobres, son convertidos en objetos, en esclavos a los que se amenaza por su irregular situación. Mientras, en el episodio que dirige Reygadas para Revolución, Este es mi reino, se ejemplifican las diferencias entre los que tienen y despilfarran y los que trabajan para ellos por un mísero jornal y que sólo miran desde un rincón cómo festejan los señores. ¿Es ésa la Revolución Mexicana celebrada?, ¿es esa la imagen que se recuerda? ¿es una sombra magnífica que pasa como un decorado? Es una dura, muy dura realidad. 

III

El 6 de marzo Colosio afirmaba:

“Como partido de la estabilidad y la justicia social, nos avergüenza advertir que no fuimos sensibles a los grandes reclamos de nuestras comunidades; que no estuvimos al lado de ellas en sus aspiraciones; que no estuvimos a la altura del compromiso que ellas esperaban de nosotros. Tenemos que asumir esta autocrítica y tenemos que romper con las prácticas que nos hicieron una organización rígida. Tenemos que superar las actitudes que debilitan nuestra capacidad de innovación y de cambio. (…) Empecemos por afirmar nuestra identidad, nuestro orgullo militante y afirmemos nuestra independencia del gobierno”. Palabras que mostraban cierta disidencia de lo que era la práctica de un partido perenne en el gobierno y que algunos vieron como señas esperanzadoras de un cambio democrático con la nueva presidencia.

Resulta, a tenor de lo anterior, apasionante acercarse a un crimen que recuerda a los de Aldo Moro con la figura ténebre de Giulio Andreotti— o el de John Fitzgerald Kennedy. El director Carlos Bolado utiliza la artificiosidad de la película de Oliver Stone JFK (1991) para atenazar al espectador, y para ofrecer una tesis inapelable: se trató de un crimen de Estado, organizado desde los más altos niveles de la política en México incluidos elementos del Estado Mayor Presidencial y de la Procuraduría General de la República, a contrapelo de la versión oficial, que sostiene que el político sonorense fue asesinado por Mario Aburto Martínez, un pobre hombre que habría actuado en solitario.

Además, parte de su polémica como película, era incidir en las elecciones de 2012, estrenándose para ello el 5 de junio, cuando las elecciones se celebrarían el 1 de julio. A pesar de esto, el PRI, otra vez con la sombra del tongo a cuestas, venció de la mano de Enrique Peña Nieto al Movimiento Progresista de Andrés Manuel López Obrador.

Además, como en el caso de JFK, hay imágenes del asesinato, lo que permite valorar si la verdad oficial es verosímil. Y la película sustenta otra verdad, la popular, como mantiene también la película El atentado de Jorge Fons, de ese mismo 2010, que recuerda el teatro que encubre el frustrado asesinato de Porfirio Díaz en 1897. Y lo hace con un mecanismo similar al de Oliver Stone, en donde las investigaciones, aparentemente independientes de un experto en Inteligencia, dirigido por un tenebroso personaje apodado el Doctor, trasunto de José María Córdoba Montoya, asesor de Carlos Salinas, llevan a que el conocimiento de la verdad suponga la muerte del mismo y de todos aquellas que se hubieran relacionado de alguna manera con el susodicho investigador.

En este contexto cinematográfico, el director muestra las apariciones de Salinas, por detrás, mostrando sus orejas, lo cual es reconocible para los mexicanos, pero que cinematográficamente llevan a otra alusión, la efigie del Andreotti encarnado por Toni Servillo en Il divo (Paolo Sorrentino, 2008). No es baladí la referencia, pues como hemos expuesto arriba, hay mucho de Andreotti en Salinas y/o viceversa.

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En este caudal de información reside el mayor problema de la película para un español. Demasiadas capas, con esa colisión de personajes ficticios y reales que produce que muchas veces la película sea más entretenida como un thriller que como un documento, como la señal de que estamos ante una película que buscaba algo más y que, con la victoria del PRI, no lo consiguió. Ahora, si cabe quedaría la posible, incierta por el momento, apertura judicial del caso Colosio.

La importancia de la película es precisamente la complejidad de la República Mexicana y su imperfecto desarrollo democrático. En el terreno cinematográfico, hay ciertos desequilibrios entre las interpretaciones y un ritmo irregular, que decae por momentos en cuanto al interés por conocer las intrigas de un crimen y las entrañas del poder. Lo cual no resta ningún mérito a la estupenda labor de documentación de los guionistas Carlos Bolado, Hugo Rodríguez y Miguel Necoechea, quienes estudiaron los archivos de vídeo, audio y escritos sobre el caso pero, sobre todo, pudieron diseccionar los informes de la Fiscalía del caso Colosio para realizar un retrato fidedigno de quienes estuvieron detrás del asesinato de Luis Donaldo Colosio. Si bien en su estructura la película obedece a los parámetros del cine de ficción, la forma de trabajo y de desarrollo de una tesis para construir un montaje de imágenes de archivo lo hermana tanto a películas como Salvatore Giuliano (Francesco Rosi, 1961), como a la tradición de documentalistas mexicanos, especialmente a los retratistas de la Revolución, con las primeras imágenes filmadas de Pancho Villa y Emiliano Zapata, hasta los numerosos documentales sobre la masacre de Tlatelolco de 1968 y sus consecuencias, sin olvidar el impulso que ha dado la difusión del vídeo para reafirmar el documental como un producto que puede verse en salas de cine. Hay que destacar la fecundidad de las coproducciones (México, España, Francia y Colombia) que han aportado el capital suficiente para reunir los tres millones de euros presupuestados para la realización de esta película.

Por último, conviene reseñar que Colosio: el asesinato se estrenó en México con 450 copias y ha sido un rotundo éxito de taquilla, superando el millón de espectadores.