Forzudos y fulanas

Creo que nunca he probado los esteroides pero me da a mí que tienen que saber a lo que sabe esta película. Tienen que saber a algo hinchado que camufla su falta de cerebro con un corazón luchador y seguramente grande y disconforme. Tienen que saber a un pinchazo en la cadera. O justamente al contrario: un corazón tan pequeño que puede mover un cerebro grande y estratégico. Tiene que pinchar como un sabio pequeño y conforme de gran corazón seguro. Seguro. Como un cineasta que incluso ha pedido perdón por algo que él cree que no tenía que haber hecho o que tenía que haber hecho de otra manera. Lo malo de los esteroides (sin haberlos probado nunca creo) no es su sabor ni el dolor del pinchazo, sino las consecuencias irreversibles: que la gente oculte sus debilidades de una forma y le aparezcan de otra forma más clara. Eso también puede pasar cuando vean esta película porque Bay posiciona a los espectadores en una sensación de inteligencia que dudo que les corresponda. Porque no es Dolor y dinero una película para ciclados ni para animales de gimnasio, no lo es tampoco para condescendientes que no supieron apreciar los valores meridianos de La Roca o Transformers. Es una película para la gente normal que nos gusta disfrutar con las desgracias ajenas en la pantalla y reverenciar cualquier gesto que nos aisle de la mediocridad reinante en esta república de puercos y diatribas cochinas. A la gente que no nos gusta que nos recorten el sueldo y sorprendernos en las bodas familiares de lo bien que se ha puesto la prima chica y sus riesgos grandes.

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La gente que desde estas páginas hemos defendido más de una vez a Michael Bay como uno de los autores más personales del momento, aunque sus películas no acabaran de convencernos. Ahora que parece que todo el mundo le ha levantado el castigo no vamos a ser nosotros los que nos apropiemos de los cansinos y vagos lugares comunes que han solido emplearse para descalificar su manera de entender el cinematógrafo. Traquilos, tampoco nos vamos a hacer los listos, que para eso está twitter y lo magazines culturales. Bastará con hacerle justicia a un filme que se expande mientras dura, en una suerte de cine horizontal que se consuma mientras se consume (en) toda su amplitud. Un cine que a pesar de ir hacia delante lo hace a sus anchas, dotado de una pirotecnia que a veces camufla algún misil entre sus cohetes de fogueo para luego mirar a otro lado sonríendo y simulando que se disimula. Un neobarroquismo frontal, excesivo, excelso, agotador, rico y contundente, que dota a la imagen del poder de contarse a sí misma incluso contradiciendo a lo que se diga en el guion. El poder de la imagen absoluta pero también la del montaje epicéntrico y la ética del videoclip. Definitivamente, nada que no pudiéramos haber apreciado en las demás obras de su obra. ¿No? ¿Entonces por qué ahora parece que ahora sí? ¿Cuál es el cambio? ¿el tiempo o nosotros? ¿Michael o Bay? Tengo mi opinión al respecto e intentaré resumirla en tres puntos.

Uno. Se murió Tony Scott y parece que Bay se carga a sí mismo con la responsabilidad de que siga presente entre nosotros. Dolor y dinero parece una mezcla actualizada de Amor a quemarropaRevenge Domino, una reedición de esa forma de mirar entre irónica y circunspecta a un alrededor donde cualquier aportación nueva o futura es más que bien recibida. El cine para Tony Scott era siempre de mañana y el clasicismo ya lo traía digerido desde casa. Como cuando Godard re(in)ventó el cine acudiendo a su particular forma de mirar a los iconos tradicionales. Lo que separa a Bay (y al bueno de los Scott) de Godard es el contexto cultural y vital que los enmarca y un talento digamos que “diferente” para tampoco ser tan cabrones. Pero en el fondo la formulación de los sistemas y la consecución de los resultados beben de una actualización temporal de los lugares comunes de la narración. Es lo que hace aquí Bay: Un reboot personal y único del cine negro donde los personajes en lugar de ser más inteligentes que el espectador medio (como en el cine clásico) son tan idiotas como reales, tan exagerados como inmediata y tristemente reconocibles.

Dos. Decía Diego Salgado en su artículo sobre Transformers 3 en esta misma revista que sus películas podrían resumirse como “una sobredimensión de lo material tan absoluta que ha de acabar concretándose paradójicamente gracias a infinidad de retruécanos fotográficos y digitales”. Aquí o bien por ser una historia basada en hechos reales o bien por desarrollarse en los 90’s y no en un futuro distópico, Bay, con un ojo en Tony Scott y el otro en Bar Paly, decide apostar mucho más por los personajes que en sus anteriores películas, poniéndolos en el centro del huracán y de la trama, haciéndoles imperar sobre lo que les rodea, sobre los coches que conducen y las drogas que les dominan. Sobre los sueños que maquinan y las máquinas que ahora sólo son para hacer dominadas. El foco está en las desventuras de esos pobres diablos forzudos, aunque acertadamente el quid está en el espejo que los distorsiona y los transforma. Michael Bay no lo hace con CGI y eso le quita el ruido que afea, la orgía metálica y de chatarra y “la lluvia dorada en la cara del público camuflada en juguetes de Hasbro” a la que se refería Roberto Alcover Oti en su crítica de Transformers 2 también en Miradas de cine. Le quita lo superficial aunque esta película haya elegido quedarse en la superficie en casi todo momento.

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Tres. El humor, el que nos salva y el que nos condena a seguir salvándonos. Como en el díptico de Dos policías rebeldes pero con mucho más swing. Tanto que realmente nos hace plantearnos si realmente lo que nos presenta Dolor y dinero es una comedia pura pasada por la turmix reformularia posmoderna de Bay. Porque por momentos parece que el director californiano quiere seguir a David Gordon Green pero se le cruzan los Farrelly y se va para allá porque realmente se pasa mejor. Para el espíritu hedonista, aunque terriblemente pesimista, de Bay las reglas de la nueva comedia americana le permite parodiarse, excederse con menos miedo del habitual, ponerse serio, decirnos que era broma, resetear, desplegar su ideario conservador sin disimulo y sin medida. Los personajes de Ed Harris y, sobre todo, de Tony Shaloub se encargan de eso: de disparar entre chistes, verdades absolutas y discutibles, como decíamos antes, bombas de racimo entre bengalas y petardos. El tono no solo está en el dibujo de los personajes, arquetipos desproporcionados (lo que nos llevaría también a los mejores Coen de los últimos años) capaces todos de suscitar nuestras simpatías, sino también en el ritmo de la narración y en varios juegos de montaje bastante evidentes.

Cuatro. Ahora Michael Bay mola. Y nosotros que nos alegramos. Y seguimos como en el primer parrafo sin saber si es una película con poco cerebro y un corazón grande como un cochino, o con un corazón pequeñito y un cerebro sabio como un demonio. Y sin probar las esteroides.