Cine y/o barbarie

Dos cosas han marcado la cultura del siglo XX: la barbarie y el cine. Pero ¿es que la barbarie es cultura? Claro. Por eso pueden hacerse películas sobre ella. El genocidio se ejecuta de una manera y no de otra, está condicionado por la imagen del mundo que tienen quienes lo perpetran. Quizá esté en todas las sociedades humanas la posibilidad del asesinato masivo, pero el método mediante el que se realiza es particular de cada una. Además, las variaciones pueden deberse a preferencias estéticas, no sólo a motivaciones políticas. En el caso que muestra The Act of Killing, antiguos verdugos —que, en cierto sentido, todavía ejercen— son invitados a actuar como personajes de películas, porque ellos consideran que lo son. O que les gustaría serlo. Este documental único, una de las no demasiadas obras maestras indiscutibles de la historia, sigue a unos autodenominados gangsters indonesios que mataron a cientos de personas con un estilo inspirado por o aprendido en el cine. No tiene sentido que se escondan, como tampoco lo hacen los adolescentes que no se avergüenzan de salir borrachos en las noticias, o los fiesteros que presumen de drogas y armas ante los reporteros. Es lógico que estén tan deseosos de presumir, de plasmar su talento en una pantalla, para la posteridad. Es donde merece estar. Por fin se les reconoce. Son los que realizan en la realidad los sueños de los espectadores.

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En The Act of Killing, el cine es presentado como el hábitat de los verdugos. El pensador Theodor W. Adorno decía que los medios de masas nos embrutecen. Los productos de la industria cultural prescriben el modo adecuado de actuar en sociedad, limpian de complejidad todos los dilemas y los resuelven claramente. Intentan que extrapolemos a nuestra vida cotidiana la posibilidad del final feliz de la ficción. Animan a que el público se comporte como sus héroes, prometiendo (falazmente) las mismas recompensas que estos reciben. Sin embargo, la eficacia de la industria cultural no está en que ofrece un modelo moral atractivo por su pragmatismo, sino en que lo repite una y otra y otra y otra vez. Su omnipresencia ocupa todos los espacios culturales y aniquila la visibilidad de cualquier otra opción de vida alternativa, por eso no necesita que le compremos la suya. Los genocidas de The Act of Killing son una creación de la sobreexposición —con la que todos convivimos— a tantas y tantas películas de mafiosos y psicópatas. Estos son arquetipos que viven como dioses, ¿cómo no querer ser como ellos? Por supuesto, es absurdo pensar que esas gentes de mal vivir empezaron a matar a sus vecinos porque lo habían visto en la pantalla. Pero hay conexión. Hay una continuidad, al menos metódica: consumen productos cinematográficos con la misma velocidad con la que asesinan comunistas. Van entendiendo cada vez mejor qué hace carismáticos a los mafiosos de la pantalla, aprendiendo una elegante técnica que ejercitan en la práctica cuando salen del cine. Los genocidas perfeccionan su estilo por placer emulador, un puro movimiento estético porque, al fin y al cabo, quitar la vida a alguien es un proceso mecánico que no necesita tanta cháchara. Eso se descubre rápidamente. Pero hay que hacerlo bien, con talento, y para eso hay que seguir viendo muchas películas y ejecutar a muchos enemigos del orden. Ambos niveles, el de la barbarie y el de su representación, forman parte de la misma cultura.

Parece una buena metáfora explicar la mente del asesino “político” como la de un director de cine. El segundo dispone ejércitos de extras disfrazados de esbirros, cuya única función es ser blancos vivientes para la furia de los héroes. El genocida utiliza opositores (reales o no) del régimen como carne de cañón. Para el asesino de masas, las víctimas no son tales, sino simples extras de su película de exterminio. Son cuerpos despojados de historia, por eso no son humanos para el ejecutor. Él es el guionista y director, el que les adjudica ese papel utilizando una ideología que justifica la masacre. Pero también es el protagonista. Con sus propias manos ata, electrifica, dispara, acuchilla, viola, humilla, golpea, escupe, mina, arranca, introduce, bombardea, ametralla. Y eso, hacerlo con sus propias manos, es un orgullo. Lo equipara a los personajes de la pantalla, que hacen cosas. La gente normal no hace cosas, sólo mira. Mirad la suficiencia de los genocidas en The Act of Killing, sentid su seguridad. Quien no respeta al asesino lo teme. El asesino no puede perder.

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Pero, claro, las víctimas aquí no son extras. Son personas que murieron de verdad. Que fueron torturadas. Más aún, vuelven a ser torturadas para el documental. Los asesinos vuelven a ganar, el miedo que inspiran no se ha extinguido y, sin esforzarse demasiado, obligan a sus vecinos a recrear su destrucción, para el disfrute de los mismos que rompieron su vida o la de sus familiares. Es curioso que en ambos bandos se confunden persona y personaje. Pero, mientras el genocida apenas logra ser más que una cáscara de ficción, la víctima ve cómo se hincha su dignidad ante quien pretende arrebatársela. Sólo cuando el asesino interpreta el papel de la víctima es capaz de empatizar con ella, al comprender mucho mejor su reacción como personaje que como la persona que, considera para poder matarlo, no es. Los genocidas son actores de método y conviene hablarles en su idioma, una necesidad que entienden perfectamente los realizadores de The Act of Killing. Pero, antes de llegar a ese punto de ruptura, hay un duro camino en el que el vecino que interpreta a un torturado llora de verdad, ante unos asesinos todavía incapaces de reconocer sus lágrimas como reales. La aldea masacrada reconstruye los asesinatos y violaciones para el placer de quienes los perpetraron, y la aldea también llora. Muchísimo. Mientras, los mafiosos ríen y hacen payasadas. Ambos bandos están metidos en su papel y resucitan las mismas emociones: de dolor y desesperación para unos, de placer y poder para otros. La barbarie pertenece a las víctimas, se identifican mutuamente como iguales. El cine es el campo de los verdugos. Y, cuidado, no sólo de los histriones. Algunos de los peores villanos de las películas son rudos y secos, o vulgares y sosos. Como sucede con los políticos y militares, inquietantes genocidas indirectos que apoyan y acompañan a sus secuaces, más animalizados. Pero todos ellos interpretan en su vida el mismo papel de poder y de odio.

El genocida no puede perder siendo encarcelado. Sólo es derrotado en su propio terreno, el de la estética. En The Act of Killing, los mafiosos son finalmente humillados. Son expuestos como hombres de paja, destruidos por dentro, radicalmente infelices y vaciados. Incapaces de un arrepentimiento que anhelan, desconocedores de la posibilidad de suplicar perdón. No tienen vergüenza, pero sólo porque no tienen nada. El asesino sí puede perder.