(De) entre los muertos

Traición se inicia con una secuencia prácticamente aséptica. Una doctora prepara su consulta en un centro médico mientras un conjunto de hombres espera su turno consultando el móvil. En la escena final la misma mujer desciende unas escaleras, desapareciendo en una suerte de luz oscura, camino tal vez del infierno, tal vez de otra vida. Entre una y otra imagen se desarrolla una fascinante película que se puede leer (¿imaginar?) desde muy diversos puntos de vista. Al inicio, el primer paciente comenta a la doctora que se encuentra bien pero que ha solicitado un chequeo porque siente dolores que pueden ser del corazón. Mientras le practica un electrocardiograma, ella dice estar triste porque su marido la engaña… con la mujer del paciente. La agitación del hombre se lee en el trazado de la prueba cardiológica y, pareciendo no contagiar a la mujer que mantiene una extraña compostura, se expande a su alrededor, en el temible accidente que sucede (filmado en un plano secuencia con admirable dominio de la profundidad de campo). Una vez ella ha desencadenado la tormenta, ha lanzado la bola de nieve que irá girando y aumentando su tamaño, se aleja momentáneamente, abandonando al hombre en su zozobra. Kirill Serebrennikov nos sitúa en el campo de juego de David Lynch, abandonando al hombre en un auténtico mar de sospechas que, por no estar previamente presentes, resultan aún más dolorosas. A partir de ese momento no sabremos si ella juega con él (no sabremos nunca sus nombres), si nos movemos en el ámbito de lo pesadillesco, de la enfermedad mental, o si se trata de un gozoso juego con el espectador al estilo de los pastiches de De Palma. Ciertamente la historia se podría haber estructurado como un melodrama, contenido como los clásicos de Sirk, desmadrado como los de Almodóvar o estilizado como las desencadenadas melodías de Wong Kar Wai —Con los ecos de Deseando amar  (In the mood for love, W,Kar Wai, 2000) claramente visibles en los paseos de la pareja que revisita los lugares recorridos, habitados, gozados, por los supuestos amantes—. Sin embargo la opción del cineasta ruso es innegablemente singular puesto que lanza al espectador y a algunos personajes (literalmente) al vacío en una secuencia de alarde técnico (en esta ocasión, edición mediante) que mezcla sorpresa, terror y humor negro.

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A partir de este nuevo giro dramático se nos hace difícil saber si los personajes van de ida o de vuelta de todo pero Traición, tras un peculiar interludio con dos funerales paralelos habitados por dos cadáveres de aspecto feliz,  seguirá manteniendo nuestra atención mediante nuevas secuencias que funden la sensación de onirismo con una fisicidad extrema. Su cámara recoge las formas de los cuerpos gozando del sexo, la virilidad, la lozanía, el ansia; pero también la rabia, la frustración, la ira que se desencadenan y tienen eco en un aguacero en el que la protagonista se sumerge catárticamente. Serebrennikov y su peculiar femme fatale nos arrastran a un mundo en el que se alternan (de nuevo la técnica, un cuidadoso trabajo de fotografía) la calidez y la frialdad, la pasión y el distanciamiento. Y, en pleno frenesí, otra secuencia magistral nos lleva a Hitchcock. La mujer se aleja del hombre, corre por el bosque, encuentra una ropa y se desnuda para cambiarse, sale por el otro lado y se reúne con su nuevo esposo… Han transcurrido seis años en una elegante y vertiginosa elipsis. Y, a partir de allí, como contaba Eugenio Trías, el eterno retorno, el reencuentro que nunca debió de  producirse. Orfeo regresa al infierno para recuperar a su Eurídice, a conocerla de nuevo, a seguir su tocado y su cuerpo entero, a recorrer los escenarios que antaño recorrieron. Pero el infierno es ella misma y el retorno es imposible. Los amantes dejan de recuperar su historia para encarnar, con ciertas variantes, la de aquellos cuyo romance, como un deus ex machina, desencadena la historia que contemplamos. Sereebrennikov habla de su película como una historia de catástrofes, todas las crónicas así lo refieren. Parece una broma más de un director astuto que ha disfrutado narrando, imaginando, cruzando itinerarios y secuencias con mano maestra… Pero tal afirmación no deja de ser cierta. En el amor, en el desamor, en la pérdida que sigue, siempre hay un corazón roto. Y para todos quienes los hemos sufrido, eso es una auténtica catástrofe.