La felicidad arrasada

La poderosa primera escena de esta película, magnífica en ejecución y significativa en la introducción del personaje principal, deja sentadas algunas de las bases de lo que será todo el filme. En primer lugar, nos presenta a Luke “El guapo” (carismático Ryan Gosling), un feriante que se gana el sustento con una exhibición motociclista en la que da la sensación de que se juega la vida a diario; el modo de rodar la escena nos transmite que se trata de alguien capaz de huir hacia delante sin volver a mirar atrás, y que posee una extraordinaria frialdad. En segundo lugar, la escena deja patente que el director Derek Cianfrance emplea la cámara para recoger las emociones de los personajes e intentar trasladarlas con la mayor pureza posible al espectador.

Si Cruce de caminos me parece una de las películas más valiosas de los últimos años es, lógicamente, por muchas razones, pero una de ellas es que Cianfrance logra plenamente, casi de forma permanente a lo largo de todo el metraje, hacer nuestras todas esas emociones. Pero también porque el filme alcanza una coherencia extraordinaria al conectar perfectamente sus dos temas fundamentales —una historia de amor imposible y un relato sobre la imposibilidad de escapar al determinismo social—, haciendo que el primero pueda ser perfectamente explicado por el segundo; y también porque, tratándose de un filme que habla ampliamente de ética individual, propone un planteamiento —con la dificultad discursiva que ello supone— completamente alejado del maniqueísmo; porque se trata de un filme donde la precisión —los planos duran lo que tienen que durar, los diálogos dicen que lo que tienen que decir— deja a un lado uno de los grandes problemas del cine mediocre, que es el exceso de elementos y recursos innecesarios para la narración; y porque, en el fondo, en los dos grandes relatos que plantea, el emocional y el social, logra una profundidad poco común mediante elementos narrativos y escenográficos aparentemente sencillos.

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Romina (Eva Mendes) acude a la feria para reencontrarse con Luke, después de un año sin verse; Luke le pregunta si quiere que la lleve en moto hasta su casa, y ella asiente pero, al llegar, Luke queda decepcionado porque ella le confiesa que ha comenzado otra relación. Cuando él se entera, por la madre de ella, de que Romina ha tenido un hijo fruto de la aventura que ambos vivieron, decide abandonar su trabajo y quedarse en la ciudad para estar cerca de los dos; Romina le deja claro que él no podría cuidar de ambos, por falta de recursos, y que no está dispuesta a dejar a su nueva pareja. Luke conoce al dueño de un taller cercano que le da trabajo y que le propone robar bancos; al principio todo sale bien y va consiguiendo dinero suficiente para demostrarle a Romina que podrá ofrecerle lo que necesita. Pero la creciente desesperación al no conseguir su objetivo le lleva a arriesgar cada vez más en los atracos, hasta que un día emprende una huida imposible y se cruza en su camino Avery (Bradley Cooper). Avery es un policía inexperto que se encuentra con que Luke, en su loca escapada, entra violentamente en una casa dentro del distrito donde él patrulla; no se lo piensa dos veces, entra en la casa y en un rápido intercambio de disparos acaba con la vida de Luke. A partir de ese momento, Avery será considerado un héroe por parte de toda la sociedad, a pesar de que sabemos, y él sabe, que incumplió el protocolo policial y disparó a Luke de manera precipitada. Cuando Avery se entera de que Luke tenía un hijo, el ya de por sí fuerte impacto experimentado se convierte para él en una obsesión, y el sentimiento de culpa comienza a hacer mella en su vida; en parte como un intento de redimirse y en parte porque cree en la función social de la policía, denuncia la corrupción que descubre en su departamento, a pesar de que su jefe le aconseja que no lo haga. Tras consultar con su padre, prestigioso juez, emprende una estrategia que le llevará a salvarse de la difícil situación en que se encuentra por las denuncias y a arrancar una carrera política que le lleva a ser fiscal general. Quince años después, los hijos de Luke y Avery se conocen en la universidad; el hijo de Avery es un «niño bien» que se aprovecha, para conseguir drogas, de los contactos del hijo de Luke, quien se mueve en la marginalidad, y no duda en ponerle en peligro con tal de lograr lo que quiere. Cuando el hijo de Luke logra averiguar quién era su padre, y que su amigo es el hijo del policía que le mató, la rabia se apodera de él y el primer impulso es consumar la venganza. Finalmente, el hijo de Luke acabará renunciando a ella, y refugiándose en la pasión por las motos heredada de su padre; el hijo de Avery disfruta en silencio del logro político de su padre.

El resumen de Cruce de caminos delata abiertamente la intensidad narrativa y emocional de su desarrollo, flirteando permanentemente con excesos melodramáticos que Cianfrance sortea siempre hábilmente, mediante algunos de los procedimientos ya descritos: la huida del maniqueísmo, la pasión pudorosa de su cámara o el rigor de la puesta en escena. Como ya adelantaba, y como se desprende también de su sinopsis, el tema central del filme es el anclaje de las clases sociales, es decir, la escasa movilidad real entre clases, de modo que quien nace de un padre marginal es muy probable que acabe teniendo una vida complicada, y viceversa. Del padre de Luke solo sabemos que nunca le quiso, pero no su posición social; lo que sí sabemos es cómo se gana la vida él —primero en la atracción de feria y después atracando bancos— y que su hijo, ya a una temprana edad, se relaciona con el mundo de la delincuencia. Sabemos también que el padre de Avery es un juez prestigioso y admirado socialmente, que él ha ingresado en el cuerpo de policía y que tiene cierta proyección, que acaba siendo Fiscal General del Estado, y que su hijo no tendrá que preocuparse por ninguna cuestión material. La película explicita este carácter hereditario de la situación económica con tanta convicción que da la impresión de que en EE.UU. es ciertamente imposible lograr escapar al destino que impone la clase social de los progenitores. La tercera parte de la película, donde se encuentran los hijos de Luke y Avery, es la que explicita este tema principal, y resulta escalofriante comprobar cómo el hijo del policía que determinó la vida de Luke, matándole injustamente desde su posición de poder, determina ahora la vida del hijo de Luke, gracias a que él tiene el dinero para comprar las drogas y el otro los contactos con los traficantes.

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La riqueza de esta segunda película de Derek Cianfrance no se queda, por supuesto, en este tema. Ya avanzaba antes el excelente tratamiento de la historia de amor imposible entre Luke y Romina. Con los planos justos y bajo el peso de una historia pasada de la que no tenemos detalles, el guión deja claro que Luke no puede soportar la idea de abandonar a Romina sabiendo que ha tenido un hijo suyo, y que decide dejar todo lo que tiene —lo poco que tiene (el trabajo de feriante y la vida que conlleva)— para intentar formar una familia que él nunca tuvo siendo niño. Pero lo extraordinario de la historia de amor es el personaje de Romina, excelentemente interpretado por Eva Mendes, y cómo lo trata Cianfrance. Romina acude a buscar a Luke a la feria, es decir, que es ella la que da el primer paso para que se produzca el reencuentro; cuando él le ofrece llevarla a casa en su moto ella responde afirmativamente con un gesto de entrega total y Cianfrance nos muestra un romántico paseo en moto —sin palabras, en pocos planos— que, sin necesidad de hacerlo obvio, alude a aquellos paseos en moto que debió haber en su momento; cuando llegan a casa de Romina, sin embargo, Luke queda decepcionado y desconcertado, puesto que ella rechaza su ofrecimiento de entrar, y le explica que ahora tiene otra relación. Esta ambivalencia en la actitud de Romina —primero le atrae y luego le rechaza— queda luego explicada no solo por el descubrimiento de que ha tenido un hijo suyo (la madre de ella se lo cuenta a Luke) sino sobre todo por dos escenas bellísimas en las que el espectador, sin que Luke se entere, descubre que Romina está realmente enamorada de Luke y ha renunciado racionalmente a él. La primera se produce en la entrada del restaurante donde trabaja como camarera; durante la conversación, Romina le deja claro a Luke que no es posible retomar la relación que tuvieron, y cuando él se vuelve, ya sin verla, nosotros vemos cómo llora desconsolada. La segunda escena, aún más hermosa, se produce en la cama, después de que hayan hecho el amor tras un encuentro que ambos deseaban; él habla sobre cuánto anhela ser importante para su hijo, y ella gira la cabeza hacia el objetivo de la cámara y aguanta las lágrimas a duras penas, de modo que nuevamente el espectador puede entender lo enamorada que está, cuánto desearía compartir con él esa relación y el dolor que le produce la renuncia. Ambas escenas, de delicado gusto cinematográfico e indudable elegancia, nos transmiten la certeza de que Luke en ningún momento conoce los verdaderos sentimientos de Romina, lo que incrementa el dramatismo de una historia de amor imposible que es siempre presentada con intensidad emocional pero lejos del sentimentalismo.

La felicidad no existe en Cruce de caminos. Solo aparece en los deseos proyectados de Luke, cuando le cuenta a Romina su plan para huir de la ciudad, ante lo cual ella dice con crudeza: «Es un bonito sueño»; también se adivina en los deseos ocultos de Avery, muy lejanos del ansia de poder y éxito que prefieren para él su padre y su esposa, y a los que al final también acaba renunciando. La familia, entendida en el sentido clásico, aparece más como una institución social represora, producto del sistema económico imperante, que como un lugar de paz y alegría.

La redondez de la película no proviene del excelente tratamiento, por separado, de ambas líneas narrativas (la historia de amor imposible y el anclaje de las clases sociales), sino por cómo quedan fusionadas a la perfección, puesto que la imposibilidad de la primera es producto, fundamentalmente, de la existencia de la segunda, es decir, que si Luke y Romina no pueden ni siquiera intentar que su historia de pasión se convierta en algo más, es precisamente a causa de que ninguno de los dos puede escapar a su extracción social. La felicidad, esa felicidad inexistente, queda fuertemente relacionada con las posibilidades sociales; de hecho, es sumamente interesante que la felicidad brille por su ausencia, pues esta idea se relaciona así con otra, y es que la posición económica puede permitir el éxito social pero no necesariamente garantiza la felicidad. En este sentido, y de ahí la profundidad del guión de Cruce de caminos, el filme es extraordinariamente audaz en el análisis de lo que acontece bajo el sistema económico imperante, como construcción humana: no está pensado para la búsqueda de la felicidad, que es, sin duda, uno de los anhelos humanos por excelencia.

La complejidad conceptual de la película, sobre todo en lo que concierne al hábitat social, alimenta la fuerza del análisis que antecede. La segunda parte del filme, de hecho, está protagonizada por un relato de corrupción policial que define la idea que Cianfrance tiene de la sociedad en la que vivimos. Más allá del mero hecho de que quienes están a cargo de nuestra seguridad aprovechen su posición, genéricamente, para lograr réditos personales aun poniendo en riesgo esa seguridad colectiva, nos encontramos con una escena especialmente repugnante: convertido Avery en el héroe que mató al peligroso delincuente, sus compañeros deciden hacerle un «regalo», que consiste nada menos que en llevarle a la casa de Romina para encontrar el dinero que presumiblemente Luke le habría dado, proveniente de los atracos; la búsqueda llega hasta el hijo de Luke, a quien recoge entre sus brazos el propio Avery, asesino de su padre, mientras su compañero registra bajo las ropas de la cuna, donde efectivamente encuentran el dinero que luego se reparten, recayendo la parte principal del botín precisamente en Avery. Además de la singularidad de este episodio moralmente repulsivo, lo que nos propone abiertamente esta segunda parte del filme es la imposibilidad de definir con claridad cuál es el lado bueno de la sociedad. Por ejemplo, la escena en que los policías —una vez que Avery ha decidido denunciar la corrupción que tiene lugar en el departamento— le llevan a la profundidad oscura del bosque para amedrentarle, resulta más siniestra que cualquiera de las imágenes del mundo marginal que habita Luke. ¿Quién es bueno y quién es malo? Luke es un tipo honesto que no ha tenido las cosas fáciles, que se gana la vida como puede y que lo deja todo, arrastrado por el sentimiento hacia Romina y su hijo, pero también es alguien violento, frío e impositivo con su entorno; Avery es un policía inexperto de carácter débil, que se ve dominado por los deseos de su padre y de su esposa, un convencido del papel social que debe desempeñar la policía y que denuncia la corrupción cuando la descubre, pero también es alguien que finalmente utiliza la mentira y el chantaje para protegerse y ascender socialmente.

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Otro de los detalles en el que este filme de Cianfrance se eleva poderosamente por encima del promedio es el tratamiento fotográfico, por su calidad, pero sobre todo por el rigor con que se adapta a las necesidades dramáticas de la evolución del argumento. Aunque el tono sombrío recorre toda la película —en conexión, magníficamente, con el peso del pasado que sobrevuela también desde el principio—, cada una de las partes argumentalmente diferenciadas poseen también su singularidad fotográfica. En la primera parte, la oscuridad está matizada por los tonos ocres, que ofrecen una cierta sensación de calidez relacionada con los sentimientos que habitan entre Luke y Romina; durante la segunda parte, predominan los matices fríos, entre el gris y el azul, en coherencia con el relato de corrupción policial y con la racionalidad que Avery utiliza para ejecutar su ascensión social; en la tercera, protagonizada por los hijos de ambos, se recurre a fuertes contrastes, convirtiéndola en la más oscura de todas.

La puesta en escena es uno de los elementos fundamentales de Cruce de caminos, como adelantaba al principio. Acompañamos discretamente a Romina en su dolor secreto, descubrimos la poderosa personalidad de Luke y, en general, sentimos con los personajes las intensas emociones que les impulsan: durante la huida del primer atraco que ejecuta Luke experimentamos su vibrante entusiasmo a la vez que la insoportable sensación de vértigo y peligro, y entendemos perfectamente sus vómitos una vez superado el trance; las conversaciones nos transmiten una calma desequilibrada, que es exactamente lo que atraviesa toda la película, mediante el estatismo de la cámara a través de una posición lejana que no encaja con el punto de vista de ninguno de los personajes.

El final es el mejor colofón para una película ambigua, repleta de matices y una inmensa riqueza temática. El hijo de Luke, que ha renunciado a la venganza de clase, atraviesa los mismos bosques que su padre a lomos de lo único que ha podido heredar de él: la pasión por las motos. Mientras, conservamos vivamente en el recuerdo la melancolía de una historia de amor de la que tan solo quedó una fotografía de Luke, Romina y su hijo, durante los únicos momentos que pudieron ser felices, una foto que el sentimiento de culpa de Avery le llevaría a guardarla en su cartera y que finalmente recuperaría el hijo de Luke. Así que incluso este final tan aparentemente triste resulta esencialmente ambiguo y elegante, puesto que el sentimiento último con el que nos quedemos depende exactamente del color del cristal a través del que miremos, ya que no es menos cierto que hay historias de amor de las que no queda ni siquiera una fotografía, del mismo modo que hay padres que, aun vivos, no logran transmitir a sus hijos ni tan siquiera la viveza de una pasión.