La última frontera

Quizá el principal motivo por el que el cine fantástico cuenta con una legión de entusiastas seguidores, que colocan año tras año las obras encuadrables dentro del género en la cúspide de las películas más taquilleras, radica en su permeabilidad hacia aquello con lo que fabulamos cuando la realidad aprieta y se hace necesario, imprescindible, mirar más allá. Nos conecte con los recuerdos del pasado o los anhelos del futuro, el fantástico es territorio fértil para la imaginación y el desvarío… con la (relativa) excepción de la ciencia-ficción. Al menos en su vertiente más pura, la necesidad de desarrollar universos tecnológicamente plausibles, aunque aún no existan como tales en nuestro tiempo, resulta un apriorismo que si bien condiciona el libre ejercicio de la creatividad aporta, en contrapartida, una proyección de los estándares de la condición humana hacia futuros imperfectos o presentes alternativos, igualando en importancia imagen y filosofía. Esta impronta especulativa, que define las obras maestras más representativas de la Sci-Fi —de Ultimátum a la tierra (The Day the Earth Stood Still, Robert Wise, 1951) a Blade Runner (íd., Ridley Scott, 1982), pasando por 2001: Una odisea en el espacio (2001: A Space Odissey, Stanley Kubrick, 1968) o Solaris (Solyaris, Andrei Tarkovski, 1972)— está de alguna manera presente en Gravity (íd., Alfonso Cuarón, 2013) si bien maximizando tanto el componente verista de la localización espacial como, especialmente, el humanismo inherente al relato.

Nada sorprendente en un director que viene dando sobradas muestras de talento para la narración en imágenes y el cuidado substrato emocional de sus ficciones, lo que le ha permitido conferir un sello personal a títulos tan dispares como Grandes esperanzas (Great Expectations, 1998), Y tu mama también (2001) o Harry Potter y el Prisionero de Azkaban (Harry Potter and the Prisoner of Azkaban, 2004), alcanzando con Hijos de los hombres (Children of Men, 2006), espléndido ejercicio de anticipación que desarrolla un apocalipsis cercano terriblemente verosímil, la cima de su filmografía. Partiendo de una premisa similar en Gravity también se confronta a sus protagonistas, la doctora Ryan Stone (Sandra Bullock) y el astronauta Matt Kowalski (George Clooney), con una situación límite que permitirá aflorar esas emociones e instintos más primarios que nos definen como especie, pero desde una sencillez de planteamiento diametralmente opuesta a las reflexiones de calado existencial, por lo demás tan del gusto de la ciencia-ficción, de su ambicioso fresco precedente; lo que prima en el último trabajo de Alfonso Cuarón es el componente experiencial, nada más (y nada menos) que la superación de un trauma familiar contextualizado en la lucha denodada por la supervivencia, sublimada a un territorio tan inhóspito —y poético— como el espacio exterior.

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A modo de plasmación lógica de esta temática el aparato visual y sonoro orquestado alrededor del drama resulta a todas luces impresionante: la reproducción de las condiciones de ingravidez son trasmitidas al espectador con un realismo tal que a buen seguro garantizará considerables mareos a los sufridos espectadores que caigan en la trampa del 3D, pero que a fin de cuentan no estarán experimentando sino las mismas sensaciones que Stone y Kowalski, cómodamente instalados en sus butacas. Pese al constante dinamismo de la cámara, que tan pronto orbita alrededor de los rostros de los protagonistas como enmarca al planeta Tierra en panorámicas de subyugadora belleza —cortesía de la dirección de fotografía del siempre excelente Emmanuel Lubezki—, el tempo es sumamente medido, cadencioso; como los fluidos movimientos de los astronautas en ausencia de gravedad. Todas estas decisiones de puesta en escena, inmaterializables sin el concurso de un apartado técnico merecedor de todos los elogios, hacen posible la mayor proeza de Gravity, por la que tiene ya asegurado su apartado en la Historia del Cine: la reproducción fidedigna de la experiencia espacial con todo lo que, de evocador y simbólico, tiene para la raza humana.

Claro que al primar el afrontamiento de una situación límite por encima de la especulación filosófica, que no trasciende la constatación, por la vía de las imágenes, de cuan pequeños somos en comparación al universo que nos rodea, la película se va decantando progresivamente por el thriller de supervivencia, encadenando secuencias de acción que fuerzan la suspensión de incredulidad hasta extremos temerarios. El mensaje de Cuarón resulta evidente: el ser humano es soberano, y en un entorno primigenio, aislado de todos los condicionantes que determinan nuestra existencia, es capaz de enfrentarse a sus traumas, miedos e inseguridades para, por encima de todo, sobrevivir. Una consigna que encarna a la perfección la doliente doctora Stone, a la que veremos renacer bajo las aguas en la bellísima secuencia final, cargada de simbolismo. No seré yo el que ponga en cuestión las virtudes de Gravity, que en sus ajustados 90 minutos de metraje logra obtener el máximo partido de sus recursos dramáticos, técnicos y narrativos; pero en mi modesta opinión, la catarata de elogios recibida por parte de la crítica especializada me parece excesiva. Quizá uno eche en falta más profundidad de análisis, mayor carga metafórica, la confrontación con un demiurgo, sea este divino, o extraterrestre… ¿Será que Gravity no es a fin de cuentas sino un Enterrado (Buried, Rodrigo Cortes, 2010 ) en gravedad cero?