Sonrisas y lágrimas

Siempre me ha interesado Daniel Sánchez Arévalo, porque considero que posee dos raras virtudes, una más general y otra más autóctona, que lo singularizan como cineasta. La primera es que tiene una habilidad privilegiada para comprender y expresar los pequeños sentimientos, las emociones íntimas que a veces se revelan en un gesto rápido y casi imperceptible, y que son las que finalmente van componiendo los complejos personajes que pueblan sus películas; la destreza en la dirección de los actores, el acierto en el casting y la subordinación de la cámara a la expresión corporal y facial son características de su forma de entender el cine que coadyuvan en esta virtud. La segunda es su fina intuición para asimilar y exponer los rasgos más profundos de la sociología española, esos que no salen en las encuestas del CIS pero que se perciben en las barras de los bares, y que conforman esa actitud vital «tan española», capaz la mayoría de las veces de explicar cosas que serían inexplicables bajo otros parámetros.

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Todo esto se encuentra presente en mayor o menor medida desde su primer cortometraje (¡Gol!, 2002) hasta este último largometraje que nos ocupa. Me atrevería a decir que donde ambas vertientes se fusionan mejor es en Traumalogía (2007), un intenso y excelente cortometraje de 21 minutos que creo representa lo más brillante del cine de Sánchez Arévalo. Si su primer largometraje, Azuloscurocasinegro (2006), profundiza singularmente en la expresión de todas esas emociones subterráneas que dominan a los personajes, Gordos (2009) va entremezclando interesantes reflexiones sobre la sociología española, y este último, La gran familia española (2013) —no he tenido ocasión de ver Primos (2011)— introduce ya directamente el bisturí en la idiosincrasia ibérica.

La película tiene algo que ver tanto con La gran familia (Fernando Palacios, 1962) —a la que parafrasea en el título—, como con el cine de Luis García Berlanga —al que homenajea con un largo plano secuencia al comienzo del filme—, por diversas razones: con la primera, sobre todo, porque trata de ser también un reflejo a modo de foto fija de la realidad española del momento y porque la trama circula, como en aquella, en torno a un drama familiar; con Berlanga, porque intenta reírse de temas muy serios sin por ello renunciar a las emociones que subyacen, en ocasiones trágicas, y porque las reflexiones micro sociales llevan aparejadas conclusiones macro sociales del máximo interés.

El padre de esta gran familia española (Héctor Colomé) no ha superado el divorcio de su esposa, y no quiere compartir con ella la boda del menor de sus hijos, Efraín (Patrick Criado), que al cumplir los 18 años se casa con su novia de toda la vida, Carla (Arantxa Martí), con la que se prometió cuando apenas eran niños. Ambos excesos emocionales (la obsesión del padre con su ex mujer y el amor platónico del hijo) son producto de una educación familiar en la que los padres quisieron emular la gran familia idílica de Siete novias para siete hermanos, el popular musical de Hollywood, pero se quedaron en cinco hijos a los que pusieron los nombres de los protagonistas de la película: Adán (Antonio de la Torre), Caleb (Quim Gutiérrez), Efraín, Benjamín (Roberto Álamo) y Daniel (Miquel Fernández). Adán, el mayor, es un hombre depresivo y acomplejado que está desempleado y piensa en robarle al padre para poder salir del atolladero; Caleb es un prestigioso médico que trabaja para una ONG y que huyó de España para alejarse de la ruptura con Cris (Verónica Echegui), quien a su vez comenzó una relación con su hermano Daniel, con quien Caleb mantiene una rivalidad; Benjamín es discapacitado intelectualmente, todo inocencia y ternura, aunque acaba entendiendo mejor que nadie algunas de las emociones que sobrevuelan la familia; Efraín es un joven impulsivo que quiere romper con la dinámica familiar, y que se debate desde pequeño entre el amor ideal que proyecta sobre Carla y el deseo ingobernable que siente por Mónica (Sandra Martí). La boda de Efraín y Carla ha sido planificada para el mismo día en que España juega la final del Mundial de fútbol, a la que nunca nadie pensó que llegaría; mientras la mayoría de los invitados está pendiente de las pantallas para seguir el transcurso del encuentro, el padre intentará recuperarse infructuosamente del infarto sufrido durante la boda, Efraín dudará sobre si realmente quiere casarse con Carla, Caleb querrá explicarle a Cris la urgencia de su huida mientras Daniel sentirá celos porque su hermano quizá se la vuelva a arrebatar, y Adán preparará un atraco familiar en el que implica a Benjamín.

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La familia que representa la película es disfuncional —como todas las ideadas por Sánchez Arévalo— desde su mismo origen: no solo porque parte de una imposible e indeseable semejanza con la del citado musical hollywoodiense, sino porque incluso en ese objetivo resulta fallida, al no alcanzar los siete hijos deseados por los padres, y quedarse en cinco hijos y una hija; el divorcio de los padres le pone la guinda al fracaso de tal estrategia. El padre, de hecho —interpretado con esa amargura tan característica de Héctor Colomé— es el símbolo de esa irrealidad, pues no ha querido olvidar a su esposa (la película deja claro que no es que no haya podido, sino que no ha querido) y la depresión le ha llevado a los problemas cardiacos de los que probablemente morirá: una contundente metáfora de una sociedad que por no querer afrontar la realidad va camino del colapso total. El primogénito, Adán, es en cierto modo el heredero de esa forma de ver la vida, pues no solo ha prolongado el fracaso matrimonial del padre sino que también ha adquirido su carácter depresivo; bien podría ser un símbolo de esa generación frustrada de la Transición, que ha visto cómo no era posible alargar en el tiempo el sueño democrático de sus mayores; el hecho de que se encuentre en estado de de desempleo crónico enlaza también con la realidad española del momento. Benjamín es un discapacitado intelectual —quizá el personaje más tópico y esquemático del filme, aunque magníficamente interpretado— que, desde su imposibilidad de llegar a razonamientos complejos, sin embargo, acaba reuniendo más información sobre la familia que ninguno de los demás, y acaba comprendiendo mejor que nadie, por la vía emocional, gran parte de todo lo que ocurre. Caleb y Daniel mantienen una rivalidad no solo por una mujer, Cris (bellísima y excelente Echegui, cada vez mejor actriz), sino porque de alguna manera representan el reverso de una misma moneda: de edades muy aproximadas, Caleb decidió salir de España en busca de experiencias que aquí no lograría nunca reunir, mientras que su hermano decidió conscientemente todo lo contrario; Caleb representa la lucidez de quien se ha alejado y ahora es capaz de ver mejor que nadie la realidad de lo que sucede en la familia, mientras que Daniel le guarda cierto rencor por haberse quedado cuidando de Cris para que a su vuelta intente reconquistarla; Efraín representa a una generación nueva, que quiere desligarse de las inercias y las mochilas familiares, pero que tiene su propio desconcierto y que finalmente tampoco es capaz de marcar un camino propio ni tomar decisiones definitivas.

La presencia permanente de la final del Mundial de fútbol, que es el telón de fondo de toda la representación, nos habla de una España donde las prioridades aparecen claramente desnortadas: el padre de la familia yace postrado en la cama tras sufrir el infarto, a punto de morir, pero todo el mundo está más pendiente del partido que de él. Por supuesto, el chiste consiste en la sacralización del fútbol como catarsis colectiva —lo cual nos llevaría a otros análisis interesantes pero quizá demasiado complejos para este artículo—, pero la contundencia de la comparación que se propone con la agonía del padre, obliga a llevar la reflexión algo más lejos y a un territorio más serio, sobre todo por lo que tiene de creíble tan esperpéntica situación: Sánchez Arévalo nos obliga a mirarnos en el espejo de la España que conocemos y a reconocer obligadamente que vivimos en un país a ratos decididamente absurdo.

El único personaje que está permanentemente cerca de su padre es Caleb, y ni resulta casual ni es solo porque profesionalmente sea médico. Caleb ha estado varios años trabajando fuera de España, desinteresadamente, como médico, en países del Tercer Mundo, y a la vuelta es capaz de verlo todo con otra perspectiva, tanto por la riqueza de la experiencia como por la óptica diferente que permite la distancia. Que sea el único personaje que realmente se preocupa del padre, es decir, de lo importante, es una forma de enseñarnos la carencia de perspectiva con que los españoles miramos nuestra realidad, y lo enriquecedor que resultaría que nos alejáramos más frecuentemente.

Como se puede comprobar en los detalles que he ido describiendo, La gran familia española ofrece un amplio retrato de nuestra sociedad, de sus disfunciones y de sus vicios, de algunos de los tópicos con base real, de ciertas tipologías caracterológicas y, en fin, de esa intrahistoria que al final define mejor un país que los grandes acontecimientos. El fresco que pinta con luz Sánchez Arévalo es rico en matices y ambicioso en su amplitud, al tiempo que no abandona su interés por el minimalismo emocional y, singularmente, por el sufrimiento íntimo de los personajes ante conflictos difíciles o, en ocasiones, imposibles de resolver.

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A pesar de que La gran familia española cuenta con indudables logros y mantiene gran parte de los méritos del resto de la filmografía de Sánchez Arévalo, también padece algunos problemas que la convierten en una de sus creaciones más discutibles y, sobre todo, en una cierta decepción, si tenemos en cuenta lo mucho que daba de sí el planteamiento de la película. Da la sensación de que casi todas las carencias del filme procedieran de la prisa con la que fue rodado. Sobre todo, en lo que se refiere al ámbito interpretativo —siempre muy mimado por el director—, donde podemos encontrar matices gestuales fácilmente corregibles en segunda o tercera toma, cierta descoordinación en los movimientos de los personajes en algunas escenas, e incluso alguna frase que parece mal pronunciada. Otro de los principales problemas de la película puede provenir más de su publicidad que de su esencia, pero lo cierto es que lo que en principio parece estar planteado como una comedia, acaba desequilibrándose claramente para el lado dramático; este problema se ve compensado por la ya mencionada habilidad para expresar emociones en esa vertiente dramática y, sobre todo, por la gran capacidad del cineasta —quizá su tercera gran virtud, tras las dos mencionadas en el primer párrafo de este texto— para pasar, en segundos, de la risa al llanto y viceversa. También cabe mencionar que en medio de un fresco social muy matizado, se le escapan algunos trazos gruesos, como el personaje del discapacitado intelectual —que cae en el tópico de ser todo ternura e inocencia—, toda la escena del atraco a la caja fuerte del padre y su posterior reposición de lo robado —menos graciosa de lo esperado y demasiado larga en su primera parte, y un tanto «ternurista» en su resolución—, o algunas de las imágenes finales con toda la familia «unida», que bien podrían desmentir parte de lo que nos ha querido contar en todos los minutos anteriores.

Puede decirse, en líneas generales, que La gran familia española es una película decepcionante que, a pesar de todo, conserva buena parte de las virtudes del cine de Sánchez Arévalo, profundiza con lucidez sobre la idiosincrasia española y consigue hacer vibrar la cuerda de las emociones sencillas, casi siempre asociadas a los traumas generados en torno a la estructura clásica de la familia. El alto nivel en el que trabaja habitualmente el cineasta —en la dirección de actores o en la estructura del guión, por poner dos ejemplos— provoca que, aun decepcionante, el resultado sea notable y permita ver el filme no solo con agrado, sino con el interés del cine que tiene algo que decir, cosa rara las más de las veces.