Born to be wild

“No debemos preguntarnos: ¿pueden razonar?, ni tampoco: ¿pueden hablar?, sino ¿pueden sufrir?” (Jeremy Bentham)

Desde que Gabriela Cowperthwaite supo del “accidente” que causó la muerte a Dawn Brancheau, una entrenadora de orcas experimentada en el Sea World de Orlando, quiso descubrir la verdad, escéptica ante la versión del delfinario. Esta es la historia de su investigación.

Tras el éxito de The Cove (Louie Psihoyos,2009), documental que muestra las terribles matanzas de delfines en Japón o Earthlings (Shaun Monson, 2005), reportaje gore que denuncia la explotación de los animales en base a cinco “utilidades humanas” (la experimentación, vestimenta, ocio, compañía y comida), presenciamos con Blackfish la nueva apología de los derechos de los animales y en contra de su maltrato, cautiverio y explotación circense, además de una prueba de buena solvencia técnico-artística, pues está aderezada con un toque de suspense que la convierte en un atractivo, reflexivo e interesante documento apto incluso para los, a priori, no animalistas. La realizadora se mantiene en un plano secundario en este filme conmovedor, sí, pero también tendente a la objetividad, para probar con datos manifiestos la, cuando menos, responsabilidad por imprudencia de Sea World en la muerte de esta entrenadora. Por lo tanto, decide enfrentarse a Goliat a través de la exposición de los hechos recurriendo al origen, a los orígenes de la traumática captura de Tilikum, la orca causante de la muerte de tres personas, que tanto impresionó a Cowperthwaite debido a que no se conoce ningún ataque mortal de orcas en libertad a seres humanos. Y, como si de un juicio se tratara, se encamina a mostrar, en orden escalonado, la negligencia del delfinario al descubrir que 1º Sea World no tiene ni idea de etología animal y además contrata a entrenadores inexpertos, 2º cometen imprudencia temeraria cuando descubren que Tilikum “en ocasiones arremete contra los entrenadores”, y acto seguido no cierran este lucrativo negocio, pese al peligro consustancial que entraña esta orca para sí misma y para los demás, y 3º evaden su responsabilidad derivándola en la propia entrenadora.

Es evidente que el objetivo final de esta directora ha sido, como el que hace tiempo realizan varias organizaciones pro derechos de los animales, el de descubrirnos al público los horrores que esconden varias empresas que comercian de alguna u otra forma con animales, en aras de que el conocimiento nos hará actuar en consecuencia (fieles a la consigna platónica de Paul McCartney de que “si los mataderos tuvieran las paredes de cristal, todos seríamos vegetarianos”). Así, desentraña el backstage de Sea World. Pero es más fácil creer las mentiras apoyadas por algunos media y demás mercaderes del capitalismo salvaje (“nos dijeron tantas cosas y tantas veces que nos las creímos” dice en un momento dado una ex-entrenadora), porque la verdad es —Nietzsche dixit— «una hueste en movimiento de metáforas, metonimias y antropomorfismos». Pues bien, la verdad sobre el mundo de las orcas no la veremos en los delfinarios, sino que la podemos conocer a través de este documental, en Océanos (Jacques Perrin, 2010), en el punto de arranque del largometraje de ficción De óxido y hueso (Jacques Audiard, 2012), viéndolas en libertad en ese paraíso llamado Península Valdés (Argentina), o visitando las webs de varias organizaciones (como SOSdelfines, o más generales como Peta o Igualdad Animal), que realizan una labor importante luchando para erradicar el sufrimiento animal provocado por el hombre en base a una discriminación denominada especismo («un prejuicio —según Peter Singer— o actitud parcial favorable a los intereses de los miembros de nuestra propia especie y en contra de los de otras»), esto es, la discriminación de otras especies por no ser humanas, obviando su capacidad de sentir y su consciencia.

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La cultura occidental ha pervertido, así, el status natural de la Orcinus orca (conocida por Blackfish para los indígenas canadienses, un animal a respetar), otorgándole en el pasado una imagen de asesinas (ya Plinio el viejo las definió como enemigas de las otras ballenas a estas killer whales), para llegar a contradecirse con la estampa amable que han potenciado de forma interesada los delfinarios desde Moby Doll, la primera orca en cautividad en 1964, o la segunda Namu, the Killer Whale (1966); unas sumisas y cariñosas ballenas. Pero, frente a la publicidad de los delfinarios que muestran a las orcas como seres domesticables a nuestro antojo y felices en su humillación circense, es un hecho empírico que 1º el cautiverio decrece su esperanza de vida y provoca, por ejemplo, que su aleta dorsal se doble debido a la escasez de movimiento, 2º la alimentación a base de gelatina esconde la necesaria hidratación artificial, debido a la imposibilidad de hidratación natural  y 3º la cautividad en general les produce frustración por su imposibilidad migratoria y vital de movimiento y libertad, y este stress les provoca automutilaciones, esterotipias y agresividad entre ellas debido al confinamiento en pequeños espacios de animales no compatibles entre sí. Pero todos los empresarios mienten para mantener su negocio, pese a estos daños colaterales, cuando es evidente que la psicosis producida por el confinamiento puede derivar en un problema para el ser humano. Y es aquí donde siempre surgen las alarmas (de ahí el escándalo de “las vacas locas” o el virus NH1), porque es necesario unir cautividad y agresividad, y el aprendizaje en los delfinarios responde más al chantaje que a los denominados premios de Pavlov, estableciéndose una relación entre los entrenadores y las orcas que podríamos emparentar, según la propia Samantha Berg (ex-entrenadora del Sea World), con el Síndrome de Estocolmo.

Si bien no hay todavía muchas películas comerciales que reclamen la abolición del especismo en el ámbito más realista, la ficción siempre ha dado cuenta de más títulos debido a su poder de convocatoria. Así, por ejemplo, El planeta de los simios (Franklin J. Schaffner, 1968) reivindicaba lo que más tarde asociaciones científicas como Proyecto Simio demandan, el irrefutable parentesco hombre-simio; The Plague Dogs (Martin Rosen, 1982), lanzaba su pesimista visión de la escasa moralidad del ser humano; Tiburón (Steven Spielberg, 1975), Deep Blue Sea (Renny Harlin, 1999), u Orca (Michael Anderson, 1977) mostraban la falta de respeto y subestimación humana a los animales salvajes: o Grizzly Man (Werner Herzog, 2005), que no dejaba ninguna concesión al morbo (como Blackfish, con la que comparte además el justo equilibrio entre respeto y pasión por los animales). Para los que piensan que este tipo de cine no es efectivo, que solo convence a los ya convencidos, unos datos: Finding Dory modificó su final tras ver este documental, y The Cove ha conseguido reducir la matanza de delfines en Japón. Respecto a Blackfish y al juicio de OSHA vs Sea World, decir que la sentencia falló contra Sea World y la obligó a tener separados por barreras a los entrenadores y las orcas, aunque Sea World recurrió el fallo, demostrando una vez más su desvergüenza. Daniel Turner, de SOS delfines, nos informa también que, debido a presiones ciudadanas, se ha conseguido que en países como Eslovenia, Chipre, Croacia, Costa Rica, Uruguay o Chile ya estén prohibidos los delfinarios. España, en cambio, ocupa el primer puesto del ránking europeo con más orcas en cautividad, y el tercero a nivel mundial.