Melinda is back in town

Qué envidia. Yo de mayor (y no me falta tanto) quiero ser como Woody Allen. Brillante, rico y famoso, un autor que sabe montárselo bien a costa de sus fans… y así y todo, seguir cayendo bien, seguir luciendo. Formado en el teatro, como monologuista y comediante, dio el salto al cine para pasárselo bien. Y, cuándo se sintió lo bastante seguro, moduló el tono y siguió hablando de lo mismo que hiciera en sus alocadas primeras comedias en obras más maduras y más inteligentes aunque no menos divertidas. No importa quien fuera su musa, la filmografía de Allen (que tiene en postproducción su película número 50) es un auténtico prodigio en cuanto a narrativa pero también en cuánto a variaciones sobre un tema eterno, la vida, el amor y la muerte. Su capacidad de emular a Bergman o Fellini se metamorfoseó después en alargada sombra que se extiende sobre gran número de creadores que tratan de progresar manteniéndole como modelo. Su mérito creativo no se limitó al resultado sino al propio proceso. Tras el éxito de una comedia fresca como Annie Hall (íd., 1977), se lanzó a un drama con Interiores (Interiors, 1978) para continuar otra vez con la comedia, a nivel auténtico de maestro, con Manhattan (íd., 1979). Sin abandonar la comedia, no teme enfrascarse en obras que reflexionan con ingenio y en profundidad sobre la creación artística —de modos tan distintos como hacen Recuerdos (Stardust Memories, 1980), Zelig (íd., 1983), La Rosa Púrpura del Cairo (The Purple Rose of Cairo, 1985), Balas sobre Broadway (Bullets over Broadway, 1994), Desmontando a Harry (Deconstructing Harry, 1997),  Celebrity (1998), Un final made in Hollywood (2002), Melinda y Melinda (2004), Si la cosa funciona (Whatever Works (2009) o Midnight in Paris (2011)—, no le teme al musical y se atreve tanto con el drama como con la screwball comedy. No se hunde ante la pérdida de una musa o en las transiciones entre ellas. Y  de sus experiencias surgen obras más ricas, que combinan drama y comedia con inteligencia, con personajes bien definidos y narraciones ágiles.

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Sin embargo, después de 36 años dirigiendo en Manhattan y alrededores, Allen sorprende a todo el mundo y decide irse con las maletas a otra parte. Y empieza dirigiendo en Inglaterra, arrancando su exilio con una de sus mejores obras, Match Point (2005). Inesperadamente, a partir de aquí, la calidad de Allen da un notable bajón y empieza a despachar algunas de las más flojas películas de su carrera tocando fondo con Vicky Cristina Barcelona (íd., 2008). El regreso a Londres no mejora la situación, la medianoche en París se salda con discreción y las vacaciones en Roma transmiten una sensación de desgana. Si en mi crónica sobre Vicky Cristina Barcelona comenté mi frustración y la sensación de tener que matar a un padre (cinematográfico) ante su decadencia, tras ver A Roma con amor (To Rome With Love, 2012) no pude menos que indignarme con un autor que anteponía la cantidad a la calidad y que aceptaba, sin ambages, sin vergüenza alguna, que él estaba dispuesto a rodar en Timbuctú si le pagaban unas vacaciones gratis como las que estaba disfrutando. Ni más ni menos, ésta era la realidad. Salvo un viejo proyecto recuperado del baúl de los recuerdos, Si la cosa funciona, ninguna obra dirigida por Woody entre 2006 y 2013 está a la altura del conjunto de su filmografía. Esta excepción era tanto más dolorosa, porque un director con la capacidad de rodar una película anual necesitaba tirar de fondo de armario en un intento de salir del callejón al que la nefasta obra de Barcelona le había arrastrado.

Cerraba mi crónica sobre A Roma con amor con un par de reflexiones. Por una parte, la referencia a Ozymandias, a los fastos perdidos, a la decadencia de un reino. Por otra el deseo de que la falta de presupuesto empujara a Allen a nuevos proyectos, más imaginativos, más innovadores… Bueno, nos quedamos a medio camino. Blue Jasmine no es más imaginativa que Melinda y Melinda (Melinda and Melinda, 2004), una obra sobre la creación con un drama femenino en primer término, con la que la cinta actual tiene puntos en común. No es innovadora. Pero iguala en calidad a aquella y a buena parte de las grandes obras del director judío. El medio camino en que nos situamos está, pues, a gran altura. Desconozco, por otra parte, si el presupuesto está a nivel inferior pero llama la atención que aun obteniendo (como es habitual) grandes interpretaciones, el grueso del reparto son rostros televisivos o poco conocidos alejados de las estrellas que lucía hasta ahora, tal vez para compensar otras deficiencias.

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Sea como fuere, limitado por recortes, consciente del naufragio artístico al que había llevado su barco, Allen fondea en la bahía de San Francisco con una de sus más lúcidas obras.  Y en este desplazamiento, tal vez destierro, se hace acompañar cinematográficamente, por un personaje exiliado. Jasmine (Jeanette en realidad) es una millonaria arruinada, una fantasiosa que ha vivido de un vividor y a la que la realidad se ha cruzado en su camino. En situación mucho peor que Woody, Jasmine está sin blanca pero cruza Estados Unidos en primera clase, con sus maletas Vuiton, torturando a su vecina de asiento con una letanía interminable acerca de sus desventuras. Se instala en la modesta casa de su hermanastra, a la que no cesa de humillar con su prepotencia y su ignorancia hacia los problemas de los demás, manteniendo sus aires de grandeza, como  la Blanche Dubois de Un tranvía llamdo deseo. Allen deshereda a Jasmine de su mundo, un mundo que era el de los protagonistas de Delitos y faltas (Crimes and Misdemeanors, 1989), Todos dicen I love you (Everybody says I Love you, 1996) o Match Point y le echa en cara su frivolidad, su trabajada estupidez y su egoísmo. Solo que lo hace cómo él sabe hacer, con una mordacidad, una ironía implacables. Jasmine irá cayendo de sucesivos pedestales en los que ella misma se colocó pero Allen evita que sean los demás quienes la derriben sino que son sus mentiras, sus fantasías, las que acaban por derribarla. El guion luce trabajo intenso, en diálogos, en gags pero luce, especialmente, después de tanto tiempo, en una construcción de personaje muy elaborada. Se echa en falta que hiciera lo mismo con los otros caracteres pues salvo Ginger, hermana de Jasmine, todos existen básicamente en función de sus escenas. No es sin embargo un fallo nuevo. Forma parte de la construcción habitual de las obras de Allen quien, curtido en comedias ligeras, desarrolla uno o dos personajes centrales sobre los que giren otros que desarrollan los conflictos y los gags. Así enfrenta a Jasmine con Ginger a través de su relación con su ex marido y su nuevo novio, Chili, a través de la relación sexual de Ginger y un amante  que resulta ocasional, o a través del enfrentamiento con su ex cuñado. Jasmine rehúye el enfrentamiento directo y manipula a aquellos que cree más débiles que ella hasta que la honestidad o la voluntad de otros desbordan sus intereses. Son escenas propias de drama. Pero como demostrara en la citada Melinda y Melinda el drama se puede narrar como comedia. Y aquí rueda con un brillante sentido de comedia: el encuentro en el bar de la bahía entre la ex millonaria y los dos obreros amigos de Ginger, el esfuerzo de Jasmine por mantener la compostura y exhibir desdén aun estando borracha, las quejas acerca del comportamiento de los amigotes de Chili aun estando ella misma intoxicada, el asco que no puede ocultar ante la presencia de su cuñado en su mansión o la constante ingesta de sedantes son divertidas secuencias de comedia a las que no es ajena la composición de Cate Blanchett, elegante, riquísima en matices, o las de Sally Hawkins o Bobby Cannavale.

Pues sí, estamos ante un auténtico comeback. La cosa funciona sin necesidad de recuperar viejos proyectos. El material es nuevo y, aunque no sea innovador, es de gran calidad. Felicitémonos y esperemos que Allen esté de regreso para quedarse.