Cuando llega la H(h)istoria

Una serie de rasgos estilísticos animan las realizaciones cinematográficas de Paul Greengrass desde sus primeros trabajos para la televisión británica. La cámara trémula, la textura esforzadamente naturalista de las imágenes, la recurrencia al tiempo real, las narraciones paralelas y esa minuciosa factura docudramática responden a un doble compromiso con el relato. En primer lugar, existe la voluntad de una recreación realista y minuciosa del drama, un afán de fidelidad a las realidades representadas —porque, muy a menudo, sus obras se inspiran en sucesos verídicos— que, en los peores momentos, deviene en una descripción llana, aséptica, superflua y mecánica, incapaz de penetrar en el espíritu de los hechos pese a lo orgánico de la reconstrucción en cuestión. No obstante, lo que subyace a filmes como Domingo sangriento (Bloody Sunday, 2002) o United 93 (2006) —dramatizaciones de dos traumáticos acontecimientos decisivos en el devenir sociopolítico de Irlanda y Estados Unidos respectivamente— es una auténtica ética del storytelling, un deseo de revitalizar el pasado a través de la técnica y la puesta en escena, desempolvándolo y devolviendo la sangre a sus arterias mientras las imágenes sigan latiendo en la pantalla.

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El alcance de este planteamiento es aún más amplio: en sus producciones «históricas», los personajes asisten con estupor a lo que está sucediendo a su alrededor, como si no pudiesen asimilar que la Historia acaba de dar un paso de gigante frente a sus ojos. Como si hubiesen —y hubiésemos— asumido la tesis finalista que proponía Francis Fukuyama en The End of History and The Last Man (1989) —y le debo esta última reflexión a nuestro compañero Álvaro Peña—, son incapaces de concebirse a sí mismos como espectadores —y como protagonistas ya ni hablar— de ninguna de esas historias que suponen un punto de inflexión para la Historia. El gran mérito de la estupenda y subvalorada United 93 no es tanto hacer de las imágenes un reflejo del caos que vivieron, por un lado, los pasajeros de uno de los aviones secuestrados durante el 11-S y, por otro, los responsables de gestionar dicho secuestro, sino —sin recurrir a protagonistas concretos sobre cuyos hombros recaiga el peso del drama— transmitir ese desconcierto teñido de irrealidad que imbuyó a quienes sintieron temblar bajo sus pies un mundo que se desmoronaba, incapaces de comprender que las fuerzas de la Historia están operando sobre el presente que habitamos y, por extensión, sobre nosotros. Incluso los chapuceros terroristas parecen víctimas de este letargo, y solo los hombres y mujeres acorralados que, de pronto, comprenden que el punto y final a sus vidas está próximo, se muestran capaces de ganarle un pulso a la Historia a través de su propio sacrificio. United 93 o Domingo sangriento no son filmes corales, sino reconstrucciones poliédricas donde todos los seres humanos son fagocitados por los movimientos sísmicos de un convulso mañana que se asienta sobre nuestro hoy: estamos en la Historia, somos la Historia.

Puestos a reseñar y calibrar los méritos de la última producción de Greengrass, comencemos por lo fundamental: Capitán Phillips funciona muy bien como thriller de supervivencia, técnicamente robusto, inmersivo como pocos —gracias a ese pacto del realizador con la veracidad, que lo lleva a rodar en alta mar con un barco mastodóntico—, desplegando el arsenal formal del director en aras de virtuosos resultados. No conviene, por tanto, desestimar las toneladas de oficio al servicio de un producto irreprochablemente eficiente como entretenimiento que, por otro lado, hace gala de una sobresaliente codificación visual —qué brillantemente ilustrativas resultan, en este sentido, las secuencias en las que las tercermundistas barcas a motor se enfrentan al titánico carguero.

Capitán Phillips se encuentra en la misma intersección que la fallida Green Zone: Distrito protegido (2010), entre la vertiente más puramente artesanal de la filmografía de Paul Greengrass y la rehabilitación rigurosa y detallada de un hecho real. Solo que, en este caso, el progresismo aburguesado y la falsa hondura de lo relatado —esto último hería a la falazmente caleidoscópica Domingo sangriento— dan paso a uno de los filmes más complejos de su director. En los primeros minutos, Richard Phillips, capitán de la marina mercante a punto de embarcarse en un nuevo viaje, reflexiona ante su mujer sobre el mundo que herederán sus descendientes: una suerte de distopía light donde ya no bastará con esforzarse para poder acceder a los bienes y servicios mínimos; y ya no serán, por otro lado, los empresarios quienes compitan por contratar a un determinado trabajador, sino los trabajadores quienes luchen fieramente entre sí por acceder a un puesto miserablemente remunerado.

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Pero el ingenuo marino no sabe aún lo que acabará demostrándole su peripecia marítima: que la Historia ya ha llegado y está corroyendo los contornos de la realidad conocida. Lo que hace particularmente interesante este producto a un nivel político es que Greengrass, si bien vuelve su mirada, como es habitual, hacia una situación crítica, nos habla de nuestro tiempo apoyándose en una fábula pequeña, modesta —inspirada en A Captain’s Duty: Somali Pirates, Navy Seals and Dangerous Days at Sea, biografía donde el propio Richard Phillips recuerda el secuestro del carguero Maersk Alabama—, que pasada una década nadie recordará, pero que resulta sintomática del signo de los tiempos. Un relato, en fin, cuya elocuencia discursiva no viene dada por la contundencia del tema, sino por el tratamiento del mismo por parte del director.

Phillips es un hombre corriente que ha de gestionar una situación excepcional, un tipo fundamentalmente bueno en el que se transluce, sin embargo, un cierto sesgo tiránico cuando lidia con su tripulación; un aspecto que acaso lo hermane, distantemente, con los explotadores que forman a los inexpertos pero asilvestrados piratas somalíes. Y aunque él se convierta en el prisionero físico de sus captores, una vez los SEAL entran en escena se difuminan las categorías de poder. La única manera de gestionar eficientemente una crisis, tal como hace Phillips, es desde la profesionalidad; una actitud que falta en el capitán somalí, hombre valiente pero estigmatizado por su desesperada condición, incapaz de mantener el orden entre sus propios subordinados. Una rivalidad que no carece de connotaciones generacionales. El americano escapa de su cautiverio sano y salvo, pero ha de pagar el peaje del trauma: se me ocurren pocas imágenes tan terribles y reveladoras como la de ese Tom Hanks —que, más allá del bien y del mal, rebasa cualquier límite académico en cuanto a expresividad dramática— maniatado, con los ojos vendados y empapado en la sangre de los secuestradores, gritando de puro horror. Apercibiéndose de que una hemorragia interna no puede ser frenada con un par de tiritas. Aprehendiendo, acaso, que el futuro que pronosticaba para sus hijos ya está ahí, «esperando solo a que terminemos de reconocer sus rasgos para materializarse como presente» (Diego Salgado).