Un nuevo cine

Heli causó cierto revuelo en el pasado festival de Cannes. Por un lado, por una escena de tortura que incluía en plano frontal un sexo literalmente flambeado. Por otro, porque Escalante recibió el Premio al mejor director de manos de un artista de estilo aparentemente alejado al suyo, Steven Spielberg. De hecho, Heli es una de aquellas películas en las que se intuye que la capacidad del director va mucho más allá del resultado obtenido. Aunque diversos cronistas destacaran la parte más sórdida de la cinta esta escena, especialmente desagradable, no es tan impactante por la tortura como por la presencia de diversos niños que asisten a la misma entre fascinados, atemorizados o indiferentes. El horror invocado a su película por Escalante se vincula con el cuadro general descrito de desolación, en el hogar protagonista, en las incursiones pretendidamente sexuales en medio del páramo, en los ámbitos gubernamentales, policía y ejército. No estamos ante una cinta que denuncia, exclusivamente, la brutalidad policial, sino que la vincula a la podredumbre global, a la enfermedad, de una sociedad en descomposición. Con un estilo más sobrio a otra obra que tiene puntos en común con ella, la desazonante Kinatay (B. Mendoza, 2009)

Tal vez incompleta, desencajada, para mi gusto, en su resolución, Heli tiene mucho que ver con dos obras muy diversas vistas este mismo año.

Por una parte me refiero a la fallida Elysium (N. Blomkamp, 2013) que partía, como Heli, de chabolas, pobreza, violencia y con un protagonista obrero en una cadena de montaje. La apuesta inicial del director sudafricano se estropeaba al primar una acción tan repetitiva como poco imaginativa y al doblegar la estética al movimiento (diría que al frenesí). Escalante tiene la virtud de mostrar la violencia en su justa medida y no exhibirla (pese a lo que el plano frontal pueda hacer creer) y de mantener a nivel estético una coherencia con el esquema argumental.

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Por otra parte, la otra obra controvertida de Cannes, Solo Dios perdona (Only God Forgives, N. Winding Refn, 2013), otro ejercicio de estilo centrado en la violencia. Sin embargo, dónde el danés elaboraba una serie de tableaux vivants en torno a una actualizada tragedia griega y hacía de la estética su bandera, Escalante recurre a una depuración de la puesta en escena, de modo sereno y lúcido, para describir un auténtico infierno. Escalante demuestra sabiduría y alardea, con modestia, de estilo en planos largos pero móviles, bien encuadrados y dotados de sutiles, eficaces, travellings. La ambientación desolada de la zona desértica refleja tanto las duras condiciones de vida como la moral vigente. Las conversaciones son breves, esquivas de los sentimientos, por no haberlos, por no saber expresarlos, por represión. Los espacios son cerrados, del primer plano de los cuerpos en la caja del pick up al último plano en la habitación,  y en aquellos planos en que se sumerge a los actores en el paisaje, éste produce una sensación de vacío paradójicamente asfixiante.

Desafortunadamente hay una sensación de coitus interruptus en toda la historia, una dispersión en segunda mitad, especialmente en lo que se refiere a los cuerpos policiales (con esas reminiscencias del Beau travail de Claire Denis; 1999)  o la trama vinculada a la esposa de Heli y sus problemas sexuales. Una interrupción que tiene contrapartida positiva en la capacidad de recoger la anomalía en el contacto entre los personajes, en las conversaciones casi inexistentes de Heli con su padre, en la ausencia de sexo entre él y su mujer, en la relación distanciada que mantienen Estela y Beto que desencadenará la tragedia… Una falta de concreción en el trato humano, una ausencia de calidez, que se extiende en las relaciones entre los protagonistas y el resto de personajes, constituyendo a la par uno de los puntales de la cinta y su principal insuficiencia.  No obstante, es una cinta a revalorar especialmente si la comparmos con Elysium, obra pretendidamente arriesgada por vincular denuncia social y ciencia ficción, cuyas características narrativas y sus condicionantes comerciales echaban a perder la propuesta. La clave está en que la cinta de Escalante, como la de Winding Refn, desarrolla, busca, una estética más que una narrativa. Una estética que por sí sola refleje el tono, el ambiente, la moral, los sentimientos, las sensaciones, por encima de la narración.  

Es la clave de un nuevo cine del siglo XXI, que ignoramos demasiado a menudo y que hasta ahora se ha movido predominantemente por festivales. Finalmente asoma en salas comerciales. Me gustaría creer que deberíamos acostumbrarnos a él. El problema ahora radica en que las salas sigan abiertas para recibirlo.